No hay nada mas grato en la vida y más reconfortante que amar incondicionalmente, ese amor vuelve a ti, TE LO ASEGURO! Alguien algún día te lo dará de vuelta.
Usualmente a los alumnos del último año de la escuela secundaria, se les asigna una labor de Servicio Social por tres meses, donde el individuo puede identificarse más con la sociedad y los problemas que se enfrentan día a día en ella. Mi profesora de Gobierno me sugirió desarrollar mi labor en una casa de ancianos. Nosotras habíamos tenido la oportunidad de conversar anteriormente y ella sabia de mi interés hacia las personas de la tercera edad, como les llamamos en mi país.
Llegue al lugar con todos esos bríos que identifican a los adolescentes, con mi guitarra al hombro y mi corazón lleno de emoción y preparado para dar cuanto podía de mi misma. Solo sabía unos cuantos acordes de la guitarra pero estaba segura que ellos lo iban a apreciar y no me equivoque.
Cuando llegue a casa, tenía los ojos hinchados de tanto llorar, afónica de tanto cantar y con mi corazón echo añicos por tanto dolor escuchado y presenciado. Mis visitas oficiales a la casa de adultos mayores, eran una vez a la semana por dos horas, claro esta que desde el primer día rompí las reglas, estuve allí cuatro horas y visitaba el asilo hasta tres veces a la semana.
Durante todo ese tiempo aprendí muchas cosas; que la juventud se acaba, que la belleza se lleva por dentro, que el corazón no se arruga, ni se envejece, que sola naciste y sola te iras. Me encariñe mucho con todos los ancianitos, mas tenia una favorita Yilla. Ella pertenecía a la sección de los pensionados, tenia una recamara únicamente para ella, no se le conocía familia alguna. Su pequeño mundo estaba nítido, muy bien arreglado y decorado, se puede decir que no le faltaba nada material. Solo con verla podías darte cuenta que era diferente a los demás.
Mi querida Yilla no se conformaba con mis vistas tres veces a la semana, cada vez se hacia mas difícil despedirme de ella, en ocasiones se aferraba a mi como una niñita caprichosa. Me contaba de sus viajes, sus amores y de vez en cuando me confundía con una vecina que había tenido quien sabe cuantos años atrás. Yilla esta en la segunda etapa de pacientes con Alzhaimer.
Era una tarde de Diciembre, faltando muy pocos días para Navidad, me la había ingeniado y le decore a Yilla su habitación con motivos navideños, ella me ayudo muy encantada, cantamos villancicos y tomamos te. Cuando llego la hora de despedirme, Ella se paro frente a la puerta y me dijo, No quiero que te vayas mas, hoy te quedas conmigo cerro la puerta y coloco una silla frente a la puerta y se sentó, no mucho tiempo después, comenzó a cabecear; se veía muy cansada, pero con una gran sonrisa en sus labios. Para serte sincera, yo temblaba de miedo, me asusto enormemente.
Al cabo de algunas horas, una de las trabajadoras del lugar se percato de la situación y convenció a Yilla para que la dejara entrar. Entro, la acostamos en la cama y yo sobaba su cabeza, ella me miro y me dijo, Que lindo que te vas a quedar aquí conmigo por siempre. Finalmente se durmió con esa sonrisa de felicidad que no se la había visto anteriormente. Esa misma tarde Yilla murió. Aun la extraño!
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