Cuestión de Herencia

Categoría(s): Historia en entregas

 

 

María Josefina Martínez quedó preñada de Farabundo González, comisario del Caserío San Marcos de León, era esto lo que la mantenía despierta desde bien entrada la madrugada escuchando caer la lluvia sobre el techo de zinc, afuera llovía a cántaros. No sabía como darle la noticia a Farabundo, ella, mejor que nadie conocía el mal genio que le caracterizaba. Tenía ya once días que conocía de su embarazo, cuando ña’ Petra, la partera del pueblo, se lo había confirmado, lo estuvo sospechando por los extraños síntomas que padecía, sin embargo, no se atrevía a comunicárselo, pero, aquella mañana, estaba decidida a hacerlo. La noche anterior llegó más ebrio que nunca, debía contárselo ahora, pues en pocas horas estaría tan borracho que sería imposible hablar tres palabras con él, sin que la maltratara.

Al despuntar el alba, el gorjeo de los cucaracheros buscando insectos, brincando entre los horcones que sostenían el techo, siempre la despertaban, pero al amanecer, recibió a los pajarillos sin sueño alguno.

Desde la media noche estuvo sintiendo profundas náuseas, que soportó estoicamente sin moverse en el camastro para no importunar el sueño de su marido, que a un lado dormía profundamente, produciendo una ruidosa respiración que llenaba la oscura habitación de un hedor a aguardiente y tabaco. Cuidadosamente se puso en pie, se echó un pedazo de hule encima para protegerse del aguacero y salió al patio yendo directamente a los tambores que a un lado se encontraban, sacó un poco de agua con la tapara que flotaba sobre el oscuro líquido, comenzando a asearse. Al terminar, se dirigió a la cocina para preparar el desayuno, sintió que el Comisario se levantaba y entraba al baño, entonces montó sobre el budare que hacía rato se calentaba sobre el fogón, la masa que había estado redondeado, dándole  forma de arepa, luego coló café.

Al salir del baño su marido, sobre la mesa de madera que hacía las veces de comedor lo esperaba un humeante y escarapelado pocillo de peltre, junto a un plato de plástico azul con una enorme arepa, que en sus entrañas se veía rellena de un guiso.

El hombre se sentó a comer. María Josefina necesitaba aire, sacó la tranca a la puerta abriéndola un poco y asomándose, afuera, la luz había echado a las últimas tinieblas y el aguacero amainaba, una brisa fría le dio de lleno en el rostro haciéndola estremecer, cerró nuevamente la chirriante puerta y miró de frente a su marido. Eran once años juntos y por primera vez vivía esta situación, estaba decidida a decírselo, así él la golpeara. Por un largo rato lo observó comiendo, Farabundo levantó la mirada y ambos se vieron  fijamente, él la increpó: -¿Qué te traes?- Su voz cavernosa pareció explotarle con miles de ecos dentro de la cabeza, estaba aterrada, sentía un profundo miedo a aquel hombre, conocía lo violento que se ponía cuando se encolerizaba, respiró profundo y superando el terror, prácticamente se arrancó un par de palabras de la seca garganta, pronunciando como en un susurro a la vez que cerraba los ojos: -Estoy preñada.

Esperó que se parara y la golpeara como siempre que se molestaba con ella lo hacía, pero no, aquellas dos palabras lo hicieron entrar como en un shock, su mirada por largo rato estuvo fija en el apisonado suelo de tierra del rancho. No supo cuánto tiempo transcurrió en esa especie de trance en que entraron ambos, hasta que el hombre se levantó acercándosele, y al estar muy próximo le preguntó: -¿Cómo lo sabes?- Ella, más repuesta le respondió: -Me lo dijo ña’ Petra.- El Comisario alzó la voz:-¡Coño, siempre la misma vaina, los de la calle se enteran primero de la mierda que pasa en esta casa!.- Salió dando tras sí un fuerte portazo, que dejó a la desvencijada puerta de gruesa madera entreabierta, pudiendo verse al Comisario como se alejaba por el mojado macadán, un perro de húmedo pelaje le ladró muy cerca, pero él ni se percató, en su andar desgarbado avanzó sin inmutarse, la fina garúa le fue llenando la vieja chaqueta de pequeñas gotitas de agua, que al unirse formaban como especie de diminutos ríos que rodaban a lo largo del resquebrajado cuero.

María pareció espabilarse cuando lo vio perderse en la distancia, cerró la puerta, allí estaban sobre la mesa, la arepa a medio comer junto al pocillo con el café ya frío, se sentó para terminar de comérselo, pero no más masticar el primer bocado, de nuevo las ansias aparecieron, haciéndole mover rápidamente ambas manos para apretarse boca y estómago.

Su cabeza era un torbellino, estaba desorientada, tenía la convicción interna que aquella noticia había alegrado a su marido, ¡Dios, por un momento pensó que la golpearía desenfrenado hasta matarla!
 
Vorágine Intelectual
Al llegar a la comisaría, pasó largo rato tras el deteriorado escritorio de metal, casi sin moverse, miraba fijamente la pared, parecía no entender aún las palabras que le había dicho su mujer en la mañana. Sólo dos palabras y ¡coño, cómo se le había jodido la vida! alrededor de aquellas horas, normalmente ya estaría con un alto grado de alcohol en su organismo, sin embargo, no le provocaba tomar. ¡Coño que vaina, las cosas debían cambiar, iba a ser padre, su mujer estaba preñada, tendría un carajito, la vida no podría seguir como hasta ahora!, Necesitaba organizarse, pero no lograba reaccionar del todo, de la impresión causada por el dúo de palabras dichas por María Josefina.
Abrió la primera gaveta de las tres que a su derecha se encontraban y comenzó a sacar lo que dentro estaba. Periódicos viejos, amarillentos formatos, cuatro botellas vacías de ron y una vieja revista pornográfica. En la segunda habían más botellas vacías de diferentes tamaños, unas esposas oxidadas y una sucia vianda de aluminio, en donde María Josefina, anteriormente, todos los mediodía le llevaba el almuerzo y la cual se le extravió pensando que su mujer era quien la había botado.
En el tercer cajón se encontró con una botella a medias de ron de mala calidad, hizo amago de destaparla para echarse un trago, pero sorpresivamente la agarró por el cuello y la lanzó sobre la pared que tenía enfrente, el silencio mañanero se interrumpió cuando esta se estrelló contra el sucio muro de forma estruendosa, formándose una extraña mancha de fantasmal figura, que se fue alargando sonriente y la misma parecía mofarse de Farabundo González, máxima autoridad del Caserío San Marcos de León.
Buscó la escoba y empezó a barrer aquella pocilga que le servía de oficina-comisaría, y que a diario era el lugar de sus cotidianas borracheras. Tuvo que hacer varios montones con el polvo y los desechos regados por el piso, no recordaba, si hacían meses o años de la última vez que limpió aquel sitio.

Exactamente al mediodía, María Josefina empujó la puerta de la comisaría entrando con los envases de plástico llenos de comida, los cuales diariamente traía a Farabundo para que almorzara. Siempre lo conseguía dormido sentado tras el escritorio con los primeros síntomas de embriaguez del día. Se sorprendió mucho al ver la oficina limpia y todo organizado, Farabundo no estaba, dejó la comida sobre la mesa y se marchó rápido sin ver a su marido. Al poco rato entraba este llevando en sus manos dos latas de pintura y una brocha, dejó los botes  sobre una silla, tomó los recipientes con los alimentos, destapó, observó brevemente y comió. No más terminar, comenzó a pintar aquellas paredes que tantas veces lo habían visto embriagado hasta más no poder.

Al finalizar la tarde, aquel lugar era otro. Pisos limpios y brillantes, techo y paredes recién pintadas, vidrios relucientes, estantes sin polvo y organizados. Al acabar, se quitó las manchas de pintura de las manos y se dispuso a salir, pero al llegar al marco de la abierta puerta, se volteó y echó un vistazo a la labor que realizó durante el día, una especie de mueca de satisfacción se dibujó en sus labios, moviendo la cabeza en forma afirmativa. Eran años sin realizar trabajo alguno y el esfuerzo de aquella jornada le llenaba de gran satisfacción.

Salió, cerrando tras sí la comisaría, dirigiéndose a casa  de Justo Martínez, el bachiller, la cual quedaba casi en la entrada del poblado. Al llegar, llamó a la puerta, fue la mujer de este quien le abrió, poniendo mala cara al verle allí de pie, desapareció y minutos después el propio Justo Martínez hacía acto de presencia.

El Comisario estaba visiblemente nervioso, aquel hombre era el más respetado de la comarca, sus estudios de bachillerato los había completado exitosamente y por ende, era la persona más preparada y culta de toda la periferia, cualquier disputa o diferencia se le presentaba, escuchaba a las partes en querella y la sugerencia hecha por él, era como especie de sentencia dictada por un juez sin derecho a apelación, acatada sin chistar por los consultantes. Además, Justo era su tío político, tío de María Josefina, él y su mujer nunca pudieron tener hijos y aquella muchachita que recién había entrado a la adolescencia era la razón de existir de aquel par, y desde que Farabundo, once años atrás se la había llevado y ambos comenzaron a convivir, el ilustre hombre dejó de tratarlo.                      Continuará......

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Comentarios:

Escrito por: Lenys       22/04/08 22:06
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Un extraordinario relato amigo, no solamente por su trama que me ha engatuzado, sino por la maravillosa narrativa y descripción que has logrado. Nada más y nada menos que incluir nuestra rica arepa uhmmm. Sabes me has hecho viajar a la linda casa de mi abuela paterna, con ese olor a tierra mojada, cafecito en posillo de peltre, el fogón, el budare. Dios que hermoso.

En cuanto al desarrollo de la trama, es fabulosa...la reacción de El Comisario da mucho que pensar, quizás su mal humor es por la falta de un hijo que le alegre la vida. Te sigo, espero la continuación. Un beso.
Escrito por: pepeflores       22/04/08 19:43
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hasta ahora lo leido va bien entrelazado,me gusta esta historia,un saludo de pepe
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