Al despuntar el alba, el gorjeo de los cucaracheros buscando insectos, brincando entre los horcones que sostenían el techo, siempre la despertaban, pero al amanecer, recibió a los pajarillos sin sueño alguno.
Desde la media noche estuvo sintiendo profundas náuseas, que soportó estoicamente sin moverse en el camastro para no importunar el sueño de su marido, que a un lado dormía profundamente, produciendo una ruidosa respiración que llenaba la oscura habitación de un hedor a aguardiente y tabaco. Cuidadosamente se puso en pie, se echó un pedazo de hule encima para protegerse del aguacero y salió al patio yendo directamente a los tambores que a un lado se encontraban, sacó un poco de agua con la tapara que flotaba sobre el oscuro líquido, comenzando a asearse. Al terminar, se dirigió a la cocina para preparar el desayuno, sintió que el Comisario se levantaba y entraba al baño, entonces montó sobre el budare que hacía rato se calentaba sobre el fogón, la masa que había estado redondeado, dándole forma de arepa, luego coló café.
Al salir del baño su marido, sobre la mesa de madera que hacía las veces de comedor lo esperaba un humeante y escarapelado pocillo de peltre, junto a un plato de plástico azul con una enorme arepa, que en sus entrañas se veía rellena de un guiso.
El hombre se sentó a comer. María Josefina necesitaba aire, sacó la tranca a la puerta abriéndola un poco y asomándose, afuera, la luz había echado a las últimas tinieblas y el aguacero amainaba, una brisa fría le dio de lleno en el rostro haciéndola estremecer, cerró nuevamente la chirriante puerta y miró de frente a su marido. Eran once años juntos y por primera vez vivía esta situación, estaba decidida a decírselo, así él la golpeara. Por un largo rato lo observó comiendo, Farabundo levantó la mirada y ambos se vieron fijamente, él la increpó: -¿Qué te traes?- Su voz cavernosa pareció explotarle con miles de ecos dentro de la cabeza, estaba aterrada, sentía un profundo miedo a aquel hombre, conocía lo violento que se ponía cuando se encolerizaba, respiró profundo y superando el terror, prácticamente se arrancó un par de palabras de la seca garganta, pronunciando como en un susurro a la vez que cerraba los ojos: -Estoy preñada.
Esperó que se parara y la golpeara como siempre que se molestaba con ella lo hacía, pero no, aquellas dos palabras lo hicieron entrar como en un shock, su mirada por largo rato estuvo fija en el apisonado suelo de tierra del rancho. No supo cuánto tiempo transcurrió en esa especie de trance en que entraron ambos, hasta que el hombre se levantó acercándosele, y al estar muy próximo le preguntó: -¿Cómo lo sabes?- Ella, más repuesta le respondió: -Me lo dijo ña’ Petra.- El Comisario alzó la voz:-¡Coño, siempre la misma vaina, los de la calle se enteran primero de la mierda que pasa en esta casa!.- Salió dando tras sí un fuerte portazo, que dejó a la desvencijada puerta de gruesa madera entreabierta, pudiendo verse al Comisario como se alejaba por el mojado macadán, un perro de húmedo pelaje le ladró muy cerca, pero él ni se percató, en su andar desgarbado avanzó sin inmutarse, la fina garúa le fue llenando la vieja chaqueta de pequeñas gotitas de agua, que al unirse formaban como especie de diminutos ríos que rodaban a lo largo del resquebrajado cuero.
María pareció espabilarse cuando lo vio perderse en la distancia, cerró la puerta, allí estaban sobre la mesa, la arepa a medio comer junto al pocillo con el café ya frío, se sentó para terminar de comérselo, pero no más masticar el primer bocado, de nuevo las ansias aparecieron, haciéndole mover rápidamente ambas manos para apretarse boca y estómago.
Su cabeza era un torbellino, estaba desorientada, tenía la convicción interna que aquella noticia había alegrado a su marido, ¡Dios, por un momento pensó que la golpearía desenfrenado hasta matarla!Exactamente al mediodía, María Josefina empujó la puerta de la comisaría entrando con los envases de plástico llenos de comida, los cuales diariamente traía a Farabundo para que almorzara. Siempre lo conseguía dormido sentado tras el escritorio con los primeros síntomas de embriaguez del día. Se sorprendió mucho al ver la oficina limpia y todo organizado, Farabundo no estaba, dejó la comida sobre la mesa y se marchó rápido sin ver a su marido. Al poco rato entraba este llevando en sus manos dos latas de pintura y una brocha, dejó los botes sobre una silla, tomó los recipientes con los alimentos, destapó, observó brevemente y comió. No más terminar, comenzó a pintar aquellas paredes que tantas veces lo habían visto embriagado hasta más no poder.
Al finalizar la tarde, aquel lugar era otro. Pisos limpios y brillantes, techo y paredes recién pintadas, vidrios relucientes, estantes sin polvo y organizados. Al acabar, se quitó las manchas de pintura de las manos y se dispuso a salir, pero al llegar al marco de la abierta puerta, se volteó y echó un vistazo a la labor que realizó durante el día, una especie de mueca de satisfacción se dibujó en sus labios, moviendo la cabeza en forma afirmativa. Eran años sin realizar trabajo alguno y el esfuerzo de aquella jornada le llenaba de gran satisfacción.
Salió, cerrando tras sí la comisaría, dirigiéndose a casa de Justo Martínez, el bachiller, la cual quedaba casi en la entrada del poblado. Al llegar, llamó a la puerta, fue la mujer de este quien le abrió, poniendo mala cara al verle allí de pie, desapareció y minutos después el propio Justo Martínez hacía acto de presencia.
El Comisario estaba visiblemente nervioso, aquel hombre era el más respetado de la comarca, sus estudios de bachillerato los había completado exitosamente y por ende, era la persona más preparada y culta de toda la periferia, cualquier disputa o diferencia se le presentaba, escuchaba a las partes en querella y la sugerencia hecha por él, era como especie de sentencia dictada por un juez sin derecho a apelación, acatada sin chistar por los consultantes. Además, Justo era su tío político, tío de María Josefina, él y su mujer nunca pudieron tener hijos y aquella muchachita que recién había entrado a la adolescencia era la razón de existir de aquel par, y desde que Farabundo, once años atrás se la había llevado y ambos comenzaron a convivir, el ilustre hombre dejó de tratarlo. Continuará......
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