Cuento de la Estrella de Belen 2

Categoría(s): cuento de Navidad

     Para la estrella todo había terminado. A su tan avanzada edad era comprensible tal grado de contención intelectual. La Centinela y la Erene tenían razón. Su fin estaba próximo y era mejor morir a solas, a cargo de su propia extinción, que llevarse consigo a tantos inocentes. Se sintió triste, se juzgó miserable y deseó morir. Viéndose acusada por sus iguales, quienes se mantenían absortos en la orilla crepuscular del poniente, y previendo sobre ella la condena general, asumió autoridad sobre sus nuevas facultades traslatorias, apaciguó sus explosiones internas, recobró una estabilidad precaria y huyó hacia la mitad oscura de la esfera.

     Alejada de toda disputa, su derrotero la llevó a las riberas del mar muerto. Las aguas de aquel mar saladino y quieto la invitaban a saltar a las fauces de un agujero negro, cuya presión gravitatoria acabaría hasta con la esperanza de la resurrección y el perdón. Era una noche helada. El mundo dormía. Los cipreses y las viñas de una aldea cercana hacían silbar al viento, enredado en sus esqueléticas ramas. La estrella no halló dónde posar siquiera un rayo de su luz difusa. Por ratos pareció errática. Para no irse a la deriva, barrió con los espectros de un rayo efímero las pocas edificaciones de las proximidades y estrechó el círculo sobre las que estimó, a tenor con sus atributos arquitectónicos, dignas del nacimiento de un rey. Enfiló luego, elevada sobre la pequeña ciudad, a través de posadas y mesones, y aún sobre el templo. Lo único que le quedaba por ver era un establo solitario levantado tras el lecho pedregoso de un torrente invernal. Se trataba más bien de una cueva cerrada con portales. Atravesó las maderas recargadas por el hongo y los rezagos del pasto. No vio nada. En el comedero de animales cavado en la roca aquel rayito se coló por entre las rejas del portal y apenas tocó el manto que cubría al recién nacido.

     La estrella se maravilló ante tan inusual descubrimiento. Cualquier estrella del universo tenía como cosa normal el encontrarse a refugiados y perseguidos en medio de sus titileos nocturnos y era deber de cada una apercibir a tan desgraciadas criaturas de la magnificencia de la creación y recordarles que las pequeñas tribulaciones terrenas no comparaban con los paradisíacos dones de la eternidad. Aquel niño que yacía acolchado entre el pienso que servía de alimento a las bestias del pesebre parecía ser, sin embargo, la más indefensa criatura de la tierra. La estrella vio que las manitas del infante se arrebujaron bajo sus exiguos ropajes, como para refugiarse del frío. Ante esto, ella intentó suministrarle algo de calor; circunscribió un haz amplificado hacia el extremo rocoso que emergía del suelo árido y, al paso de la tibia luz sobre su rostro, contempló con cierto aire maternal sus simpáticas facciones. La belleza del florecimiento de una vida estaba en aquel cuerpito fatigado ya por las exigencias del mundo. Mas, como todos los fatigados y perseguidos, lucía a su entorno los harapos de la huida y los enconos de la pobreza. La estrella discurrió que la hora del alumbramiento debía haber sorprendido a la madre en su camino incierto y que sus progenitores aguardaban un clima propicio para proseguir el viaje.

     “¡Pobre niño! —pensó la estrella—. Yo buscando al rey de reyes en un palacio lejano y he aquí esta criatura, nacida de entre los pobres y los perseguidos del mundo.”

     En ese instante, el niño abrió los ojos. La estrella vio su propio reflejo en las pupilas somnolientas del niño y sintió un involuntario sobrecalentamiento en sus depósitos carboníferos que hizo catalizar sus reservas de hidrógeno. Y el niño sonrió; y ella, en la plenitud del gozo, experimentó un estallido en las profundidades de su núcleo y una llamarada arrebatada por el júbilo la cubrió con el manto de luz de una supernova.

     “¿Quién es este niño —se preguntó asombrada— que tan sólo con su mirada ha henchido mi comprimido núcleo y con su sonrisa ha colmado mi agotada materia?”

     Entonces, como si en las entrañas del universo todas las criaturas vivientes hubiesen sido testigos del milagro, se escuchó una voz única que dijo:

     —¿No has sido acaso tú la escogida de entre las más humildes criaturas de la creación? Pues he aquí tu rey, el Redentor, el Salvador, el Cristo.

     Los ángeles del coro reaparecieron repentinamente sobre el firmamento y anunciaron con un cántico solemne:

     —¡Los reyes han visto a la estrella!

     Fue entonces que, precedido por el arcángel Gabriel y dirigido por el ángel regidor, el séquito completo de ángeles y arcángeles protectores se mostró en su esencia inmaterial. Era aquel el instante supremo de los siglos, y todos permanecieron quietos y espectantes, a sabiendas de que estaban a punto de presenciar un suceso inolvidable.

     ***

     Así fue. Reluciente en su brillantez resucitada, la estrella envió en la lumbrera esperanzadora de la noche los cuatro puntales de una cruz bendita. Los reyes de oriente atravesaron la escarpa dura y los trechos sombríos de las altas dunas del desierto y avistaron bajo el flujo acrisolado de la estrella el durazno rocoso del pesebre. Uno de los reyes corrió hacia el portal con manifiesta emoción. Los otros dejaron lejos sus bestias de carga para no importunar el sueño del niño. Y cuando cruzaron el portal más de un querubín se comió las uñas ante la impaciencia y hasta cien ángeles lloraron de alegría: muestras efervescentes a las que le siguió un profundo silencio, roto únicamente por los suspiros altisonados del séquito celestial. Flanqueado por María y José, e iluminados por el rayo de la estrella en el cielo, los reyes cayeron de rodillas frente al recién nacido y en adoración profunda presentaron sus obsequios: el oro, el incienso y la mirra, regalos que eran en la tierra símbolo y reflejo de la gracia que Dios entregaba ese día a la humanidad entera. Quien hubiese visto aquel cuadro maravilloso y sublime tendría una palabra para describir el contenido de su corazón: paz.

     ¿Sabía la estrella que a aquel niño le reservaba la muerte más espantosa imaginable? Así debió ser, pues esa era la razón de que esa noche se celebrara a una vez la gloria del Jesús nacido y el triunfo del Cristo resucitado.

    

     Zenit de vida fue aquella estrellita que proclamó en el mundo un sendero de luz. Pues desde entonces, la Estrella de Belén, la Estrella de Paz, ha presenciado cada año, en cada Navidad, la alegría de los niños del mundo durante el día glorioso en que se conmemora la venida del Rey. Ha visto en las lindas postales el lucero de su luz y ha escuchado los tiernos villancicos que recuerdan su humilde faena en las peripecias de la encarnación. Hoy ocupa su lugar en el cielo, entre millones de estrellas. No es la estrella más grande, ni la más brillante, ni la más hermosa. Pero es la estrella más agradecida. Y la más feliz.

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Comentarios:

Escrito por: perrosabueso       07/05/08 22:45
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Solo para decirles que no soy cristiano. Sigo las ideas de Jiddu Krishnamurti. Escribi esto ya que fui educado (como casi todos los latinoamericanos) en la iglesia catolica). Soy un critico severo del cristianismo. Durante muchos meses quite este cuento de esta pagina, pero ya que es literatura, y es arte, he decidido dejarla. Yo veo este cuento mas como una nostalgia de mi infancia, sin asidero con la realidad. Que cada cual le aproveche segun entienda.
Escrito por: mariarosa       02/01/08 03:20
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Muy bella historia.
Es verdad Dios se vale de los más humildes para realizar sus grandes prodigios.
Mis saludos y felicitaciones por lograr tan buen relato, y con una cerga de ternura inolvidable.
Escrito por: Linosangalli       21/12/07 22:52
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Amigo, me alegra encontrarte después de bastante tiempo y vuelves con una obra sencillamente genial. Creo que no se debe leer con ojo de crítico literario, ni de historiador, ni tampoco de teólogo, sino simplemente como ser humano, creyente o no, que de cualquier manera está influído por esta historia.
Me gustó. Está muy bien escrita, como acostubras trabajar tus textos y no creo que pueda decir mucho más, pues la lectura realmente me ha conmovido y encontrar algo que te llegue tan hondo, es bastante difícil últimamente.
Un abrazo.
Lino
Escrito por: Aurelio       29/11/07 17:49
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Sólo puedo decirte que tu relato encaja en un género infantil y devoto, vanguardista tal vez, pero que no se ajusta ni científica ni históricamente a lo que se conoce de tal suceso. Fuera de ello, estuvo entretenido, plagado de descripciones precisas y estructuradas, con una chispa de humor fino y un mensaje de fraternidad a todos los creyentes. Al igual que tú, suelo escribir temas que no vayan con mi ideología (ni con mi simpatía), por considerarlo un ejercicio sumamente interesante y enriquecedor. Nos estaremos leyendo, saludos.
Online
Escrito por: poesiacarnivora       28/11/07 02:00
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Ufff,ya decia yo que debia tener un giro la historia, y se lo has dado magnificamente.
La estrella de Belén, la que anunció la llegada del rey de Reyes, no podía equivocarse.La misma inocencia de la humildad, de los pobres que aún tienen esperanzas reflejadas en esa estrella.
Magnifico amigo, no puedo decir otra cosa.
Un deleite tu narrativa.

Que las hadas te acompañen.
Escrito por: Abedul       26/11/07 14:19
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Hermosa, mágica.
Nunca había oído, ni leído algo semejante.
Me emociona tu forma de describir cada suceso, con tanta meticulosidad. Que no se te escapa nada.
Escrito por: jmrousell       24/11/07 02:24
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Gracias amigo por este remanso de paz.
Escrito por: crizangel       23/11/07 23:20
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Se me puso la piel de gallina al terminar de leer, no solo es disfrutable la historia, tambien encuntro la virtud en tus letras que invita al lector a sumergirse en ella, y ese bendito final, fueron las palabras mas poderosas y contundentes; "No es la estrella más grande, ni la más brillante, ni la más hermosa. Pero es la estrella más agradecida. Y la más feliz."
La disfrute demasiado.
Un beso amigo.
Páginas: 1

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