Para la estrella todo había terminado. A su tan avanzada edad era comprensible tal grado de contención intelectual. La Centinela y la Erene tenían razón. Su fin estaba próximo y era mejor morir a solas, a cargo de su propia extinción, que llevarse consigo a tantos inocentes. Se sintió triste, se juzgó miserable y deseó morir. Viéndose acusada por sus iguales, quienes se mantenían absortos en la orilla crepuscular del poniente, y previendo sobre ella la condena general, asumió autoridad sobre sus nuevas facultades traslatorias, apaciguó sus explosiones internas, recobró una estabilidad precaria y huyó hacia la mitad oscura de la esfera.
Alejada de toda disputa, su derrotero la llevó a las riberas del mar muerto. Las aguas de aquel mar saladino y quieto la invitaban a saltar a las fauces de un agujero negro, cuya presión gravitatoria acabaría hasta con la esperanza de la resurrección y el perdón. Era una noche helada. El mundo dormía. Los cipreses y las viñas de una aldea cercana hacían silbar al viento, enredado en sus esqueléticas ramas. La estrella no halló dónde posar siquiera un rayo de su luz difusa. Por ratos pareció errática. Para no irse a la deriva, barrió con los espectros de un rayo efímero las pocas edificaciones de las proximidades y estrechó el círculo sobre las que estimó, a tenor con sus atributos arquitectónicos, dignas del nacimiento de un rey. Enfiló luego, elevada sobre la pequeña ciudad, a través de posadas y mesones, y aún sobre el templo. Lo único que le quedaba por ver era un establo solitario levantado tras el lecho pedregoso de un torrente invernal. Se trataba más bien de una cueva cerrada con portales. Atravesó las maderas recargadas por el hongo y los rezagos del pasto. No vio nada. En el comedero de animales cavado en la roca aquel rayito se coló por entre las rejas del portal y apenas tocó el manto que cubría al recién nacido.
La estrella se maravilló ante tan inusual descubrimiento. Cualquier estrella del universo tenía como cosa normal el encontrarse a refugiados y perseguidos en medio de sus titileos nocturnos y era deber de cada una apercibir a tan desgraciadas criaturas de la magnificencia de la creación y recordarles que las pequeñas tribulaciones terrenas no comparaban con los paradisíacos dones de la eternidad. Aquel niño que yacía acolchado entre el pienso que servía de alimento a las bestias del pesebre parecía ser, sin embargo, la más indefensa criatura de la tierra. La estrella vio que las manitas del infante se arrebujaron bajo sus exiguos ropajes, como para refugiarse del frío. Ante esto, ella intentó suministrarle algo de calor; circunscribió un haz amplificado hacia el extremo rocoso que emergía del suelo árido y, al paso de la tibia luz sobre su rostro, contempló con cierto aire maternal sus simpáticas facciones. La belleza del florecimiento de una vida estaba en aquel cuerpito fatigado ya por las exigencias del mundo. Mas, como todos los fatigados y perseguidos, lucía a su entorno los harapos de la huida y los enconos de la pobreza. La estrella discurrió que la hora del alumbramiento debía haber sorprendido a la madre en su camino incierto y que sus progenitores aguardaban un clima propicio para proseguir el viaje.
¡Pobre niño! pensó la estrella. Yo buscando al rey de reyes en un palacio lejano y he aquí esta criatura, nacida de entre los pobres y los perseguidos del mundo.
En ese instante, el niño abrió los ojos. La estrella vio su propio reflejo en las pupilas somnolientas del niño y sintió un involuntario sobrecalentamiento en sus depósitos carboníferos que hizo catalizar sus reservas de hidrógeno. Y el niño sonrió; y ella, en la plenitud del gozo, experimentó un estallido en las profundidades de su núcleo y una llamarada arrebatada por el júbilo la cubrió con el manto de luz de una supernova.
¿Quién es este niño se preguntó asombrada que tan sólo con su mirada ha henchido mi comprimido núcleo y con su sonrisa ha colmado mi agotada materia?
Entonces, como si en las entrañas del universo todas las criaturas vivientes hubiesen sido testigos del milagro, se escuchó una voz única que dijo:
¿No has sido acaso tú la escogida de entre las más humildes criaturas de la creación? Pues he aquí tu rey, el Redentor, el Salvador, el Cristo.
Los ángeles del coro reaparecieron repentinamente sobre el firmamento y anunciaron con un cántico solemne:
¡Los reyes han visto a la estrella!
Fue entonces que, precedido por el arcángel Gabriel y dirigido por el ángel regidor, el séquito completo de ángeles y arcángeles protectores se mostró en su esencia inmaterial. Era aquel el instante supremo de los siglos, y todos permanecieron quietos y espectantes, a sabiendas de que estaban a punto de presenciar un suceso inolvidable.
***
Así fue. Reluciente en su brillantez resucitada, la estrella envió en la lumbrera esperanzadora de la noche los cuatro puntales de una cruz bendita. Los reyes de oriente atravesaron la escarpa dura y los trechos sombríos de las altas dunas del desierto y avistaron bajo el flujo acrisolado de la estrella el durazno rocoso del pesebre. Uno de los reyes corrió hacia el portal con manifiesta emoción. Los otros dejaron lejos sus bestias de carga para no importunar el sueño del niño. Y cuando cruzaron el portal más de un querubín se comió las uñas ante la impaciencia y hasta cien ángeles lloraron de alegría: muestras efervescentes a las que le siguió un profundo silencio, roto únicamente por los suspiros altisonados del séquito celestial. Flanqueado por María y José, e iluminados por el rayo de la estrella en el cielo, los reyes cayeron de rodillas frente al recién nacido y en adoración profunda presentaron sus obsequios: el oro, el incienso y la mirra, regalos que eran en la tierra símbolo y reflejo de la gracia que Dios entregaba ese día a la humanidad entera. Quien hubiese visto aquel cuadro maravilloso y sublime tendría una palabra para describir el contenido de su corazón: paz.
¿Sabía la estrella que a aquel niño le reservaba la muerte más espantosa imaginable? Así debió ser, pues esa era la razón de que esa noche se celebrara a una vez la gloria del Jesús nacido y el triunfo del Cristo resucitado.
Zenit de vida fue aquella estrellita que proclamó en el mundo un sendero de luz. Pues desde entonces, la Estrella de Belén, la Estrella de Paz, ha presenciado cada año, en cada Navidad, la alegría de los niños del mundo durante el día glorioso en que se conmemora la venida del Rey. Ha visto en las lindas postales el lucero de su luz y ha escuchado los tiernos villancicos que recuerdan su humilde faena en las peripecias de la encarnación. Hoy ocupa su lugar en el cielo, entre millones de estrellas. No es la estrella más grande, ni la más brillante, ni la más hermosa. Pero es la estrella más agradecida. Y la más feliz.
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