Cuento de la Estrella de Belen 1

Categoría(s): Cuento de Navidad

     Por: Edwin Cuperes Vélez

    

     A la dulce memoria de Joancely Arce Cuperes

    

     Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.

     Salmo 19:1

    

     La alegría era tan grande en el universo que una estrella salió de su eje sideral y tomó rumbo a la constelación de la Cacerola. No era la estrella más grande, ni la más brillante, ni la más hermosa. Al contrario, su núcleo reducido de una enana blanca, demasiado vieja para darle vida a los raudos planetas que la orbitaban, la hacía parecer, a los ojos de las estrellas vecinas —la Centinela y la Erene— la que menos podía anunciar al mundo la venida del Rey.

     —¡Eres la maldición de nuestra galaxia! —gritaba la Centinela con un relampagueante destello de bengala—. Pronto colapsarás en tu propia materia centrifugada y nos tragarás a todas nosotras y a nuestra hermosa luz.

     Era verdad. A su edad no tardaría en sucumbir a la ley natural, aquella que dictamina que la energía es finita y languidece. En su caso, pasaría por un doloroso deceso al final del cual la gravedad concentrada en su centro atraería a la materia circundante y se convertiría así en el más temible y horroroso miembro del firmamento: un agujero negro.

     Entonces: ¿qué significaba aquel salto desproporcionado al vacío? Erene, una estrella un poco mayor que la Centinela, intentó ser comprensiva.

     —Esta bien —le dijo—. Todas lo hacemos alguna vez. Se llama “Convulsión de Centella”. Ahora vuelve a tu lugar.

     Ella lo intentó: combustionó a su derecha un trillón de toneladas de magnesio y azufre sazonadas con una pizca de hidrógeno, que era el cálculo exacto de su primer salto. Pero le sucedió lo que a una embarcación con viento a favor pero con el velamen retorcido por el timonel: dio de coces sobre una manada de asteroides y su rumbo se volcó a estribor.

     La Centinela y la Erene aceleraron la combustión de su vertiente oriental para darle paso al “vejestorio”, como la llamaban ellas.

     —Es lo mejor que puedes hacer: ¡alejarte de nosotras! —le gritó la Centinela.

     Erene fue menos enfática.

     —Estás infligiendo la ley del movimiento celeste. Vamos, ¡es una chiquillada! —Pero luego, viendo que aquella estrellita se daba ínfulas de gran lucero sideral, le advirtió de forma terminante, aunque no sin cierto aire de tristeza:—Habrá que hacerle saber a Dios de tu mal comportamiento.

     No obstante haber escuchado ésto, la estrella rebelde estalló en su flanco izquierdo, destrozando sus cortezas ígneas. Fue como las convulsiones del hipo. Tan pronto enfilaba a babor como a estribor, hasta que la fuga carbónica de su núcleo disparó un chorro de fuego que atravesó un millón de millas en dirección a Andrómeda. —No es mi culpa —fue la frase que quedó en el vacío luego de desaparecer a propulsión de infraluz.

     La testadura estrella era ya del tamaño de la luna terrestre cuando la Centinela y la Erene resolvieron hacer realidad la terrible amenaza de informar al Jefe Mayor sobre tan gran violación a las inmutables leyes de la naturaleza.

     ***

     Al llegar al cielo, encontraron a uno de los subalternos del arcángel Gabriel ocupado en preparativos de viaje.

     —Dios no está —les dijo éste de inmediato, quien, como todos los ángeles, había adivinado a lo que habían venido.

     —¡Que Dios no está! —exclamó la Centinela, maravillada.

     En sus cinco mil millones de años de vida de estrella jamás había escuchado que Dios no estuviese donde se supone que debía estar. La omnipresencia era atributo sólo de Dios y nunca se había visto que hubiese dejado de usarlo.

     —Bueno —replicó la Erene, aplacando la impaciencia de la Centinela y frunciendo su capa de helio flotante—: ¿está o no está?

     —¿Quién te has creído que eres para cuestionar uno de los mayores misterios de la divinidad? —dijo el ángel severamente, arrebujado en su halo de santidad—. Ésta y no está, pero de cualquier modo no podrá atenderos. En cuanto a su amiga...

     En un arrebato de soplonería, la Centinela contó lo que había visto. Magnificó intencionalmente los hechos, reiteró premeditadamente las faltas el orden establecido y puso a disposición del Tribunal Celestial el pedido de someter a obediencia a la estrella delincuente. El ángel la acalló con esta revelación:

     —Ha sido la escogida.

     Era una vergüenza para él, dijo, tener que desempolvar para ellas los conocimientos más elementales de la fundación del mundo. Les anunció que las antiguas profecías empezaban a cumplirse y les hizo entender que todo cuánto habían visto tenía algo que ver con ello. La Centinela, sin embargo, no se allanó a la buena noticia.

     —¿A quién se le ocurrió encomendar para esta misión a esa estrella vieja y maltrecha en vez de a mí o a la Erene —dijo en tono sarcástico—, que somos jóvenes y bellas y tenemos el poder de una centella y la refulgencia de una supernova?

     —¡Basta! —le contestó el ángel a aquella estrella fanfarrona antes de desaparecer en un rastro de polvo estelar—. Los misterios de Dios son inescrutables. En otras palabras: Dios sabe lo que hace.

     ***

     Muy lejos de allí, luego de haber cruzado el archipiélago intergaláctico, la estrella “escogida” dudaba de forma un tanto sacrílega que Dios supiese lo que estaba haciendo. Las estrellas —reflexionaba— no estaban hechas para ir de aquí para allá, sino que viajaban a velocidad constante con las demás estrellas dentro del cascarón de sus respectivas galaxias. La Vía Láctea, con sus cien mil millones de estrellas, refulgía esplendorosa en el oscuro océano del firmamento. Sabía que era allí donde se encontraba el planeta Tierra, que allí habría de librarse la Gran Batalla y que allí habría de manifestarse en toda su magnificencia la Gloria de Dios. Estaba en las profecías. La misma creación del universo tenía como propósito el albergar a los hijos del Altísimo, cualquiera de los cuales, aún el más pequeño era, a los ojos de Dios, más grande que el más hermoso querubín de la corte celestial. Pero, ¿qué tenía que ver ella en todo aquello?

     De pronto, la vieja estrella se esforzó por echarle vapor a su movimiento centrífugo para no chocar contra setecientos ángeles trompetistas, pertenecientes a la banda de música empírea, que sobrevolaron sobre ella, alejándose hacia el vasto horizonte cargado de nebulosas. La encabezaba el arcángel Gabriel. Tras él, un tumulto extraordinario de árcángeles y serafines —cual no se había visto desde el principio de los tiempos— se pertrechaban para lo que parecía ser una ¿guerra?

     —Pero, ¿qué está pasando? —se preguntó la estrella confundida.

     En medio de la correría de la redistribución del ejército de ángeles y trompetistas y de la multitud de las huestes celestiales que harían de coro, un ángel se le apareció. Dijo que venía para darle instrucciones. Lucía cansado. La “escogida” lo había visto subir y bajar de un extremo a otro de la larga columna en marcha, pues el arcángel Gabriel lo instruía desde la vanguardia para poner orden al séquito que debía entrar a la estratósfera terrestre de un momento a otro.

     —¿Sabes qué es un faro? —le preguntó. Ella comenzó a explicar:

     —Un faro es un poste de luz que señala las naves acuíferas de la tierra sobre...

     —Eso —El ángel hojeó a toda prisa un libro gigantesco—. Tu tarea consiste en servirle de guía a dos —pasó otras hojas—... No... a tres —se detuvo en un lugar preciso y señaló con el índice— ... a unos magos.

     La estrella hizo sus apuntes de rigor y precisó en los detalles.

     —¿Vienen en barco?

     El ángel, que empezaba a ocuparse de otros ángeles, volvió a abrir el libro y buscó de prisa.

     —En camellos. Vienen en camellos —repitió. Pero no había encontrado en el libro pasaje alguno que mostrara por qué medios de locomoción vendrían los magos.

     —No importa si vienen en caballos o en camellos —dijo al fin—. Eso déjaselo a los artesanos. Lo importante es que provienen —volvió a abrir el libro, a repasar las páginas—... de Oriente.

     La estrella comprendió que en aquel vasto plan de salvación ella no era más que una señal de tránsito. De todos modos se sintió útil y se alegró en su ánimo. Ignoraba aún la localización del lugar de llegada, la dirección de su movimiento de traslación y la velocidad a la que debía ceñirse, datos todos necesarios para lograr equilibrar correctamente sus fluidos etéreos. El ángel la silenció con un gesto comprensivo y dejó entrever que habría de resolver todas sus dudas.

     —Es cuestión de cálculo. Te empotras en... ¿Nazareth?... ¿Jerusalén?... ¿Ramá?...

     El ángel abrió el libro y con un abanicar apresurado hojeó de una a una todas sus páginas. Al final titubeó, caviló, resopló, cerró el libro con un golpe seco y exclamó en un estado de total perplejidad.

     —¡Esta información no ha sido suministrada!

     El ángel fue rodeado repentinamente por muchos arcángeles de formidable estatura que constituían la unidad protectora, quienes lo abrumaron con un interrogatorio incesante. Decidió, pues, aprovechar entre sus idas y venidas para allegarse a la vanguardia del séquito y preguntar por ello al arcángel Gabriel, quién, por ser el mensajero personal de Dios, debía estar enterado de todo.

     ***

     Mientras la estrella esperaba sus instrucciones, un querubín —que a ella le pareció uno de los arcángeles protectores— se ciñó el escudo al pecho.

     —No será fácil. Tenemos enemigos —dijo con una voz dulce y terrible.

     —¿Acaso Dios tiene enemigos? —preguntó la estrella.

     —Ya sabes —dijo el querubín atisbando hacia los seis puntos cardinales del orbe—, es mejor siquiera nombrarlo. Es necesario que se cumpla lo que está escrito —y desvainando la espada la levantó en alto y esgrimió sobre los anillos de Saturno—. De todos modos ya sabemos cual será su fin.

     Entonces, de un modo natural, como si estuviese enterado de la encrucijada en que la estrella se debatía en lo más profundo de su núcleo, dijo:

     —¿Quieres que te diga dónde nacerá el Rendentor, el Salvador, el Cristo?

     La estrella no pudo contener su excitación y emitió un haz que se propagó desde su superficie, gravitó como una onda aúrea y se dispersó en el firmamento. Esto hizo volver las cabezas a doscientos ángeles dispuestos firmemente en sus respectivas columnas, quienes ante tan gran evento dedujeron que para ser una enana blanca aquella estrella no lo hacía mal y demostraba que al fin y al cabo Dios sabía lo que hacía.

     —¿Lo sabes?

     El querubín hizo una mueca de ironía.

     —Es uno de los secretos mejor guardados. Ni siquiera a los profetas les ha sido dado conocer el lugar exacto.

     De pronto, los ángeles que ocupaban el tercer lugar dentro de las siete largas filas del séquito —y que eran los heraldos de las buenas nuevas— anunciaron con un cántico solemne:

     —¡Los reyes ya han partido!

     Esto quería decir que los acontecimientos se habían puesto en marcha.

     Hubo entonces una especie de ovación general, refrenada sólo por la naturaleza de la misión y el esfuerzo que todos debían empeñar en la realización de la inmensa tarea que les esperaba. Cuatrocientos ángeles volvieron esta vez sus cabezas y señalaron a la estrella.“¡Bien hecho!”, se escuchó en el ámbito.

     —¿Qué significa? —dijo la estrella al querubín, quien aún se mantenía junto a ella—. Yo no hice nada, no he hecho nada.

     —Descuida. Esos reyes son astrólogos y sabios. Desde que partiste te han seguido el rastro con los instrumentos de su ciencia —el querubín se puso frente a ella y la observó con una mirada cómplice—. Pero esto no es suficiente. Sólo logrará llevarlos al país correcto. ¿Entiendes?

     —Habías dicho que sabías el lugar...

     El querubín desapareció de su vista despues de decir:

     —Jerusalén, la Ciudad Santa: ¿dónde más?

     ***

     Entretanto, el ángel regidor del séquito esperó pacientemente al arcángel Gabriel, quien había ido a visitar a un tal José. Imponente en su belleza sinigual y en su poderío formidable, el comandante de las fuerzas celestiales era, sin embargo, un ser razonable cuyas virtudes se arrullaban bajo la estela gloriosa del amor de Dios. El ángel regidor sabía que las cosas no estaban para andarse con rodeos y cuando lo vio llegar fue al grano. Explicó que a las preguntas de todos los miembros del séquito había encontrado respuestas, pues en el libro estaba escrito todo. Extrañamente, no había podido hallar alusión alguna que señalase el lugar del nacimiento del Redentor.

     —La estrella —dijo, y señaló hacia atrás para ser específico— debe posar su luz en el lugar exacto o de lo contrario los reyes de oriente no lograrán postrarse ante el Hijo de Dios, ni ofrecerle presentes, y la Natividad no legará a la posteridad uno de sus emblemas mayores.

     Calló y se mantuvo en esperas, sin mostrar signos de preocupación, a sabiendas de que la contestación del arcángel Gabriel habría de ser tan clara como un punto en el mapa.

     —El enemigo está planificando la destrucción del niño —dijo el arcángel Gabriel, y en la hermosura de sus facciones se acentuó la dureza adusta del guerrero terrible que por mandato del Altísimo había intercedido tantas veces en la historia humana—. En realidad lo ha estado intentando desde el principio de la creación y para ello ha atentado contra la supervivencia de todo un pueblo. Ahora, fracasado, multiplica sus esfuerzos. Es por eso que esas instrucciones que pides serán dadas sólo cuando sea absolutamente necesario.

     Mientras hablaba, se había mantenido estático, con la mirada puesta en el golfo del Sahara, al cual se aproximaban. Pero en ese instante las llamas de fuego de sus ojos deslumbraron al ángel regidor con las sonrojadas pinceladas de una aurora boreal.

     —No se trata de la conmemoración del nacimiento del niño, sino de la salvación del mundo— sentenció.

     Y al decir ésto desvainó la espada. Los miles de ángeles que le sucedían desvainaron a un mismo tiempo y conformaron, a la lumbre del sol sobre la atmósfera, un inmenso campo de espigas.

     El coro de ángeles del tercer lugar dentro de las siete largas filas del séquito, anunció:

     —¡Es la hora!

     Fue como una desbandada de palomas. Los ángeles se separaron de sus respectivas columnas, tomaron dirección horizontal, traspusieron la capa azulada y límpida de la línea del globo y, transmutados en una miríada de cometas flamígeros, se internaron hacia los confines de la tierra.

     ***

     Solos en la vestedad del espacio, quedaron el ángel regidor y la estrella escogida.

     —¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé! —le dijo ella entusiasmada.

     —¿Sabes qué?

     —¡El lugar del nacimiento del Redentor!

     —Eso mismo me dijo Gabriel, que tú lo debías saber: a su debido tiempo.

     El ángel regidor abrió el libro con aire circunspecto, disparó sobre la faz de la tierra una mirada interestelar de amplia vista y empezó a revisar el orden de los eventos.

     —Ahora, ¿qué se supone que haga? —preguntó la estrella.

     —Ya que sabes el lugar —le sugirió el ángel regidor—, ¡señala!, ¡señala!, ¡señala el camino que deben recorrer los reyes!

     La estrella surcó de inmediato el firmamento hacia la posición más propicia a sus propósitos de farola fugaz con el grito de “¡Allá voy!”. Las coordenadas dadas por aquel noble querubín que se le había presentado en medio del viaje le resultaron tan sencillas de seguir que aún le quedó tiempo para pasear su haz de luz por el valle de Kidrón, el monte de los Olivos y el huerto de Getsemaní, y aún se adentró en los callejones estrechos de la Ciudad Santa, cubiertos con arcos de apoyo, cuyas vigas y puntales le estorbaron el paso. Opuesta tanto a sus enemigos centenarios como al cruel desierto de las llanuras del Golán, Jerusalén se presentaba como una fortaleza digna de un rey. ¡Y pensar que los ángeles del cielo y los reyes de la tierra esperaban una señal que les dirigiera el camino, ante algo tan lógico como aquello! Sólo faltaba saber el lugar exacto del nacimiento y le bastó un segundo de reflexión para encontrarlo: el palacio, pues ¿dónde más podría nacer un rey?

     De pronto, el coro de ángeles se apareció y anunció:

     —¡La estrella ha sido engañada! ¡Es un error! ¡Los reyes han entrado a palacio!

     La trascendencia de esta noticia fue tal, que en los parajes más profundos del universo hubo una especie de apagón sideral, lo que produjo que la tibia luz de la enana blanca se vislumbrara a todo lo largo de la espiral galáctica y fuera, por tanto, objeto de la atención de todos los cuerpos celestes. Un remolino de luciérnagas compuesto por todas las estrellas del orbe se formó sobre ella y giró y giró, sumiéndola en un trastorno de delirio. El ángel regidor tomó el centro del vórtice y señalándola con el temple desfigurado por el estupor, dijo:

     —Hasta tú, que fuiste llamada de entre las más pobres y simples criaturas, has caído bajo el influjo del príncipe de las tinieblas.

     El coro de ángeles recitaba ahora la crónica de los dramáticos eventos que en aquellos momentos se producían en palacio. Contaron como los reyes de oriente, guiados al error por la estrella, apercibieron al rey Herodes del nacimiento del rey de los judíos. La nota concluía con la convocatoria del rey Herodes, representante de las legiones del mal, para que los sacerdotes y escribas le informasen cuanto supiesen del acontecimiento.

     Sabiéndose engañada por el espíritu malévo del querubín— que ella había confundido con un arcángel de la hueste celestial— y presa de la más terrible angustia, la estrella se dirigió al ángel regidor.

     —¡Buscaré! ¡Buscaré! ¡Lo encontraré! Los ángeles llegarán antes....

     —Ya es tarde —le dijo el ángel regidor. Y todos los ángeles del séptimo regimiento cayeron en gran tribulación cuando dijo:

     — ¡Matarán al niño!

    

     (PARTE 2)

    

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Comentarios:

Escrito por: perrosabueso       07/05/08 22:44
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Solo para decirles que no soy cristiano. Sigo las ideas de Jiddu Krishnamurti. Escribi esto ya que fui educado (como casi todos los latinoamericanos) en la iglesia catolica). Soy un critico severo del cristianismo. Durante muchos meses quite este cuento de esta pagina, pero ya que es literatura, y es arte, he decidido dejarla. Yo veo este cuento mas como una nostalgia de mi infancia, sin asidero con la realidad. Que cada cual le aproveche segun entienda.
Escrito por: mariarosa       02/01/08 03:12
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¡¡Que bella historia!!
Las profecias se estan cumpliendo y para enterarme de como...te sigo.
Escrito por: RocioFuentes       31/12/07 15:44
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Adoro cuando hay alguien que de una histoira conocida saca otra completamente nueva; otra perspectiva que nadie nunca antes había pensado. Original, única, cómica (los diálogos son precisos, ágiles). Y me alucina que de una leyenda a la que se deja de prestar atención cuando uno crece hayas podido extraer ciencia, religión y política!
Escrito por: CaribeOro       10/12/07 07:50
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Has hecho uso de una buena imaginacion para un fluido cuento infantil y ello lo exonera de ciertas inexactitudes historicas desde mi punto de vista, aunque es de cuidar las mismas pues los niños parecen lectores planos y no lo son, cualquier dato ellos lo toman como muy real y ello puede deformar su acervo, conllevando mas esfuerzo a la hora de corregir. Por lo demas me gusto realmente, disculpa las tildes, tengo problemas con el tablero.
Dilcia te contesto: Dios siempre esta en su lugar, somos los seres supuestamente inteligentes los que nos desubicamos.
Escrito por: Aurelio       29/11/07 17:49
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Bueno, la forma en que narras el suceso estelar me parece idóneo para un cuento infantil, pues ni siquiera en ciencia ficción me parece atinado que los astros entablen diálogos con regionalismos incluidos, ¡y mucho menos que mencionen a Dios!... A pesar de los detalles que das sobre ciertas particularidades científicas, al hablar de “querubín” estás siendo un tanto descuidado, puesto que no se trata de una figura cristiana, católica o israelita, sino grecorromana, aunque originariamente fue caldea (lo mismo pasa con los “serafines”). También hablas de “Natividad” cuando ésta fue bautizada así trescientos años después de tal “advenimiento”… “¿salvación del mundo?”, “¿Herodes, representante de las legiones del mal?”, me parece exagerado y tergiversado, en fin… para terminar, el engaño me recordó mucho a “La última tentación de Cristo”. En tu segunda parte te dejaré mi comentario concluyente.
Escrito por: DILCIA       28/11/07 16:08
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Destaco la vanidad que haces mención entre las estrellas, la inocencia con que la estrella "elegida" se mueve en su gran y útil misión, aquí me detengo y digo, esto es importante, el sentir la necesidad de hacer algo para sentirnos útiles, ¿No podemos ser por ser?, yo reclamo esto otro, es un reclamo mío, no hagas caso, cuentas el cuento de Dios no está en su lugar, ¿cuándo ha estado en su lugar?, o cuál es el lugar donde debe estar?, en fin, es un cuento infantil pero yo me pregunto muchas cosas, será?, luego mencionas engaños, por el error de la estrella, que es acusada, acusada, otro detalle del cuento. Y en la conclusión la muerte. Es una buena narración, me gusta como vas dejando notar todas esas cositas que parecieran no importantes.
Escrito por: poesiacarnivora       28/11/07 01:53
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Una narración impecable, que realza muchisimo el tema que desarrolla.Todo en su lugar,hasta punto y coma.
Una historia que tiene todo como para ser el guión de una pelicula infantil, ya que brindas todos los elementos para que las imagenes fluyan sola.
Entre lineas tocas temas como la soberbia, las dudas de la fe, el engaño, ...
Una historia que me ha gustado de principio ha fin .La he disfrutado.
Una barazo, que las hadas te acompañen.
Escrito por: MANTIS       27/11/07 19:22
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Bonito cuento navideño, cuentito infantil :) Algo me retumba en el cerebro "—Dios no está —"
Escrito por: sgrassimeli       26/11/07 02:32
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Un apacible cuento de navidad, muy bien escrito, que me llama la atención por la originalidad de ciertas frases "La estrella comprendió que en aquel vasto plan de salvación ella no era más que una señal de tránsito..Hasta tú, que fuiste llamada de entre las más pobres y simples criaturas, has caído bajo el influjo del príncipe de las tinieblas".
Excelente y gracias por compartirla.
Escrito por: LizAhumada       26/11/07 02:25
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Es una linda historia que logra unir muchos conceptos deseables transversales a tu narración, no tiene vacíos y es muy fácil digerirla.
Escrito por: jmrousell       24/11/07 02:29
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Como anoté en la parte 2. Gracias amigo por este remanso de paz.
Escrito por: crizangel       23/11/07 22:41
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Me quede por un momento sin palabras (ya las recupere), excelente historia, de principio a fin, no le veo error por ningun lado (y mira que estuve buscando y rebuscando para poder ser mas imparcial), pero a mis ojos de lectora no llego mas que una historia bien pensada y cuidada, excelente tambien para esta navidad, la verdad no me esperaba que no tuviera aun un final, pero ahora que veo que continuara me quedo con muchas ganas de seguirla leyendo.
Me obligaste a leerte sin parar, la historia tiene todo lo que debe contener, una hermosa introduccion que alcanza a salpicar en sospecha de quien sera una de loas protagonistas, no se pierde el hilo, es muy facil seguirlo, belleza descriptiva, narracion fluida, sin complicaciones, y un nudo que hace tensar los musculos.
Me quedo sin mas nada que decir, mas que exigir la segunda parte.
Excelente.
Páginas: 1

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