Ella contempló aquellos senos jóvenes que, a diferencia de los suyos, se erguían
Llamaron a la puerta.
- ¿Julia? dijo su marido desde el otro lado Jaime no quiere dormirse si tú no le vas a dar el beso de buenas noches. Le dije que estabas trabajando, pero
Julia cerró los ojos y resopló sin quitar las manos del teclado. Miró al procesador de textos. Le quedaba ya poco, muy poco.
- ¿Julia? repitió su marido. Entonces se levantó y, abriendo la puerta, se dirigió al cuarto de su hijo pequeño sin dirigirle la mirada a su esposo. El niño ya estaba metido en la cama. Ella se paró en el quicio de la puerta, mirándole con seriedad.
- Cariño, te he dicho que cuando estoy trabajando
El niño se encogió bajo las mantas, cubriéndose el rostro hasta la nariz con la sabana. Ella sonrió.
- Mi chiquitín le dijo mientras se sentaba junto a él en la cama -, tienes que comprender que cuando mamá trabaja, no puede venir a darte el beso de buenas noches.
- Pero si estás en casa le contestó el niño con una lógica impecable.
- Sí, amor. Mamá trabaja en casa. Pero
El niño le miraba con ojos muy abiertos. Sería imposible convencerle. Su sonrisa se abrió mostrando sus dientes blancos.
- Está bien dijo, y se agachó depositando un beso suave y cariñoso en la frente del niño -. Hasta mañana si Dios quiere y que pases buena noche, ¿sí?
El niño, sin descubrirse la boca, sonrió a su vez y sacudió la cabeza en señal afirmativa. Después, se giró hacia un lado y cerró los ojos. Julia se levantó, apagó la luz y volvió a su estudio.
Pasó las manos entre los muslos firmes de la muchacha. Aquello tenía más que ver con la exploración que con el deseo: quería comprobar que no estaba soñando. Aquella maravillosa belleza de largo pelo azabache había
Otra vez la puerta.
Miró hacia ella.
Volvió a mirar al procesador.
había aparecido
De nuevo golpes en la puerta.
- Julia, perdona
El inútil de su marido. A su hijo podía perdonarle pero a él Sabía perfectamente que aquellas horas de la noche eran sagradas para ella. Allá él si tenía que dormir solo mientras ella aporreaba las teclas. Cuantas veces había tenido que hacerlo ella en su tiempo, mientras él se demoraba en supuestas reuniones de negocios. Que se jodiese.
- es esta factura. No sé si
Cuando no era una factura, era una carta, y cuando no, cualquier desperfecto insignificante en alguna parte de la casa para cuya reparación necesitaba su ayuda. Todas las noches hacía lo mismo, buscando una excusa banal con la que interrumpirla. Y aunque todas las noches se producía la misma discusión en voz baja para no despertar a los niños, él insistía en molestarla, aunque sólo fuera por unos minutos.
aparecido cuando ella
- o sea, estaba echando cuentas y no me cuadra
Podía pasarse toda la noche ahí. Sabía que no valía de nada no hacerle caso. Al contrario, eso parecía incitarle más. Lo mejor era, como siempre, abrir la puerta, controlarse lo más posible y solucionar el supuesto problema. No es que fuese lo más adecuado, pero sí lo más rápido.
Aplastó CTRL+G, se levantó y abrió la puerta. Se quedó mirándole con odio. Él tenía las gafas caídas sobre la punta de la nariz, observando un papel que tenía entre manos. Cuando la vio frente a ella, se dio la vuelta y camino hasta el salón sin dejar de hablar de la maldita factura. Julia hinchó sus carrillos y después expulsó el aire con violencia. Le siguió.
nalgas duras, desafiantes. Ya no podía contenerse más.
Bien, había terminado. Bueno, realmente no. Aún tenía que cumplir con la descripción de las dos mujeres amándose, entregándose una a la otra con la pasión salvaje y los puntillosos detalles que exigían los lectores de la revista para la que trabajaba. Pero para ella, todo terminaba ahí, todo estaba hecho. Lo demás eran pormenores mecánicos que podría terminar en la mañana, como hacía siempre. Era la parte más odiosa, igual que era desesperante los siguientes minutos de espera a que todo se materializase.
Encendió un cigarrillo y se puso a pasear por el estudio, impaciente. Olió sus axilas: ningún problema. Metió su mano en su entrepierna por debajo del pantalón. Ya estaba húmeda. Siempre sucedía igual. Se olió los dedos: ningún problema tampoco por ahí.
Terminó el cigarro y lo apagó en el cenicero. Después, salió del estudio y cerró la puerta con cuidado de no hacer ningún ruido, dejando la luz de la estancia prendida. Si su marido se despertaba, vería la luz y pensaría que seguía trabajando. No sabía si él, en alguna ocasión, se acercó a espiarla. Pero si lo había hecho, nunca se atrevió a interrumpirla de nuevo.
Hizo el recorrido de costumbre. Primero, revisar si sus dos hijos, el pequeño y la adolescente, dormían en sus respectivas habitaciones. Tras comprobarlo, se asomó a su dormitorio donde vio a su esposo dormido como un tronco con la televisión prendida. Entonces, tomó el pasillo hasta la puerta que quedaba al final, junto al pequeño baño que ella llamaba de emergencia. Aquello era un pequeño cuarto trastero donde se amontonaban toda clase de cosas inútiles esperando revivir algún día para recuperar su función perdida. Siempre había odiado aquel cuartucho. Nunca se podía encontrar nada dentro de él. A su juicio, todo lo que caía allí dentro merecía mejor el tacho de la basura.
Hasta que un día descubrió que pasaba en ese cuarto. Lo descubrió un par de años después de haberse mudado al departamento y tras los primeros meses en los que trabajo en la revista. Desde entonces, varias veces por semana entraba allí.
Pasado un tiempo de que descubrió aquello, empezó a construir una teoría. Suponía que todos los departamentos, todas las casas, tenían un rincón similar. No tenía porque ser un cuarto, podría ser, vete tú a saber, el rincón más alejado del maletero del armario. Allí, sin darse cuenta, se iban materializando los sueños rotos o las esperanzas de los habitantes de la casa. Suponía esto porque en una ocasión, mientras estaba en el trastero, dio con el pie una patada a un coche teledirigido por el que su hijo había implorado desconsoladamente y que se lo habían negado por falta de recursos en el momento en que lo pidió. Otra noche se detuvo un momento al descubrir una bolsa de basura que no recordaba haber puesto ahí. Al abrirla, vio que estaba llena de fajos de billetes. Dedujo que aquello era de su marido, pero no se atrevió a sacarla por miedo a que por la mañana desapareciese.
Abrió silenciosamente la puerta y entró. Se acercó a un rincón y tomó la vela que siempre dejaba allí. Bajo aquella luz pudo distinguir un cuerpo cerca de ella. Estaba recostado en el suelo, en posición fetal. Siempre estaban así.
La sacudió con la mano y la cogió de la suya para ayudarla a levantarse. Después, levantó la vela para verla mejor en aquella penumbra. Tenía el pelo largo hasta la cintura, completamente lacio. Senos erguidos y apropiados como para la palma de una mano. Piernas firmes, bien torneadas. Nalgas que se adivinaban duras, desafiantes. Era exactamente como la había descritos. Dejó la vela en el suelo y la beso con pasión, entregándose a ella con la furia que describiría al día siguiente en el final de su cuento.
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