CONVERSACIÓN CON EL CUERPO
La vigorosa sonata retumba en los oídos que, luego de afinarse, redoblan su atención y se abren receptivos, ante el compás de la música escuchada.
El piano va soltando notas de céfiro, en un vaivén de altibajos, y en sus tonalidades queda impregnado también el silencio, como evidencia de lo que no alcanzamos a nombrar con las palabras.
El ritmo que sigue la cabeza, es tan lento como lo es la respiración que atrapa sucesivas porciones de aire, a veces por la nariz, otras por la boca, expirando sin dificultades, el eco producido por las palpitaciones de un corazón que va presagiando la tranquilidad reconfortante de los moderatos, la intensidad que acompaña a los crescendos, o la dulzura de los acordes que componen los adagios; intuyendo por dentro, las escalas armoniosas sobrepuestas en el espacio de una plácida conversación con el cuerpo.
Desde la planta de los pies, va pasando por las ingles, por la punta de los dedos, por la espalda y por el pecho, un tenue escalofrío que va subiendo hasta llegar a la coronilla, donde hormiguea la piel detrás de la nuca, para descender como una ola, con la fuerza de los maremotos, como la tempestiva bienvenida de una noche lluviosa.
Pronto, en la calma momentánea, el cuerpo se va reponiendo, va dejando de sentirse inundado por la paráfrasis de la melancolía; entra de lleno a una galaxia de variaciones acústicas donde se empapa, se funde, se reblandece para extenderse en los lienzos del goce estético, disolviendo los prejuicios, las interrogantes y los miedos. Hay algo en la resonancia que desata la faena de un viaje al interior de la frontera corporal.
Los hombros tensos han cedido ya su paso al relajamiento. Se abren los diminutos poros de la epidermis acariciados por una brisa musical. Los ojos cansados, ante la cegadora lumbre que reflejan, miran el velo de los párpados cerrados. En el itinerario, el alma se zarandea con los matices sonoros que trazan círculos concéntricos.
La consigna es única: no abandonar la sensibilidad, ni ponerla en entredicho, no dudar de las palabras que se van sumando, al ejercicio de mirar con los oídos y escuchar con los ojos bien abiertos; al atrevimiento de rozar la multitud de estados anímicos, desencadenados a fuerza de empellones, bordados a destajo por disímbolos surcos de emociones; de la rabia de habitar un mundo condenado, de la risa que es divina, del dolor que siempre soportamos, del furor que hierve en nuestra sangre y del llanto que nos vuelve más humanos.
Sendas gotas de sudor corren alrededor de las sienes. Con un sabor acuoso en los labios, toma impulso nuevamente, en la proximidad de donosos alardes, la continuidad del soundtrack que se repite deliberadamente.
La partitura es un rompecabezas que ha puesto un orden figurado a la anarquía de nuestras tristezas y alegrías; Ludwig Van Beethoven, patético y apasionado, redime su grandeza en las cadencias polifónicas, mientras el cuerpo sigue experimentando una cascada de fulgores detonados.
Apesar de estar mas en el tema de la poesia, despues de leerlo le puedo decir que en mi opinión es un excente trabajo.Saludos
Te quedo precioso este escrito Ale!, un enorme placer leerte, siempre
Pam
Que hermosisima forma de describir como la musica se apodera de quien la ama y se pierde en ella
Amigo,no sé cómo llegué a tu puerto,pero el impacto de lo que acabo de leer es ensordecedor.
Tu escritura me resultó perfecta,tus imágenes colmaron mis sentidos,y has representado con palabras las vibraciones humanas que sólo una composición musical puede provocar.
Te felicito por esto,y agradezco haberme topado con semejante trabajo.
Mi saludo.
GABRIELA