CONTRASEÑA: «KARINA»

CONTRASEÑA: «KARINA»
GUILLERMO SOUBELET

 

 

¡M
 as vale que no van a sacar avisos en el diario! ¿Sos loco, vos? Estos son datos, digamos, secretos.  Que se pasan de boca en boca. Entre la gente que está en el ajo. En la atorranteada. En la cosa putanezca. Entre tiburones. Queda ahí, en Córdoba y Florida, cruzando así, medio en diagonal, medio de coté, hacia San Martín, por avenida Córdoba. Casi frente a la Galería Pacífico (¿la tenés a la Galería Pacífico?). Ya después te voy a dar la dirección exacta. Te imaginás que por la naturaleza de los servicios que allí se ofrecen,  ¡minga de  tarjetas de crédito!  ¡Minga! ¡Re minga! Pensá: ¡nadie tiene interés en quemarse que pasó por ahí! ¿Te imaginás después cuando tu jermu revisa el resumen? No, ¡minga de plásticos! Cash y si te he visto no me acuerdo. Incluso hay algunos que van con anteojos oscuros y bufanda e inclusive se van rapidito y sin saludar (dicen que algunos hasta se ponen barba postiza o caretas de Groucho Marx y hablan haciendo vocecita, pero no sé).
Atenti, que eso de no usar la tarjeta de crédito es un consejo personal mío, no sé. Te aviso. Porque te aclaro que como los precios son altísimos (pensá que la clientela de esta gente es de nivel ejecutivo) si querés, te dan la oportunidad de garpar con tarjeta (incluso en cuotas, guarda al hilo). No sé qué arreglo tienen con otros negocios, la cuestión es que en la liquidación de la tarjeta te sale como si hubieras gastado en el taller mecánico del auto, en el dentista,  algún «¡Llame ya!» o algunas otras alternativas que te ofrecen ellos ahí. Eso también está previsto. Yo, de puro cagón nomás (vos me conocés) prefiero pagar con guita y no dejar rastros de mis fechorías, de mis trapisondas. Aunque, minga de si te he visto no me acuerdo, como decía antes... porque el que usó el servicio vuelve, hermano. Te digo que vuelve.
Otra cosa importante es que tenés que pedir turno por teléfono. Si no, olvidate. Alpiste, perdiste. Ya por el portero eléctrico te preguntan quién sos y qué turno tenías. Si no tenés turno, chau, clic. Bah, ni chau, cortan directamente. A otra cosa. Así que no te olvides porque son muy estrictos con eso. Y está bueno, porque, pensá: así no te podés cruzar con ningún otro cliente que sale. ¡Si vas ahí es porque te vas de trampa, hermano! ¡No te podés cruzar con nadie! Con tu jefe o con tu suegro, por ejemplo. ¿La cazás? Así que no te olvides de llamar para pedir la entrevista que ya después te anoto el teléfono.
Ah, y otra cosa. Y atenti, mi viejo, que ésto es importante. Hay una contraseña. Ya cuando llamás por teléfono tenés que usar la contraseña que te dan ellos, sino, no te dan bola. Una contraseña individual para cada uno. Como si fuera un password. Pero es una contraseña facilona. Nada que ver con las películas de La Mafia. Eso de que te pregunten del otro lado de la puerta «¿Quién cazaba mariposas en Perú?» y vos tengas que responder «Martín Karadagián, las cazaba con una hacha». No, ninguna de esas boludeces que salen en las películas de espías. Cero de esas huevadas. Llamás y preguntás «por la señorita Karina». Y ella ni hola te dice: directamente te pregunta tu contraseña. Le decís tu contraseña personal y entonces sí Rinnnnng te abre el portero eléctrico. ¿No la tenés? A joderse, porque no te dice ni una palabra más y de deja ahí parado como un pelotudo. Mirá qué fácil. Claro, en realidad no existe ninguna Karina (aunque cuando hablás con ella, incluso personalmente, la tenés que llamar así). Porque la mina andá a saber cómo se llama. Pero si preguntás por «Karina» quiere decir que sos cliente o que alguien (algún cliente de confianza) te pasó el dato y que vas por esto que te digo. Si preguntás por Karina es porque sabés de qué se trata la cosa. ¿Captás? Lo mismo si por el portero eléctrico empezás con «¿Es ahí que se dedican a... ?» No. Olvidate. Inmediatamente te dice «esa empresa se mudó y no sabemos adónde» y clic, corta sin decirte ni buenas tardes o alguna otra huevada de esas. Lo mismo si conocieras de verdad a la mina y preguntás por su verdadero nombre. Por ahí te recibirá, sep, pero fija que te dice que eso es una consultora o alguna verdura así (y que está ocupada y que no puede recibirte). ¿Cazás la onda, no? La cuestión es que es un segundo o tercer piso, no me acuerdo, después te confirmo. Entonces vos por el portero eléctrico preguntás por Karina, indicás el turno que tenías y tu contraseña y ahí sí, ella comprueba en su agenda y enseguida riinnnggg te abre la puerta de ajoba y subís. Al portero ni te molestés en saludarlo porque el viejo no da bola, ni levanta la vista ni saluda ni nada. Está ahí leyendo el diario sentado detrás del mostradorcito y ni levanta la vista, nada. Para mí que es siempre el mismo diario en la misma página. Incluso algunos dicen que está embalsamado. No sé. Eso sí, ni bien entrás a la oficina por ahí te desilucionás un poquito. Porque el edificio es de puta madre, pero de re puta madre. ¿Viste esos todo bronce y cristal y piso de mármol que parece un espejo y te reflejás y que caminás y los zapatos van haciendo tic toc tic toc? Bueno, de esos. Entonces, claro, vos esperás una oficina imponente, onda la de Al Pacino en «El Abogado del Diablo» o algo así. Pero no. Una oficinita chiquita (bueno, mediana) qué sé yo: sobria. Coqueta sí, pero nada más. Lo indispensable. Atenti: ¡linda oficina, eh! Lujosita dentro de todo. Muy pipí cucú. Finolis. Que la note-book finita y plateada de las muy caras, que alfombras de esas que te hundís, que buenos cuadros abstractos, las paredes revestidas en madera de la buena y ventanales con vista al río. Pero… nada despampanante quiero decir. Sobrio. Sin estridencias. Silencioso. Minga de esa cosa groncha de celulares arriba del escritorio sonando a cada rato. No. Silencio. Y la minita ésta, Karina (o como carajo se llame)... bien, pero ahí. Ni joven, ni vieja. Ni linda ni batracio. Ni flaca ni gorda. Ni simpática ni antipática. Neutra en todo. Hasta en la manera de vestirse y de peinarse (y atenti que no es fea mina, eh. Guarda al hilo). Y si lo pensás eso está bueno. Porque por lo que vas a pedir por ahí te da lorca si la mina te da confianza. En cambio así, todo a cara e’ perro, es más fácil. Quiero esto y esto otro. Sí, señor, como no. ¿Efectivo o tarjeta? Y punto. Nada de confianza. ¿Captás? Ah, otra cosa: no la tutees porque no le gusta. Todo señor esto y señor lo otro. Esa onda. Tipo secretaria alemana o cajero automático. Pim, pum, pam, buenas tardes fue un gusto.
Bueno, la cuestión es que la mina ésta no pierde tiempo. Te da la mano, te indica tu silla frente a su escritorio, se sienta, e inmediatamente te entra a preguntar: «¿Adónde «se supondría» que viaja? ¿Cuántos son? ¿Usted solo? ¿Usted con amigos? (en ese caso, nombre de los amigos). ¿Qué «se supone» que va a hacer? ¿Cuántos días? ¿Nivel del hotel donde supuestamente se alojaría? ¿Nivel de los restaurantes a los que teóricamente iría? ¿Algún regalo para su esposa o para alguien? ¿Qué y de qué costo? ¿Talle?»  Todo así.  Ni te mira: te pregunta mientras toma nota en la compu.
Eso sí (y haceme caso) no trates de hacerte el simpático o el langa con la mina porque es más al pedo que lavar un sorete. Claro, ella sabe (y vos sabés que ella sabe) que te vas de trampa, de fechoría; y por ahí es natural (a mí pasó) que quieras hacerte un poco el piola, el rana, el guacho pija. Minga. Ella, como si oyera llover. Ni levanta la vista del monitor. Vos le decís pero qué linda sos o algo así y ella sigue con: «¿Tiene hijos? ¿Les compramos algo? ¿Qué? ¿Si es ropa qué talles y qué colores?». Y todo así. Un robot la hija de puta. Como aquél de la serie «Perdidos en el Espacio», te acordás? Todo «Afirmativo», «Negativo»; y de ahí no lo sacabas. Como a los canas, bah. Tampoco vayas a esperar la menor gentileza. Qué sé yo: que te invite con un cafecito o alguna de esas cosas. Cero gentilezas. Ya te dije, educada pero un hielo la mina. Y medio que por ahí uno hubiera esperado ser atendido por una mina mas jodona, mas trampa, más atorrantona. Qué sé yo, que te codee mientras te guiña un ojo y te mueve las cejas, cómplice. Que te diga: «¿Así que nos vamos de joda, eh? ¡Pillín!» Pero no. Súper inexpresiva y distante la Karina ésta. Te atiende... ¿cómo te digo? ¿Viste los empleados de las aduanas, que ni te hablan, miran el pasaporte lo sellan y el que sigue?  Algo así. Que, por otro lado, si lo pensás un poquito, es lógico. Porque si todos los tipos que pasan por ahí son sátrapas como uno, tiburones, tramposos, la volverían loca si te diera calce. Ultra profesional, la loca.
Así que suponete que te querés ir una semana con una mina, no sé, a Brasil, a Bariloche o la concha de la lora, donde te guste. ¿Cómo mierda hacés para justificar en tu casa esos días? ¡¿Cómo hacés?! No, no pierdas tiempo. Ni te pongas a pensar: imposible. Bueno, ya no. Ahora no más imposibles, mi viejo. Papá Noel leyó nuestras cartas. ¿A vos qué te gusta? ¿Pescar? Perfecto. Vas acá donde te digo y les decís que necesitás demostrar que te vas de pesca a Mar del Plata tal semana. Sí, como no, señor. Entonces (y fijate qué genios) vos les llevás y les dejás tu caña de pescar, tus anzuelos, tu ropa de pesca, las botas, la gorrita, en fin: todo (¡a un lugar donde ella te indica, no vas a dejarle todas tus porquerías en su oficinita paqueta, boludo!). Y mientras vos estás en las playas del Brasil dándole a la matraca y disfrutando de la fresca viruta, estos ñatos mandan a alguien a un hotel de Mar del Plata que se registra a tu nombre (para que puedas traer la boleta del hotel) pesca por vos (y atenti que primero te preguntan si sabés pescar o no. ¡Porque si sos un boludo que pesca camarones con medio mundo no te van a traer un tiburón!). Además va a los restaurantes que vos irías y trae el ticket con la fecha; le compra el regalo a tu jermu que vos le encargues, trae cosas de allá, no sé, «El Diario de Mar del Plata» (con la fecha en que vos supuestamente estuviste ahí pescando con tus amigos). En fin, de todo: trae las facturas con los membretes de los negocios de allá y todo así. ¡Y mucho más! Oíme: hasta te sugieren que, antes de irte,  escribas una tarjeta a tu mujer, la ensobres y dirijas el sobre a tu propia casa (con tu propia letra, obvio) y ellos la despachan desde allá! ¿Querés más? Al tiempito te mandan a tu casa una tarjetita agradeciéndote haberte hospedado en su hotel en esa fecha. Mirá qué genios: te ensucian la caña de pescar y los anzuelos y las zapatillas y algún buzo que les des con arena de Mar del Plata, te traen algunas conchillas y caracoles de mar que por ahí te hubiera dado por traer.  Si te gusta leer te preguntan qué y compran algún libro por el estilo con la factura de la librería de allá. Unos genios los chabones. Entonces cuando vos volvés de tu semana de pecadillos, pasás por ahí y ellos te entregan todo para que puedas volver a casa con la coartada perfecta. Hasta podés ensuciar un poco el auto adentro con la arena que te traen y dejar olor a pescado con lo que te trajeron. ¿Es genial o no es genial? Y, no... barato no es. ¿Qué barato? ¡Es carísimo! ¡Pero lo que cuesta vale, hermano! Eso sí, los tipos éstos son tan… organizados, tan profesionales, que no dejan rastros de que pasaste por ahí. Si alguien intentara averiguar si contrataste sus servicios mas le valdría esperar las semanas sin días lunes. Ellos: nada. Te digo más: incluso si VOS necesitás para alguna cosa que te den algún dato de tu visita por esa empresa, esperá sentado que te ayuden. Es como si trataras de pescar langostinos a hachazos. Ellos siempre se van a negar a reconocerte que te conocen (faltaría que enseguida que te vas de su oficina la mina ésta, Karina No Sé Cuanto, sacara un trapito y borrara todas tus huellas digitales). Incluso esa Karina, si vas más de una vez, cada vez se hace la que no te recuerda. Encima realmente las facturas de los talleres o de los hoteles son REALES, de manera que si tenés algún quilombo con la cana ellos se desentienden y esas facturas (que corresponden a negocios de verdad) te incriminan (incluso los empleados de esos negocios juran conocerte y haberte realizado esos servicios). Re profesionales, como te decía antes. Lo cuestión es con lo de la maldita contraseña. Te la envían por correo. Te llega un sobre anónimo, sin remitente (solamente trae un logo de ellos (que es como una espuela) muy chiquito. En la cara del sobre: «Estrictamente Confidencial y Privado».  Y tu nombre. Adentro solamente una hoja en blanco con: «Guillermo Soubelet = yhfr» De ahí en más ya te manejás solamente con esa contraseña.

Bueno vez pasada por culpa del maldito sobre se me pudrió todo en casa. Ah, sí, claro, vos dirás que porqué no dí la dirección de la oficina en lugar de la de mi propia casa. Qué sé yo. Es tan anónimo eso que hasta pensé que si mi mujer lo encontraba podría decirle que es de un video club, de reuniones de Tupper, de los mormones o alguna boludéz así. Sin embargo se me complicó mal y de la manera más inesperada (fijate vos, tantas precauciones… ). Fue justo para cuando mi esposa se fue a cuidar a la madre y yo aproveché para usar los servicios de la empresa y me fui esa semana a la costa con mi secretaria mintiéndole que me iba a Uruguay en un viaje de negocios. Ni bien llegué del viaje de placer pasé por la empresa y ya me tenía todo preparado: los tickets del hotel en Uruguay, recuerdos de Montevideo, facturas de negocios uruguayos, todo perfecto. Llego a casa y mi esposa me recibe como siempre, qué hacés, viejo? Al rato ella sale y yo no encontraba las llaves del auto. Puta madre. No aparecían y no aparecían. Ya no sabía donde buscar y, como último lugar, me fijo adentro de la cartera de mi esposa. ¡La puta madre! ¡Ella había interceptado mi sobre con la clave y lo había escondido en su cartera! ¡Se ve que el sobre llegó antes que yo de las vacaciones! Sentí que el estómago se ponía como una piedra. Igual le pensaba negar y negar. Como te dije, pensaba mantenerme firme en eso que era la contraseña de un videoclub porno, de un grupo de embalsamadores de hormigas, de un clan de daltónicos, qué sé yo, cualquier cosa.  Abrí el sobre, saqué la hoja, y leí:

                                    «Rosa Martínez = vjnd»

 

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Comentarios:

Escrito por: Pamy       08/07/08 05:05
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jaaaaaaaaa! muy bueno!!.
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