¡María! ¿estás ahí?. ¡María!. ¡Dios, ya se ha marchado!. Ni una sola mañana puede estar en casa. Sé que no puedo pedirle que esté todo el día pendiente de mí, sería estúpido pretender que lo haga. Trato de comprender. ¿No me repito una y otra vez que quiero verla feliz? Pero ella sólo tiene una felicidad a ráfagas, como cuando vuelve entusiasmada con algo valioso que me ofrece gustosa y alterada. Objetos preciosos siempre y, tenazmente, de dos en dos, uno para ella y otro para mí, uno para ella y otro para mí . Si brillan, mucho mejor. Todo empezó aquella noche en la que, como en tantas otras, el aire se llenó de teacuerdas y en la que acabamos llorando y diciéndonos que no pasaba nada, que ahora la vida era otra vida, pero que al fín era vida compartida, que te quiero, que yo a tí, que necesitamos exorcizar la tristeza, que no podemos permitir que se apodere de nuestras almas, y se levantó de su silla muy decidida y trajo dos copas y una botella de vino y, haciendo un brindis, dijo: para que los reflejos nos devuelvan la magia. Brindé sin saber qué quería decir, pero no pregunté nada. Desde aquel día empezaron a alumbrar por todos los rincones de nuestra casa, reflejos dorados, plateados, irisados. Cuando le digo que no podemos permitirnos pagarlos, ríe y dice que no debo preocuparme por nada. Pero claro que me preocupo. Si la cabeza no me falla, son mil cuatrocientos noventa y dos días de impotencia, amor, dolor y desgana. Ella aún no se lo ha perdonado y sigue soportando esa culpa innecesaria. Cuando entra en una de sus crisis llora, no me atiende y desaparece. Casi siempre me alegro de que así lo haga. Por eso, ahora, en esta casa, en donde desde hace ya mucho tiempo todo entra por pares, hago un solitario brindis y un conjuro: que mi cuerpo no sea una cárcel para dos, que lo sea sólo para uno.
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