Simón Antonovich se encaminó, con paso decidido, hacia el vestíbulo de la casa de guarda. Ya había pasado la media noche y el silencio casi sepulcral, interrumpido intermitentemente por las cigarras de los pantanos cercanos, era sobrecogedor.
Cruzó la gran sala de norte a sur y se introdujo en otro cuarto, oscuro y mohoso, una silla en la mitad y el hombre allí, algo maltrecho y cubierto con algunas viejas pieles de oso y de cibelina, que sin embargo lo envolvían casi completamente, coronado además por un capirote de burda lana que escondía su rostro en la penumbra. Sus grandes hombros y apostura digna le conferían un porte noble, que sus ropas peleaban por mellar.
Simón cerró la puerta tras de si e interrogó con una mirada a uno de los dos guardias que escoltaban al hombre. El joven soldado habló:
-Mi señor, este fue el hombre que encontramos merodeando las habitaciones del zarevich. Llevaba una daga en su cinto y algunos soldaditos de plomo en un pequeño saco, todo esta allí, sobre aquella mesa.
Simón examinó la daga; de fina hechura e incrustada de joyas. Antonovich frunció el ceño; la situación se empezaba a complicar y su estomago, siempre delicado, comenzó a sentir las consecuencias del reflujo.
Porque bajo los hombros de Simón Antonovich reposaba una responsabilidad gigantesca y apabullante, causante de varias dolencias y su mal humor constante, la seguridad del zarevich Pablo, hijo del zar Pedro III y la zarina Catalina II. Cualquier error que cometiera, por insignificante que este fuera, sabia Simón, seria razón suficiente para su envió a Siberia o, si la madre de cristo intercedía, el suplicio y el verdugo.
Eventos como este, del merodeador de las habitaciones reales, solo podían agriar más su humor, no sabia quien era, ni le interesaba, ya lo había decidido, lo interrogaría por cumplir su deber, pero ya había avisado a la policía secreta y en poco ellos le quitarían aquel problema de encima, deshaciéndose de aquel hombre de la forma eficiente y limpia que solo ellos dominaban.
Simón despidió a los guardias con un ademán y se elevó frente al prisionero. Cuando los dos soldados hubieron salido, habló:
-¿Quién es usted y que hacia merodeando las habitaciones reales?
El hombre se acomodó en la silla, manteniendo su silencio. Simón, manteniendo a duras penas la calma, insistió.
-¿Quién es y que hace aquí?
Con ademán casi resignado el hombre descubrió su rostro, luego habló:
-Mi nombre es Sergio Saltikov y soy un ayuda de cámara de la emperatriz
Antonovich palideció. Aquel hombre, Saltikov, era el amante de zarina Catalina. Una verdad bien sabida en la corte y que el zar se negaba a creer. Varios cortesanos, más osados en sus afirmaciones, decían que el zarevich Pablo era, en realidad, hijo de Sergio.
Simón, conciente de repente de que la palidez de su rostro y su silencio divertía a Saltikov, se sacudió y habló.
-No terminó de responderme, ¿Qué hace aquí?
-Visito a mi hijo- respondió el otro impávido.
-¿Y quien es ese?-preguntó con ironía Simón.
-El zarevich Pablo.
-¡Esa es una gravísima acusación contra el zar!
-¿Y de que lo estoy acusando?
-¡De cornudo! Ni más ni menos.
-¡Vamos! Sabes tan bien como el resto de la corte que Pedro es un imbécil y tan estéril como un eunuco, sabes que el zarevich no es su hijo ¿y entonces? ¿De quien es el niño ?
Antonovich ahogó una maldición. ¡Ahora estaba enterado de un secreto de estado! ¡Una vergüenza nacional! ¡El zarevich era un bastardo! Y la policía secreta, la temida mano oculta que sostenía a la madrecita Rusia, estaría allí dentro de poco, ¡Quizás ahora mismo estaría entrando al palacio! Simón, desesperado, apenas balbuceó una interrogación que le golpeó de pronto:
-¿Y porqué visita al zarevich clandestinamente, no le seria difícil hacerlo sin esconderse?
Saltikov esbozó una amarga sonrisa.
-Porque solo de esta forma pueda estar con él sin ser el ayuda de cámara de su majestad, porque solo así puedo ser un padre más que un miembro del sequito real. Lo he visitado en las noches ya por varios meses Simón sintió un punzón en la boca del estomago- le traigo regalos, dulces y, sobretodo, soldaditos de plomo, le encantan, como a su supuesto padre, que aún juega con estos. Paso varias horas con Pablushka, jugando, riendo, contándole historias y leyéndole, luego me escabulló por la ventana por donde entre y vuelvo a casa. ¿Cómo podría usted negarme una satisfacción tan natural como ser padre?
Antonovich negó con su cabeza, consternado.
-No es tan simple y usted lo sabe, yo yo he avisado ya a la policía secreta, deben estar en camino además, ¡usted no es el padre del zarevich!, el hecho de haber sido el depositario de la semilla no le confiere tal prerrogativa
-Tanta razón le doy, me he ganado ese derecho con interés, el cual Pedro nunca ha mostrado, a veces ni siquiera Catalina como si sólo yo quisiera a aquel niño.
-¡No diga estupideces, sabe a que me refiero! Ahora ¿Qué les dirá a los interrogadores?
-¿Bajo tortura? Probablemente todo.
Antonovich, consiente de lo que esto significaría para él, apenas reprimió su deseo de golpear a aquel insensato. Solo había una solución, pensó, para evitar el inclemente invierno siberiano.
-Escape.
-¿Cómo?-Creyó desoír Sergio, incrédulo.
-Que se vaya, los guardias están en el gran salón central, enfile hacia la otra dirección del pasillo, si ya lo ha hecho antes, le resultará fácil bajar por las rejas que recubren las ventanas.
Saltikov parecía no creer y necesitó de una sacudida de Simón para ponerse de pie. Tomó su daga y los soldaditos de plomo y salió por la puerta. Antes de echar a correr por el pasillo oyó a Antonovich gritar:
-¡La próxima vez yo mismo dirigiré el suplicio!
Simón Antonovich respondió a los sombríos y desconfiados ojos de los dos agentes con fingido tono de exasperación:
-Si, una falsa alarma, sólo era un obrero borracho, que volvía a casa después de varios tragos en una taberna cercana al puerto y perdió el camino. Lo interrogue con severidad y pude comprobar su historia. No hay ningún peligro en un beodo perdido señores ¿O si?
Los dos hombres, sacados de sus camas por el llamado al palacio real, negaron con la cabeza. El de mayor rango intervino.
-Si ha ido así, poco o nada se necesita de nuestra presencia aquí. Adiós, Capitán Antonovich.
Simón respondió con un ligero cabeceo. Los dos hombres subieron a su trineo y arrearon sus caballos, el vehiculo se puso en movimiento, perdiéndose, posteriormente, entre las brumas de las nevadas calles de San Petersburgo.
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