Compleja Eternidad

Categoría(s): Vida, Muerte, Pobreza, Problemas

Perdido entre sombríos pasajes de sus más penosos recuerdos, memorias que aparecían y se desvanecían en un instante, reminiscencias de escalofriantes pasados casi instantáneos, envueltos dentro de una reciente tristeza todavía supurante. No pensaba en nada más que eso, como hundido en el mar sin poder evitar tragar nada más que agua.

            Sus párpados, pesaban como si fuesen de acero, y su cuerpo se enfriaba en el cansancio. Tenía que seguir caminando, y permanecer estoico ante la inminente verdad, valiente frente a las pesadillas que enfrentaba día a día, segundo tras segundo, como un sonámbulo consciente.

            “¿Y qué es vivir?” le preguntó a su abuelo cuando pequeño alguna vez, y desde esa ocasión que no entendió. Los pasos eran lentos pero ansiosos, tenía una tenue esperanza de que todo pudiera cambiar, un anhelado deseo interno de olvidar y dejar atrás aquel sufrimiento, puñaladas invisibles que penetraban y partían su alma en pedazos. Quería entender.

            Su cansancio crecía con el correr de las horas, pero no tenía más medios que sus pies y un par de roñosos zapatos que le habían regalado por caridad. Faltaba poco. Su mente, lo bombardeaba con su desgarradora realidad, pero seguía de pie, ahuyentando sus demonios internos con el poder de una tímida ilusión.

            Una sonrisa se asomaba en su rostro dejando recorrer gotas de sudor sobre sus labios, y sus manos color tierra parecían ser rocas sobre un árido suelo que expulsaba polvo ante el más mínimo vaivén del viento. Se sentó y miró el paisaje, verde e imponente desde las alturas. Cerró sus ojos y dio un grito que nadie oyó. Un alarido más vivo que sus últimos diez años.

            Estaba a un solo paso, a un impulso que lo llevaría a entender las cosas mejor, a cruzar una línea entre el dolor y la alegría. “Yo sólo sé que vivir espiritualmente es lo que cuenta, somos todos mortales con problemas también perecibles, ahí está el juego de la vida” respondió su abuelo esa vez.

            Creía que sus problemas, eso sí, eran inmortales, y caminó y miró con solemnidad por última vez el hermoso paraje entre los cerros y valles, y comprobó si su vida terrenal también sería inmortal o no. Cayó una lágrima al piso, y un eco repitió el vestigio de su voz desvanecido en el impacto de su cuerpo y la tierra que lo vio nacer. 

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