Como los pájaros





   Este libro está dedicado para mi sobrina Camila,
Luz centelleante en los ojos de sus padres.





Don Samuel se despertó con un sobresalto de locura. Sudaba, se sentía fatigado. Desde su cama, observó que había dejado de llover, pues el ruido de su ventana había desaparecido. La lluvia fría había calmado, por fin, y de los árboles se desprendían las últimas gotas de llovizna. Ahora un sol débil sombreaba toda la ciudad, casi con alegría. Pero el viejecito se sentía abrumado por el sueño que había tenido. Se encontraba recostado en su cama, rodeado por la oscuridad de la mañana y el abrigo de sus colchas. “Qué terrible”, dijo, acomodándose los gruesos anteojos sobre el puente de su enorme nariz, y, sentándose en el borde de la cama, prosiguió: “Qué sueño para más terrible”. Se Levantó de la cama, se puso las pantuflas y se dirigió al patio. Allí, a don Samuel le pareció que todo había cobrado más vida, como su eucalipto ya grande y de arbustos crecidos, las rocas que le servían de asiento para presenciar los crepúsculos del mar; la casita de Liebre, su perro de pelo frondoso, y sobre todo su ave de cartón, que descansaba bajo la sombra de unas sábanas viejas. Con la humedad de la lluvia, todo parecía respirar con un aliento fresco, redimido.
   El viejecito bostezó, y se dijo que tenía mucha hambre, tanta que se comería un lechón entero. Sonrió, volviéndose a su habitación. Mientras ponía el agua con chocolate en el fuego de su cocina y preparaba los pescados en aceite y sal sobre la cacerola, pensó en su sueño, en el sueño que acababa de tener: se diría que estaba en medio de las nubes, desafiando la gravedad con su volumen, pero de pronto su cuerpo no resistía más y entonces empezaba a caer, en un impulso de gravedad fuertísimo, en medio de los pájaros que disponían de su privilegiado vuelo para mantenerse sobre las nubes, con calma.  Pero él caía como esas aves que, había visto en el puerto, se dejan sucumbir ante una presa, listas a coger con sus picos de lanza a los peces que asomaban descuidadas sobre la superficie del mar, para devorarlos en un acto de segundos. Pero su miedo era inmenso, era un miedo de caer sobre las piedras y morir en el acto, como una almeja contra el farallón. Cuando se encontraba a un metro de la arena, cerca de los peñascos, había despertado con una terrible sensación de zozobra. El pecho le latía frenéticamente, produciéndole dolor, y sentía que le faltaba un poco de aire. Luego pudo advertir la calma de la mañana en su habitación, el silencio del sol en el patio y a los pájaros brincando con júbilo en la ventana.
   El leño de su cocina ardía de crepitaciones. Aún hacía algo de oscuridad en la habitación, pero se debía a las cortinas de cretona cerradas, y a los visillos bajos. El viejo cogió la tetera por el mango con un trapo y vertió un poco de chocolate sobre su taza. “Liebreeeeeeeeeeee”, llamó a gritos al perro, que de pronto cruzaba su puerta y se le echaba encima dando brincos y moviendo la cola esponjosa, eufóricamente. “¿Cómo estas mi buen amigo?, ¿cómo has amanecido?”, don Samuel le acariciaba la cabeza caída y recibía del viejo perro las frotaciones de su cuerpo contra su pantorrilla. “Ven, Liebre, es hora de tomar el desayuno”, dijo.
   Se sentó en su silla y partió un pan por la mitad, una para él y la otra para Liebre, que miraba a su dueño con unos ojos de lucero. Sentado, puso los pescados y las papas sobre la sartén y, al besar el fuego, el aceite rompió en un ruido de chispas. La mañana parecía calmada, quieta y sin mucho sobresalto. En cierta manera, la luz azul del cielo le producía una sensación de alegría, de regocijo;  pero ahora, debido al sueño que había tenido momentos antes, prefería evitar asomarse a la ventana.  Ya había cesado la lluvia por completo, pero el aguacero traía consigo un olor de humedad y vegetales.
   Al viejo le agradaba mucho el pescado frito, sobre todo servido con papas doradas y una buena porción de arroz blanco, con cebollas y maíz tostado. Esta mañana, como muchas, tenía previsto consumir su desayuno característico. Atizó la cacerola y preparo una taza de chocolate, con mucha azúcar. “Que rico, chocolate; Liebre, ¿quieres también que te sirva chocolate?” El perro ladró y se encogió de alegría. Don Samuel vertió entonces un poco de líquido marrón en el tazón del animal, quien empezó a lamer deliciosamente. Cuando los pescados estuvieron a punto, y el olor empezaba a llenar el espacio, el viejo cortó en pedazos la carne satinada y repartió a Liebre una porción de pescado, y otro tanto llenó en su plato, con algo de arroz que había quedado de la noche anterior, con papitas y cebolla en rodajas.  Comió con calma, saboreando la carne y remojando el pan de trigo que le gustaba preparar en la víspera, con el guiso de la sartén. Cuando sorbió lo último de chocolate de su taza, y limpió lo que quedaba de grasa en su plato con el pan, se recostó en su asiento y suspiró, agradeciendo a Dios por los alimentos. “¿Te gustó la merienda, Liebre? dime, ¿te gustó?”, y el perro se relamía el hocico y ladraba, sin cesar el movimiento de su cola.
   Ambos se dirigieron luego al patio, para sentarse en el cúmulo de rocas que el viejo había traído. Eso sucedió cuando tenía la edad de un joven marinero, y tenía proyectado construir con ellas una muralla alta y fuerte, que le sirviera de fortín para su territorio, pero quedó sólo en un proyecto sin prosperar, debido a una enfermedad en sus huesos que no pudo más que abandonar con desaliento el hermoso sueño de la muralla. Ambos, el viejo y su fiel perro, se abrigaron mutuamente, sentados en el cúmulo. Don Samuel miró el cielo, y advirtió que una nube de pájaros volaba a lo lejos, sobre al mar inquietante. El perro recostó su mandíbula sobre las piernas débiles y delgadas de su amo, y lagrimeaba algún recuerdo, quizá. La costra de sus ojos surcaban los bordes de su hocico largo. El viejo sintió pena por el animal. “No tengas pena, Liebre, que estoy contigo, y tú estás acompañándome, para siempre”. Acarició la melena de su perro y recostó su nuca contra la pared. “Mira el cielo, Liebre. Es hermoso, aunque desde allá arriba la vista se debe apreciar mejor”, dijo. Se rascó la cabeza pensando, suspiró y se quedó un rato observando las nubes apretadas sobre las islas lejanas. En ese instante, el sol asomaba con destellos sobre el puerto, y las pocas nubes que se apelotonaban en el horizonte, parecían veleros sobre un mar de esponjas. A don Samuel le hubiera gustado poseer las alas de un ave para poder tener esa capacidad fabulosa de volar, de abrigar el cuerpo con las nubes, de cortar el cielo con su vuelo y poder admirar desde lo alto todo el panorama de la gran ciudad. Volar, siempre volar, echar a andar en el aire, en lo alto, sobre el mar infinito y bajo el cielo tan amplio e interminable como Dios, para poder tocar las estrellas, para alumbrarse de la luna y ser un hombre que respira el viento lejano con un júbilo de pájaro. Poder hacerlo, poder volar siempre, y si se es con Liebre muchísimo mejor, se decía, mientras acariciaba la cabeza encrespada del animal. “Sí, volar, siempre volar como los pájaros”.

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Comentarios:

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Escrito por: ferruz       12/02/08 01:26
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Ronald, eres un gran escritor, me gusta mucho cómo creas el ambiente, las sensaciones.La redacción es impecable y sobre todo es una linda historia.

¡Felicidades!

Fernanda
Escrito por: bibian       11/02/08 22:40
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Arturo

Es una historia fresca, natural, sin rebuscamientos , lo disfruté, comentas que es una historia infantil...
Creo que todos tenemos un niño adentro...¡Gracias a Dios!!!
Nunca hay que perder la capacidad de asombro.

Sentí esa sensación al leerte nuevamente.

Creo que se deja leer , esta moraleja:
nunca te olvides de tu fiel amigo...

un placer haberte leído

un fuerte abrazo
Escrito por: Rina       10/02/08 03:46
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Bella historia, llena de sueños, esperanzas...¿quien no ha sentido algunas vez ganas de volar? ¿sentirse libre?...Tu historia abarca dos puntos, a mi parecer importantes: la amistad entre el anciano y Liebre y por supuesto los deseos de volar alto...Entiendo que el genero infantil es dificil, pero estas en buen camino...tu historia es genial...
Nos estamos leyendo
Besos
Escrito por: arturo       10/02/08 01:40
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Este es el primer fragmento de la novela infantil que preparo. Como es un género difícil, el infantil, espero no trastabillar en mi intención de entretener a los pqeueñitos. Como ven, además, dedico este libro a mi sobrina Camila, que espero lo lea cuando empieze a leer.
Páginas: 1

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