COLECTIVO
1
Ingredientes
Bueno, para empezar una historia, luego de un detenido análisis, llegué a la conclusión de que hay que enunciar los ingredientes. No sea cosa que el lector luego olvide las proporciones cuando quiera recrearla y termine por agregar o, peor aún, suprimir algún personaje (que todos son relevantes, y más vale que sobre y no que falte).
Comenzaré por los ingredientes que forman al ambiente, al contexto donde transcurrirá esta historia, que tal vez podría considerarse como la receta: ocho ruedas, que van de a dos en cada lado de los extremos del colectivo, que consta de treinta y dos asientos (en este caso, como casi siempre, no muy cómodos) sin contar el del chofer.
Quiero, antes de continuar con el enunciado de los ingredientes, aclarar que nunca he estudiado la forma de hacerlo y pedir disculpas a todo cocinero profesional o ama de casa que vea El show de la mañana en el bloque de la receta donde posiblemente se sepa dar mejor que en mi caso la lista de ingredientes.
El asiento del chofer, cuarenta o cincuenta metros de caños del grosor aproximado de un pene promedio en erección, un motor (del cual no menciono sus partes por cuestiones de tiempo e ignorancia), alrededor de ochenta metros cuadrados de hojas de vidrio de cuatro o cinco milímetros de grosor y, entre algunos ingredientes que se me van de las manos, es importante mencionar el oxígeno, ya que esta historia incluirá personajes que necesitan de este para aparecer, que así lo acordamos, pero no me detendré en el relato de nuestro contrato. ¡Ah! Y puedo ver por ahí un papel que tal vez desempeñe un papel importante (y me encantó la redundancia así que ni hace falta aclarar que vale) en el cual alcanzo a leer la inscripción M->S, N->R, Ñ->Q, P->M, Q->K, R->F, S->X, T->Z, V->L , hay más pero no llego a ver bien.
Continuando por los ingredientes que están más vivos está Raúl, de 27 años, algo triste en ese momento porque tiene algunos problemas con su novia, es que es un hombre que todo lo reprime, que todo lo guarda, y que siempre termina sin avisarle a su novia, Claudia (que está junto a él en el colectivo y que en breve describiré), que tienen problemas de pareja. Ella, de 23 años, al extremo inocente (por lo que más difícil aún es que descubra los pensamientos de Raúl), merecedora de que mencione la belleza que porta consigo a donde quiera que lleve su cara. Dos asientos adelante se encuentra sentado Atilio, quien con sus 42 años de experiencia de estar vivo y en constante descubrimiento de lo impredecible que es el mundo, aún no sabe que en menos de dieciocho minutos habrá asesinado a cuatro de las siete personas que viajan en el colectivo. Es que se encuentra muy concentrado pensando en lo que le habría dicho al colectivero si este no le hubiera permitido subir al ómnibus pagando con monedas a falta de cospel (para quienes no lo saben, acá en Córdoba se compra en los kioscos una especie de moneda, llamada cospel, con la cual se paga el boleto del colectivo al subir a este).
Es Carolina el cuarto ingrediente vivo, el cual todavía espera en la parada del colectivo y no es conciente aún (y nunca lo será) del desastre que desatará trece minutos más tarde el hecho de haber elegido casi al azar el ser policía, luego de tanto que le había insistido su madre con que se dedique a la docencia como ella. De verdad me desespero por avisarle lo que sucederá al verla ahí parada junto al poste de luz con el cartel del número de colectivo, pero soy sólo el limitado narrador y ustedes los limitados lectores, y no podemos comunicarnos con los personajes. Soy sólo omnisciente, aunque si ustedes me lo permitieran podría cambiar la desinencia actual por potente. Sí, ya sabía que no querrían que tenga los poderes de su dios, así que no me queda mas que continuar (aunque admito que algo ofendido) con mi relato
Es Marcos quien peor suerte tiene entre los ingredientes de este relato. Es que él comenzó ese mismo día a trabajar como chofer de Coniferal S.A.C.I.F. (y no digo hoy porque esto no está ocurriendo ahora, y si por momentos uso el presente de manera que parezca que mi historia está ocurriendo ya, lamento tener que desilusionarlos, sólo se trata de comodidad propia al relatar, y al que no le guste le aviso que no está obligado a continuar) y le pidieron que maneje en el horario de las 0:21 a 1:19 para reemplazar al chofer titular del horario, el cual se encontraba enfermo. Marcos está feliz, luego de meses de búsqueda de un medianamente digno trabajo (que es lo máximo conseguible por estos tiempos en Argentina) había empezado esto, el mismo día (o veintiún minutos pasados ese día) que le devolvieron un nueve en la penúltima materia que le quedaba de la carrera que estaba estudiando (la cual no viene al caso o, si se quiere, no se me ocurrió). Con sus veintinueve años de edad siente que la vida le está dando otra oportunidad, luego de varios años desperdiciados en asuntos poco productivos a su parecer.
En el último asiento del lado izquierdo se encuentra sentado un pequeño anciano de 76 años. Es importante aclarar que nadie había notado su presencia en el colectivo debido a su baja estatura y a que tal vez por la edad o tal vez no, no estaba con un celular brillando entre sus manos, como es tan común ver últimamente. Vicente (que ese es su nombre) es un hombre con pocos amigos y familia. Él no busca ninguna de estas cosas porque no le interesa causar problemas a la gente, o que esta se los cause a él.
Es, visto desde afuera, un hombre destrozado por los años, que sólo vive porque su corazón no se digna a quedarse quieto, pero con un cerebro inactivo hace tiempo. Es, visto desde adentro o, mejor dicho, desde el ojo de la cerradura que yo poseo, que es el de la omnisciencia, una mente más lúcida que la de cualquiera de las personas que lo acompañan en su penúltimo viaje. Hombre que todo lo que calla, piensa; que de todo lo que ve, aprende y que cuanto siente desprecia y a la vez ama.
Pido disculpas al lector debido a que en cierta parte del relato comenté que habría siete personajes, cuando en realidad son seis. Es que dándole un rápido vistazo al colectivo agregué uno. Le pido nuevamente, sepan disculparme.
2
II
Bien, habíamos dejado a Atilio pensando en la cuestión del boleto del colectivo, o del colectivero, o como más les guste llamarla. Usted es un ignorante, un resentido que se siente poderoso al prohibirme la entrada al colectivo se imaginaba diciéndole al colectivero. Si el país está como está, es debido a gente como usted, que no se interesa en lo más mínimo en el prójimo. Así se encontraba imaginando la situación, viendo ante sus ojos cómo se levantaba la gente del colectivo para aplaudir su discurso, cuando subió al autobús Carolina. Como es costumbre en los policías, ésta, a pesar del sueño que tenía, no se sentó, como si faltaran asientos para los pasajeros, sino que fue a parar al lado del asiento donde se encontraba Atilio, agarrada del pasamanos. Estaba, como ya les había contado, agotada. Sus pensamientos eran difusos y saltaban de un tema a otro cuidando involuntariamente que hubiera la menor relación posible entre éstos. Así pasó los primeros tres minutos de su último viaje recorriendo en su cabeza desde los días que faltaban para que cobre, por lo atractivo que le resultaba Raúl, por lo machista que era su jefe, que la había mirado ese día de la manera en que lo hizo un cavernícola hace seis mil años a su hembra en celo, hasta, finalmente (aunque es posible que esté pasando por alto algunos de los pensamientos que pasaron por esa galaxia que es la mente humana, en este caso la de Carolina), por una noticia que había visto en la televisión ese día en la que contaban acerca de un descubrimiento de un esqueleto humano que tendría aproximadamente tres mil millones de años ¿o serían trescientos mil años? ¿O treinta mil? No lo recordaba y pensó que al día siguiente lo averiguaría. ¡Que ilusa!
En esos minutos en que Atilio imaginaba la gloria luego del discurso del cospel, esos mismos en que Carolina alucinaba incoherencias, Marcos recorría sus ideas. Así es, sin sospechar ninguno lo que sucedía en la cabeza del otro, casi como si los separara una galaxia, todos flotaban en nebulosas de impulsos eléctricos.
Recorriendo Marcos, como ya dije, sus ideas, se quedó en el tema de los cospeles ([ birme la entrada al colectivo. Si el país está como es ] [...tinueve, entonces pasado mañana cobro ]) y las monedas. Él no quería volverse como todos sus colegas viejos que, a medida que pasaba el tiempo, se iban haciendo más antipáticos con los pasajeros. Ojalá esto, aunque pasen quince años, no me termine volviendo un imbécil resentido se decía a sí mismo previendo que la rutina a veces aplasta los deseos, e incluso los principios.
Y así, en esos tres minutos que pasaron desde que Carolina subió al colectivo, iba cada uno paseando en su cabeza. Atilio hasta un par de minutos más, luego de esos tres, continuó con su discurso imaginario. Carolina, luego de esos ciento ochenta segundos, parada como estaba se quedó casi dormida. Marcos continuó en su deseo de no transformarse en un viejo de mierda hasta sus últimos suspiros, que serían unos once o doce minutos más tarde. Raúl pensaba en el lado bueno de la vida, intentando creer que sería feliz para siempre, como alguna vez su madre le leyó en uno de esos famosos cuentos de hadas. Claudia dormía. Soñaba que iba caminado por la cuadra donde había vivido de chica. Unos perros salían de la casa del vecino y la perseguían. Luego de correr unos treinta metros, se daba vuelta, todo se ponía en cámara lenta y, al perro que saltaba hacia ella, a medida que le acercaba su negro y rabioso hocico al cuello, se le iba transformando la cara en la de un dibujo animado que siempre la había hecho reír. El personaje de televisión la besaba y la llevaba a la casa de Raúl
En cuanto a Vicente, tapó el ojo de la cerradura y me dejó sin saber en qué ocupaba su cabeza. Sólo puedo decir que iba tarareando una canción que había escuchado una vez a los ocho años.
3
Atilio
Terminando Atilio su discurso, y terminada la gran ovación (tan imaginaria, o más aún, que su discurso) dejó la mente en blanco y sólo se ocupó en las imágenes que sus ojos le proporcionaban. Se detuvo en el espejo retrovisor del chofer. Pudo ver allí los ojos de éste. La mirada del hombre le resultaba distraída, casi vacía. Pero hacía ya tiempo que Atilio no creía en la mirada, sabía que tras la más profunda podía haber un hielo sin sentimientos y tras la más insulsa una persona muy especial si se quiere decir. Movió un poco sus ojos sobre el espejo y vio la nariz y la boca del conductor. Le recordaba mucho a alguien, pero no sabía a quien. Tal vez algún amigo o algún antiguo compañero del secundario se quedo intentando recordar durante unos segundos pero sus ojos, involuntariamente, se posaron sobre una escritura con liquid paper (porque si le digo, como significa, líquido corrector, nadie lo entiende) en el asiento del frente. Carlos te amo era la frase. Comenzó a imaginar toda la historia que había tras esas tres palabras. Todo lo que hubo después de esta y lo que abría luego. Sabía muy bien que lo más probable era que quien la escribió ya estuviera enamorada de alguien mas. El escrito tenía fecha de un año y tres meses atrás. Atilio no quiso detenerse a pensar los millares de posibilidades de continuación de la historia de amor que implicaba ese tiempo, pero si se le cruzó como un flash por la mente la respuesta correcta (aunque nunca podría enterarse de su acierto). Era que la muchacha que lo había escrito podría haber muerto en ese tiempo transcurrido. Y así era, ella perdió la vida un par de meses después de haber escrito el mensaje. Murió estando enamorada aún de Carlos.
Atilio se sobresaltó en su interior cuando se encontró mirando hacia fuera, por la ventana, directo a los ojos de una muchacha, la cual lo miraba igual de fijamente que él, de manera desafiante. Se había detenido el colectivo en un semáforo largo. El abismo que había entre el interior de éste y el afuera, donde se encontraba la mujer, hacía que tanto ella como Atilio no se sintieran tan intimidados por el mundo de pensamientos que sugerían los ojos del otro, por lo cual continuaron mirándose fijamente, en silenciosa batalla. Al final ella retiró la mirada, un par de segundos antes que el colectivo arranque. Esto lo hizo sentir como un tipo fuerte y, de no haber sido por el siguiente objeto que vio, habría entrado en una nueva situación imaginaria en la cual el mundo le aplaude.
Giró la cabeza hacia su izquierda y encontró a la altura de la cintura de la persona que tenía parada a su lado una pistola. El arma le llamó especialmente la atención, siempre tuvo la incómoda sensación de que el policía que la porta puede volverse loco en cualquier instante. Comenzó a imaginar situaciones (como lo hacía con cada objeto que se le cruzaba). Pensó que esa policía así, dormida como estaba, podía despertar repentinamente de una pesadilla y matarlo. Luego pensó que eso era muy extremista (incluso para él). Pero también se le ocurrió que esa mujer podía estar teniendo una muy mala vida, y podría, de un momento a otro decidir suicidarse y llevar consigo a quien se le cruce en el camino. Es cierto que Atilio era, por momentos, un tipo muy lúcido e inteligente, y que tenía argumentos más que contundentes para decir que la sociedad con todas su normas de convivencia, es algo totalmente absurdo. Pero esta vez una paranoia mayor a la que su fuerte cabeza podía manejar lo poseyó. Lo volvía loco pensar en la facilidad con que esa absoluta desconocida, que supuestamente estaba para protegerlo, podía, por cualquier razón, quitarle la vida en un instante. Esa mujer, por más exámenes psicológicos que apruebe tiene, como toda persona, secretos que nunca saldrán a la luz pensaba pensamientos que la pueden hacer actuar de la forma más impredecible de un momento a otro.
No lo soportó más
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IV
Un momento antes que se produjera el comienzo del desastre, Vicente comenzó a cantar, apenas en un susurro.
Viéndolo desde afuera, ya que no me permitió espiar por el ojo de la cerradura, puedo decir que había estado con una expresión, hasta el momento, de absoluta concentración. Cada tanto sacaba un papel de su bolsillo, hacía algunas anotaciones y lo volvía a guardar. ([ ocales abiertas entre sí, y cerradas entre s ]) Por algún motivo pude verlo durante un segundo de pensamiento, pero vaya a saber que quiere decir eso ¿no?
Vicente deja caer una lágrima, pensamientos que la pueden hacer actuar de la forma más impredecible de un momento a otro piensa Atilio y el canto comienza
5
Un instante en varios mundos
([ pero la amo, hay que poner ganas, todos tienen probl ]: No la ama hace tiempo, y su niño interno se lo grita desde adentro de una caja de acero con remaches del tamaño de su debilidad -y o hablo de la del niño- [no M.O.R.]: O no R.E.M, como más les guste. [ ¡KJJJ!...]: En el mismo estado que un televisor sin señal se encuentra esta mente. [ ¡No!¡¿Qué hacés?! ]: Queda comprobado con estos pantallazos mentales que no fue un buen momento para el pensamiento racional si se quiere llamar. Ese último no ¿Qué hacés?, aparte de inútil, ni siquiera tuvo resonancia debido a que en el instante era el acto reflejo el que controlaba por completo a Carolina. [ dolfo es el único que no se contaminó de ese carácter de mierda de los ch ]: Marcos no se percató de nada.)
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Canción
-re axtérbaxa ar axzox monodfox extife suxzafue w vozon
-¡Pará! ¡Qué hacés! ¡Soltame pelotudo!- y no hace falta aclarar que Carolina
- w re arterzfofóx barzafe ba a annox onciro mfevirbo lafbobolvidó todo el pomposo vocabulario policial -¡Salí!
- Okiu no votirbuo xa dixto, w ax anno kiuar kiuafa arcojofRaúl se dirige a ayudar a la oficial, aunque lo noto más atemorizado que
- tafzafe vonné Zaratustra bavuruarbe on meazo w xi sofcualquiera en el colectivo.
Marcos no ha notado nada, no les había aclarado que tiene problemas de audición (Sí, pueden decirme que la sordera es bastante oportuna pero les doy mi palabra de que realmente tiene esa deficiencia desde mucho antes de la creación de este capítulo).
Hace doce minutos con cincuenta y dos segundos yo les presentaba a Carolina.
- Zi etoxe Carolina: sabuetfubob
Dos veces gatilla Atilio, por primera y segunda vez en su vida, por antepenúltima y penúltima vez en su vida. Carolina entendió perfectamente el verso de Vicente, a quién recién en ese instante notó, y tal vez se hubiera detenido en su aspecto espectral si no fuera por la certeza que tenía de la bala que dos segundos después le atravesaba el cráneo. La segunda bala le dio a Marcos en el cuello, éste está tirado sobre el volante, inconciente, soñando cospeles, diez minutos y treinta y un segundos después de haber comenzado a pensar en estos.
- Gew, Marcos, za lox, re gow xacirbe urzarze
Marcos entiende la frase, abriendo los ojos repentinamente y, aunque desde el fondo de su pecho quiere sacar el más fuerte grito de su vida sólo sale por su boca un débil y último no.
Atilio sólo entonces se percata del viejo, y queda casi hipnotizado por la imagen. Tal vez Raúl pudo haberle quitado el arma, pero el colectivo, sin chofer que lo dirija, pero con un pie muerto que lo acelera, se mete en la banquina y el hombre cae al suelo. Atilio está bien agarrado y Vicente no parece vulnerable por la realidad que lo rodea. Aterrado por una fatal intuición, Atilio le apunta con el arma. Una sola mirada del anciano basta para que entienda que es él mismo (y me refiero a Atilio) el factor que vuelve absurdo el orden social que existe.
Con la voz más agotada, más anciana, con la más antigua voz que se haya escuchado, Vicente va llegando al final del canto, con esa melodía que guarda hace sesenta y ocho años, y que está casi muerta.
- Zi tefbifo urxarxozo, Atilio, gew za sozo
Los ojos de Atilio se desorbitan de terror. Él, como antes Carolina y Marcos, entiende la frase que le corresponde, y no hay otro camino: circular y aún tibio metal en la sien, y el tercer y último disparo de su vida, y la primera y última vida de su disparo
Vicente es ahora más vulnerable que nunca, y dentro de unos segundos, cuando el colectivo choque, habrán versos también para él, pero va a estar en la ambulancia cuando los recite para sí mismo, y no los llegue a completar.
Raúl paralizado por cientos de sensaciones, abraza muy fuerte a Claudia, que llora en silencio hace seis minutos. Creo ver que esta vez sí la ama. Y ella, no lo dudo.
Para no terminar el relato, por recomendación de Hernán, con una muerte, hice unas averiguaciones y supe que al día siguiente Claudia y Raúl desayunaron café con leche y un jugo de naranja que parecía no estar en muy buen estado, pero no pasó de una diarrea... ¡Ah! y Raúl empezó a leer "La náusea" de Jean Paul Sartre y me dijo que se los recomiende.
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