Una vez que lograron dragar íntegro el mar que, mil años antes, se extendía frente a su pueblo, fueron conscientes de la nueva era que estaba a punto de atravesar. Los individuos lanzaron gritos de júbilo, y fue en medio de toda esa aparente algarabía que uno de ellos se abrió paso entre los demás para pedir la palabra. Su rostro, carcomido por el inclemente sol rojizo y reseco por la salinidad del mar que el aire acarreaba constantemente, estaba cubierto por pequeñas escamas plateadas a lo largo de su arco cigomático, formando una especie de máscara simiesca; el cabello cenizo, retirado hacia atrás y cortado en un plano coronario, dejando traslucir una frente amplísima en la que podía distinguirse la irrigación sanguínea hacia el cerebro, delataba su avanzada edad con respecto a sus congéneres, y, por ello, mismo, su grado de respetabilidad.
Finalmente, y haciendo uso de un lenguaje ininteligible, se dirigió a la masa:
Mucho tiempo ha tenido que pasar para que podamos conocer el secreto de nuestro mundo y el de nuestros antepasados. Lo que antes creíamos imposible, se ha realizado al fin gracias a aquel maravilloso descubrimiento que hiciéramos hace mil años. Gracias a él, conocimos mejores formas de distribuir el recorrido del sol por el firmamento, lo cual mejoró nuestras cosechas; sin embargo, nuestros enemigos no cesaron ni un instante en atacarnos, y es por eso que ahora podemos estar seguros de que cualquier tentativa suya frente a nuestro pueblo provocaría su inminente destrucción. ¡Ahora es cuando podemos sentirnos más seguros!
El vitoreo de los demás no se hizo esperar, y hasta el enorme sol pareció detenerse en el cielo brumoso para retrotraer su avance por aquel sector del mundo. El discurso incrementó la confianza de los individuos, y rápidamente sus temores ante una futura invasión desaparecieron. Su descubrimiento los había salvado.
¡No tendremos misericordia con ningún enemigo! continuó el anciano ¡De ahora en adelante seremos los elegidos del mundo, los hijos de las estrellas! ¡No retrocederemos más, sino que avanzaremos a nuestro antojo! ¡Nos despojaremos de aquellas ridículas armas que nada han hecho por nosotros y utilizaremos a nuestro dios recientemente resucitado, aquel que nuestro maravilloso descubrimiento ha vuelto a la vida!
Y señaló a una gigantesca clepsidra adosada a unos contenedores de agua de mar; aquel instrumento revolucionó sus conocimientos tecnológicos, y fue también el causante de que dragaran el mar que en realidad se trataba de una gran laguna en busca de algún indicio que los llevara al develamiento de sus incógnitas del pasado, de la creación de su mundo y el de ellos mismos, de los fines que debían perseguir y de los medios para conseguirlos. Fue entonces cuando descubrieron a su dios, incrustado en estratos de roca arcillosa, recubierto por inflorescencias tan pestilentes como ponzoñosas. Al parecer se encontraba dormido, pero cuando sus docenas de branquias empezaron a agitarse al contacto con el aire libre, supieron que nada sería igual de ahora en adelante. Su dios estaba vivo, y los protegería de las adversidades del mundo.
¡Levántate, dios majestuoso, y cae sobre nuestros enemigos sin piedad, arrasa sus mares, sus cosechas, su gente! ¡Levántate y vive bajo nuestro sol, adopta nuestra forma y nuestros hábitos y reconócete parte de nosotros! ¡El dios de nosotros, los hijos de las estrellas más lejanas y brillantes!
De repente, un espasmo sacudió la tierra; el fondo marino pareció ceder y desmoronarse hacia el centro de aquel dios despierto, como si intentara tragarse todo lo que se hallara a su alrededor. El pánico se apoderó entonces de los individuos, y muchos quisieron destrozar a golpes y pedradas la clepsidra para que las aguas retornaran en forma de diluvio creían que todo el mar había sido absorbido por los contenedores y enterraran aquel monstruoso dios que ahora parecía furioso. Ignoraban que sus antepasados habían urdido mil y un supersticiones respecto a la clepsidra, adjudicándole incluso poderes mágicos y maleficios. Ignoraban también que el mar fue dragado primero por ellos y de generación en generación, y que seguidamente, el monstruo que se agitaba en sus entrañas, había hecho lo mismo cuando percibió a través de sus vellosidades que los niveles de salinidad disminuían; entonces empezó a enterrarse en el fondo marino, abriendo grietas y canales subterráneos por donde el mar fue vertiéndose hacia regiones lejanas e inaccesibles.
¡No blasfemen, nuestro dios nos protege, no intenten siquiera detener el reloj del mundo! ordenó el anciano en clara alusión a la clepsidra, que estaba siendo desencajada de su lugar por la muchedumbre espantada; los chillidos de aquel dios despertado, un trilobites gigante, desgarraron el aire, dejando a todos en un sopor tal, que nada pudieron hacer para huir a su destino. Fueron tragados hacia el fondo de aquel agujero vivo horadado por aquel monstruo trilobular, el cual se revolvía en su lugar en busca de las sales que constituían su alimentación. Todo sucumbió, todo desapareció, a excepción de la clepsidra, que esperaba ser descubierta nuevamente mientras continuaba flotando en el charco orgánico y fósil quefue lo único que quedó del trilobites, pasados mil años más.
Carlos Aurelio Díaz Enciso
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