La lectura de Emile Michelle Ciorán no es un acto de sencillez, de intrascendencia emocional, tiene un costo y en ocasiones demasiado alto para espíritus desprevenidos. Cada una de sus palabras es un fardo de peso. La fatalidad y la anarquía, la desolación y el vacío embelesan su verbo, mientras el lector se estremece arrastrado por un frenesí de sombras y un terremoto de pesimismo.
Nacido en Rumania, escribió en francés y su obra nihilista, plagada de ironía, de desencanto y lirismo, le han dibujado una faz de pensador pesimista, de hombre apesadumbrado bajo las estridencias de un cosmos en desorden desde la primera aparición de la criatura humana, es la voz de doloroso profeta de la nada, del silencio.
Ciorán no conjugaba con las costumbres, ni las tradiciones seculares. Su corazón se asomaba a un laberinto de telarañas con la inquietud del explorador de territorios conocidos, marcados por señales y anuncios identificados por todos como el espacio donde la vida se desenvuelve sin perturbaciones. Pero detrás de la muralla, sus ojos podían encontrar esa sabandija del miedo erosionando con sus fauces voraces la serenidad del espíritu.
Fue un apátrida que vivió en Paris, pero igual, su obra no necesitaba banderas, ni acentos. Su pensamiento no podía tener un territorio nacional como calabozo. Por eso soltó sus amarras y se lanzó por una senda para muchos descolorida, desabrida, pero terrorífica para quienes no han sido ensamblados con piezas inoxidables.
Ciorán es un visionario o quizás un rezagado de cuadrantes sin tiempo, donde no existía todavía la luz, donde no abundaban las formas ni los colores y por eso su voz es una uña en el pizarrón para los sensitivos oídos de los profanos, de los enclenques.
El filósofo acusa de forma violenta y vehemente las simples maneras que el ser humano utiliza para proporcionarse la felicidad, espejismo deslumbrante, emergido de las grietas de la realidad por donde tan solo se deslizan la bruma y la negación.
Prefirió aislarse de los afectos para no sucumbir a los cantos de sirena de la materia seductora y libidinosa. Colgó sobre todos los comportamientos humanos duros calificativos, como estigmas desacralizados.
Atacó con su usual fuerza a las ideologías, a las religiones, al pensamiento correcto y aceptado. Son, para Ciorán, invenciones y falacias inventadas por una criatura evanescente que juega con el tiempo, que se concibe de pie sobre los escombros del sistema aún dentro de diez mil años. Es una manera de justificar sus actos, sangrientos o risueños, macabros o indiferentes, de ignorar el costo que la nada impondrá a esta blasfemia que es la vida.
Imaginamos las noches de Ciorán, tumbado en su poltrona o insomne sobre su lecho, viendo la danza de los demonios que le acosaban, acosadores violentos y sagaces, en busca de su alma. Las tentaciones, en desnuda exhibición en la íntima soledad de su pensamiento, han debido rozar su piel en busca del animal estremecido que escondía en su interior.
Hizo de la burla un modo de reflexión porque la humanidad es una especie miserable, según ha dejado escrito en obras como La Tentación de Existir, Breviario de Podredumbre, Silogismos sobre la Amargura, La Caída en el Tiempo, El Inconveniente de haber nacido y otros. Pero no es por ira, no es por odio por lo que Ciorán difumina el aliento de la esperanza mientras el alba persiste en ascender por el levante, sino por un amor sangrante, por un sentimiento de culpa por haber recibido la visión de la ficción humana sumergida finalmente en el seno de la noche eterna de la inexistencia.
Algunos lo catalogarán de amargado, de ácido intelectual sin sentimientos, sin afectos, pero para mí, Ciorán sacrificó la felicidad para dejar el mensaje, para cincelar con fuerza sus palabras sin importar el poder de la insustancialidad que nos acomete a cada segundo, como preservándonos de la horrible lucidez padecida por este pensador apocalíptico.
Una anécdota cuenta que la madre de Ciorán, cierta vez le hizo el siguiente comentario: Si hubiera sabido que iba a ser infeliz, hubiera abortado. Ese ha de haber sido el instante en que descubrió el abismo abierto a sus pies. Desde la íntima formación dentro del cálido recinto materno, tan solo le separaba de la muerte un movimiento, un gesto, un estremecimiento. La expulsión del idílico paraje debió perseguirlo durante toda su vida, consciente de que ya nada valía la pena de ser tomado tan en serio, tan solo la evasión, el escape hacia el precipicio final.
William H. Gass definió el trabajo de Ciorán como una pasión filosófica donde podía coquetear con la alienación, el absurdo, el aburrimiento, la futilidad, la decadencia, la tiranía de la historia, la vulgaridad del cambio, la conciencia como agonía, la razón como enfermedad.
Ciorán es contradicción constante y pura. Es un pesimista de muy intrincada talla que odia y ama, que aborrece y adora las cosas con igual intensidad a un mismo tiempo. Pero la locura no llegó a rescatarlo, a liberarlo de los demonios que lo aherrojaban en un laberinto de extrema lucidez. No alucina, no desvaría, para nada se le permite a este hombre un mecanismo de evasión y se encuentra cara a cara con la carcomida faz de la razón asomada al espejo de su alma.
El hombre que fue Ciorán no quiso saber nada. Para nada había ya respuestas, ni para el bullicio ni para la ausencia. Era un genio solitario, un asceta escondido en una caverna donde rezumaban los fétidos humores del hombre muerto.
El único mecanismo humano que encontró para poder soportar la vida fue este tipo de literatura fantasmagórica que nos dejó en herencia y que pocos nos atrevemos a usufructuar para aventurar una honrosa salida de este dimensión de escarnio y futilidad.
Al hacer catarsis, empero, no puede deshacerse del microorganismo letal que le consume, que roe su interior en una invisible tragedia donde el telón tardó en cerrar más de ochenta años.
Él que odiaba los hábitos, las costumbres terrestres, las inmundicias de una vida desabrida, la repetición de los movimientos conscientes, terminó a través de la escritura realizando los mismos actos repetitivos que tanto aborrecía.
Se dice que cierta vez, un admirador del filósofo llegó hasta su aposento, apocado por la reputación del maestro. Llevaba un ramo de flores para hacerle honor al admirado personaje. Al entregárselas, Ciorán que ya tenía 84 años, miró un momento el colorido ramo de pétalos abiertos y después de un instante de incertidumbre comenzó a comérselo. Absurdo como el mundo que deploraba, Ciorán llevó hasta la exasperación toda la lucidez de su pensamiento.
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