El doctor Carlos Dannes estaba revisando algunas historias clínicas en la computadora de su consultorio, en la Ciudad de México, cuando recibió una señal de alarma. - Akira Kiznov necesita atención medica urgente- le dijo por teléfono un hombre que llamaba desde Mazatlán, Sinaloa.- Acaban de llegarnos unos mensajes suyos. El hombre que había llamado, era empleado del Centro de Operaciones de la Carrera anual de regata internacional llevada acabo por esos días en el puerto de Mazatlán. Kiznov, único tripulante y capitán de su velero, Vientos de Cambio, Wind of Changes, se encontraba en aguas turbulentas y peligrosas a cinco husos horarios de distancia, unos 1600 kilómetros al noroeste de Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Como sus 17 adversarios, disponía de una computadora portátil y comunicación por radio vía satélite. Dannes, de 38 años, era el director de la Clínica Mundial, que era un consultorio de telemedicina, que atiende por Internet a pacientes que se encuentran en otras partes del mundo, y había ofrecido sus servicios gratuitamente a los competidores de la regata. Ese día, miércoles 25 de octubre, al revisar su correspondencia electrónica encontró un mensaje en que el marinero le describía una lesión fea que tenia en el codo derecho. Se había tomado un par de aspirinas para el dolor, pero agregaba algo más: El codo no se ve nada bien: está inflamado con un punto horrible amarillo en medio, e insensible. Necesito de su ayuda. Por la descripción, el médico supo que la herida se había ya infectado y le envió a Kiznov un mensaje en donde le explicaba con lujo de detalle como debía limpiársela y curársela. Con los instrumentos que tuviera en su botiquín. También le indicó que tomara un antibiótico, y termino diciéndole: Avísenos de inmediato si le da fiebre o si el dolor aumenta. A unos pocos minutos el centro de operaciones retransmitió la respuesta de Kiznov: Voy a empezar de inmediato. Gracias. Akira. Dannes sonrió ante la gratitud que caracterizaba a Kiznov. Lo había conocido en Mazatlán el verano pasado y había quedado impresionado por el fuerte apretón de manos y su trato tan sencillo. Hablaba bajito, pero firme. Por haber llegado de Rusia con algún retraso, había empezado la regata cinco días después que sus adversarios, pero gracias a su ímpetu y empeño, ya había adelantado a 4 de ellos. El velero de Kiznov se balanceaba entre las olas, mientras su capitán empuñaba el timón con la mano izquierda y se protegía el codo herido, pegándoselo a su cuerpo. Miró los densos nubarrones que se avistaban en el horizonte color plomizo.- ¡Por si faltaba algo más!- se dijo así mismo. La competencia le había traído muchas complicaciones. Hacia varias semanas, había confundido un sobre de silicio desecante con azúcar y lo vació en una taza de café, lo que le hizo delirar durante dos días. Las tempestades habían hecho jirones sus velas. Para colmo, el generador eléctrico no funcionaba, por lo que solo podía recargar las baterías del radio con paneles solares, a la luz del día y la falta de energía interrumpía las comunicaciones. Ese viaje era la realización de su vida para él, un sueño que al fin pudo alcanzar. Kiznov se había criado en el puerto de Sochi y la imaginación se le había alimentado desde que leyó un relato épico de Joshua Slocum, La vuelta al mundo en velero, sólo. Se propuso que él algún día también navegara el mundo en su velero sólo. Nunca abandono ese sueño, por más que pareciese imposible para un joven soviético. Mas tarde se graduó en una academia naval, se caso y tuvo un hijo. Tras la desintegración de la URSS, Kiznov construyo una pequeña embarcación de madera y atravesó el Atlántico en ella. Luego a costa de varios años de penurias construyó un barco mayor el Vientos de Cambio, cuya travesía inaugural era ésta y su libertad ganada por su país. También creyó que la carrera le otorgaría un buen reconocimiento para poder abrir una escuela de vela en Sochi. Pero la primera parte del recorrido había estado plagado de desavenencias. Un día reventó un estay del mástil, lo que le obligó a pasar un día entero encaramado en el aparejo, golpeándose contra el palo como un títere, para repararlo. A consecuencia de esto, el codo se le hinchó hasta alcanzar el tamaño de un puño. Tenía la piel caliente, y aunque tomó varias aspirinas, el dolor le impedía usar el brazo. Después de enviarle el mensaje a Dannes y darle las gracias, fijo el timón y entro al camarote. Como le había indicado el médico, se aplicó un fomento en la zona inflamada, y soportando el gran dolor se la raspó con una gasa estéril, no se desprendió nada de piel muerta, así que se vendo el codo y volvió a empuñar el timón. Carlos Dannes era nacido en Pachuca, Hidalgo y su carrera de medico había tomado un giro inesperado, cuando en 1988 se ofreció ir a Afganistán para atender a las victimas de la guerra. Una tarde de un calor asfixiante le llevaron al campamento, situado cerca del paso Jiber, a una niña enferma. Dannes empezó a atenderla, pero no supo que hacer cuando de pronto ella se puso rígida, con la cabeza echada hacia atrás. Nunca había atendido a un paciente con meningitis avanzada. Y a pesar de todos sus esfuerzos, la niña seguía sufriendo ataques. Desesperado, Dannes intentó comunicarse con un antiguo profesor de medicina en México, pero cuando obtuvo la respuesta la niña ya había muerto. El recuerdo de esa paciente lo siguió por muchos años; estaba seguro que había podido salvarla si la comunicación con el profesor hubiera sido mas rápida. Luego se especializó en urgencias médicas e ideó un novedoso sistema de atención por Internet, al cual se suscribieron marinos y gente que trabajaba en regiones de África y Asia. El miércoles 11, Kiznov amanecía peor. Se quito el vendaje y, al ver que su codo se encontraba más hinchado y oscuro, escribió presuroso un mensaje en la computadora: La piel esta tirante y lustrosa, roja y en algunos sitios y blancuzca en otros, parase un globo lleno de agua. La descripción y comparación alarmo a Dannes, pues confirmaba la existencia de un absceso: una acumulación de pus por infección bacteriana. Él tendría que responder de inmediato, porque si el absceso se reventaba debajo de la piel, las toxinas podrían mezclarse en el torrente sanguíneo de Kiznov y causarle toxemia o el peor de los casos grangenarle el brazo y hacer inminente una amputación, aunque pudiera llegar a algún hospital. Si la gangrena se deja avanzar, la victima pude morir muy pronto. En una sala de emergencia, Dannes le había hecho una incisión para drenar el absceso, ayudado por una enfermera, con anestesia local y en condiciones de asepsia, pero Kiznov aun se encontraba demasiado lejos de Ciudad del Cabo para ser rescatado en un helicóptero. Así que tendría que operarse el mismo. El médico apenas empezaba a escribir el mensaje dándole las instrucciones, cuando recibióotro mensaje del ruso: Aquí solo quedan algunas horas de luz. Dannes le envió un mensaje con instrucciones claras y concisas, paso a paso: con una navaja de mucho filo debía practicarse una incisión de un centímetro de profundidad y dos de largo en la zona del absceso más próxima a la piel. Cuanto más rápido lo haga, menos le dolerá, termina el mensaje. A 10,000 kilómetros de allí, el sol del ocaso se traslucía detrás de las nubes del noreste. Gobernando el timón con la mano izquierda, Kiznov se dirigía a toda macha a Ciudad del Cabo. Dejó entonces amarrado el timón y se dirigió al camarote. Después de leer las instrucciones de Dannes en el mensaje de la pantalla, se quitó la camisa, preparo una solución de yodo en una botella aplicadora y corto dos trozos de gasa estéril.Luego coloco un espejo sobre la mesa de cartas de navegación, se aplico la solución y se puso un par de guantes de hule que encontró en una gaveta. Empezaba a oscurecer, así que tuvo que encender unas linternas y una lámpara de gasolina. Sine embargo no sentía nada de miedo, sino laemoción como cuando uno saltacon paracaídas de noche. Manteniendo el codo frente al espejo, se aplico deprisa la insicion con la navaja afilada, y con una mueca de dolor vio salir explosivamente una masa de pus pestilente y sanguilonienta. Krasivo, (Que bonito), murmuró con ironía. Se limpio a la herida con más yodo que le produjo un fuerte ardor, e inserto otro rollo de gasa para absorber más pus. Algo anda mal, se dijo. Dannes, no había hablado sobre la posibilidad de una hemorragia, pero de la herida manaba un hilo continuo de sangre. Un torniquete, pensó de inmediato y luego de amarrase fuertemente dos cuerdas elásticas por debajo del bíceps, se sujeto el brazo a un pasamanos que colgaba del techo, para mantenerlo en alto. Aun así la sangre le seguía saliendo por la herida hasta llegar hacer un charco de sangre a sus pies. Después de media hora de angustia la hemorragia o cesaba. Sintiéndose desfallecer se soltó el brazo del pasamanos y volvió abrir la computadora para enviar un mensaje: He perdido por lo menos medio litro de sangre, y no tengo fuerza en el brazo. Por favor, díganme que hacer antes de que sea demasiado tarde. El doctor Dannes estaba atrapado en medio del tráfico de la tarde cuando sonó su radiolocalizador, y se comunicó a Mazatlán con su teléfono celular. Se quedó atónito cuando le leyeron el último mensaje de Kiznov. ¿Por qué sangra tanto?, se preguntó, y por un instante temió que Kiznov se hubiera perforado un vaso sanguíneo accidentalmente. Pero entonces recordó un detalle del primer mensaje del ruso: ¡la aspirina! De inmediato dictó al centro de operaciones la respuesta que se había de enviar a Kiznov: debía quitarse el torniquete (que puede causar una lesión nerviosa si se mantiene más de 20 minutos), cubrirse la herida con gasa y una venda elástica, y aplicase presión directamente sobre la herida, sin cortar la circulación a la extremidad. Díganle que no tome más aspirina, añadió, porque es anticoagulante y también díganle que no morirá desangrado. Cuando Dannes llego a casa, dictó otro mensaje para preguntar a Kiznov si había recuperado la sensibilidad, el color y la temperatura normales y si podía mover los dedos. Conteste de inmediato. Terminó, pero no obtuvo respuesta. En el velero, Kiznov siguió las instrucciones de Dannes y la herida por fin dejo de sangrar, pero el se sentía desfallecer. Creyendo que el vino tinto regenera la sangre, se tomo media botella y comió un poco de chocolate. Desde luego, así no apresuro la regeneración de su sangre, pero si se quedo dormido enseguida. Al día siguiente despertó con los primeros rayos del sol, y cuando empezó a desperezarse notó con enorme alegría que había recuperado la sensibilidad de su brazo. Al revisar su correo descubrió la inmensidad de preguntas que el centro de operaciones le había trasmitido toda la noche. Me encuentro bien, respondió. Voy recobrando las fuerzas muy despacio. Mil gracias por su ayuda. Cuando tres días después el Vientos de Cambio arribo a Ciudad del Cabo, cientos de espectadores lo aclamaban desde el muelle. Aunque aun débil, Kiznov levanto una botella de champaña para saludar a la multitud. Un reportero le pidió que comentara la intervención del medico en tan difícil prueba, y el dijo: Ahora somos como hermanos.