CHRISTINE EN LA CAVERNA Christine descansa en el suelo de su habitación. Ya está despierta, pero aún siente el peso de su cuerpo multiplicado por la vigilia recién comenzada. La habitación es un cubículo de cuatro por cuatro donde se respira polvo, sin ninguna clase de muebles en su interior. Las paredes carecen de pintura, e incluso de revoque fino, pero a ella no le afecta, ya que en realidad es el único ejemplo de habitación que tiene. Incluso no sabe que la lámpara que cuelga del techo: un cable salido de un hueco en el revoque que termina en un foquito común y corriente; sirve justamente para iluminar. No hay en el cubículo interruptor alguno. A pesar de la carencia de puertas en la pieza, en una de las paredes hay una ventana: un simple hueco irregular inserto entre los ladrillos. Christine, del mismo modo que ha hecho todos los días que guarda en su memoria, se levanta, con parsimonia sin igual, bostezando y se dirige a la ventana. Al llegar al frente de ésta su rostro de expresión neutra hasta el momento adopta un gesto de resignación inconfundible. A través de la ventana se puede ver un cielo celeste, como suele serlo siempre, sin una sola nube, sin una sola variación de tono, sin un ave que lo surque dejando tras de sí una línea imaginaria que ya nunca desaparacería en la mente de la observadora. Ella da media vuelta con el rostro en neutro nuevamente y camina hasta el centro del cuarto. Una vez allí da un suspiro que no parece ser más que un movimiento amplio del diafragma, sin fines expresivos. Mira la ventana una vez más, y se adivina en sus ojos la intención que la posee. Da unos pasos hacia atrás, con sus pies descalzos dibujando sutilmente en el contrapiso cubierto de polvo y, corriendo más rápido de lo que uno suponía que era capaz, salta por la ventana. La frescura del viento la envuelve con su suevidad, y hace ondear los trapos que lleva puestos a modo de vestimenta, como si fueran las banderas de su finalidad lograda. Mientras cae ve que el abismo nunca acaba: hacia abajo hay un vacío infinito. Pero no es eso lo que a ella le interesa: a medida que cae sin fin, da media vuelta en el aire y ve el cielo, todo el otro cielo que no podía ver desde su ventana, y se encuentra con un Este en pleno amanecer, con el sol de naranja rojizo; con una tormenta infernal en el Norte y finalmente, con el Sur repleto de nubes semejantes a monumentos de concreto, pintadas por la luz del este. En su rostro se dibuja una sonrisa azul de paz. Christine despierta repentinamente, mira al frente suyo y se encuentra con la ventana una vez más, y tras ella el cielo, tan homogéneo como antes. Suspira de modo mecánico otra vez y se dispone a continuar durmiendo. En el instante en que se sumerge en el sueño, el cielo, a través de la ventana se ennegrece abruptamente. La lámpara pende en el techo, se balancea de modo imperceptible y sin dar señal previa alguna brilla, sencilla y orgullosa. Pero ya saben, un momento antes que Christine despierte, otra vez se apagará, del mismo modo en que lo hace el cielo cuando duerme.