CHATO, por Javier Cotillo - JACO

 

CHATO

 

 

 A “CHATO”
quien,
con su ternura y talento
se adueñó de nuestros corazones
y
del Colegio.

 

 

 

 

SUMARIO

DEDICATORIA

 

PRIMERA PARTE

I.                 “No quiero animales en mi Colegio”
II.              La jornada.
III.           ¿Pulgas o zancudos?
IV.           La ternura del animal.
V.              El problema.
SEGUNDA PARTE

I.      Jueves: el aniversario.
II.     La ceremonia.
III.    El “Chato”.
IV.    Una tarde.

 

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PRIMERA PARTE

I.      “No quiero animales en mi Colegio”
II.     La jornada.
III.             ¿Pulgas o zancudos?
IV.            La ternura del animal.
V.               El problema.
      

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I.                  “NO QUIERO ANIMALES EN MI COLEGIO”

 

El Director, dijo: ¡No quiero animales en mi Colegio;  y sobre todo mañana que celebramos nuestro aniversario.

 

Todos se miraron  con asombro. Era la primera vez que el Profesor López perdía la cordura. Él era conocido y admirado porque respetaba a las personas. Tenía que tratarse  de algo muy grave para que llame “animales” a la gente. Era mejor no provocar su “ira santa”. “Los trabajos, hoy en día, no abundan; es mejor cuidar el que se tiene”, pensó su secretaria, adoptando una actitud diligente.

 

El personal de servicios, por su parte, maquinaba estrategias para no caer en desgracia. Los alumnos se preguntaban  cuánto sabía de las faltas cometidas. ¿Habría descubierto el vidrio quebrado del salón del 5° Grado?; aunque podría tratarse también de las bajas calificaciones en los promedios de Física;  o tal vez se enteró de la pelea que sostuvieron los alumnos del 3er Año. Estaban seguros que era “algo muy grave”. ¿Qué podría ser?

 

Ajenos a la sentencia del Director, algunas palomas y gorriones gorjeaban su canto, revoloteando sobre las ramas de los árboles. También algunas mascotas coreaban su ladrido desde la azotea de las casas vecinas, masticando su rabia con su monosílabo interminable, para asustar a los gatos.

 

Los alumnos desfilaron, en silencio, rumbo a sus salones; mientras el señor Cáceres, Jefe de Disciplina, decía por los altavoces:

 

─ Ya escucharon a nuestro Director. No queremos “animales” en nuestro Colegio. El alumno infractor recibirá doble sanción “por animal”. Yo mismo me encargaré de hacer cumplir la orden.

 

El señor Cáceres, ¡nunca había incumplido una promesa!

 

 

 

II.     LA JORNADA

 

Ya todo marchaba sobre rieles. No había ningún alumno fuera de su aula; todos los salones tenían profesor; los experimentos de Física se iniciaban en el gabinete; la biblioteca recibía a sus primeros lectores; la sala de cómputo tenía encendida todas las computadoras con los alumnos absorbidos en sus tareas; en la sala de impresiones las máquinas traqueteaban el material didáctico del día.

 

        El personal jerárquico, satisfecho de su administración, se instaló en sus oficinas para iniciar la jornada.

 

        El Jefe de Disciplina, con cierto aire de suficiencia, ingresó a su despacho. Se hundió en su cómodo sillón. Acomodó los pies sobre una mullida alfombra y, como de costumbre, casi por instinto, usando los dedos pulgar, índice y medio de ambas manos enrolló, de adentro hacia fuera, el abundante bigote que se alojaba encima de sus labios. Miró con  reiterado orgullo su escritorio, impecablemente lustroso, en cuya superficie se reflejaban los lapiceros y pisapapel. Su vista recorrió los banderines y trofeos que engalanaban las vitrinas de su oficina; en especial el Sol Radiante que ganaron sus alumnos en el desfile escolar de Fiestas Patrias. Finalmente desglosó, de su agenda, la hoja de encima. Hoy es miércoles, se dijo.

 

 

 

III.    ¿PULGAS O ZANCUDOS?

 

Una indiscreta picazón obligó, al señor Cáceres, a rascarse ligeramente por debajo del calcetín, pero no le dio importancia. Inició la revisión de los Partes de Asistencia. Instantes después, una nueva picazón, sobre el otro tobillo. “Zancudo”, pensó, mientras simultáneamente se rascaba algo mortificado, pero sin mirar el lugar del hurto sanguíneo. Conforme pasaban los minutos, las picazones se sucedían una tras otra, a intervalos cada vez más cortos, como si se tratase de una invasión de zancudos o pulgas hambrientas.

 

        Alarmado, el señor Cáceres, tomó el periódico y lo enrolló con intención de usarlo como matazancudo; acto seguido, y con intención de castigar a los culpables, retiró muy suavemente su sillón, como queriendo sorprender en falta a los intrusos, y... se dio cara a cara con unos ojos extraños, de tierna mirada, a medio párpado, como pidiendo perdón por sus inevitables pulgas. Era la mullida alfombra; un almacén de pulgas; un perro salchicha. Sorprendido el señor Cáceres, fuera de sí, ordenó con tono militar:

 

        ─¡Afuera...! He dicho,... ¡AFUERA!─ y levantando la diestra con el índice extendido hacia el pampón, gritó─ repetiré por última vez: ¡FUERÁAA!

 

 

 

IV.    LA TERNURA DEL ANIMAL

 

 

Al no tener respuesta, el señor Cáceres se quedó contemplando al animal por unos instantes, indeciso. Finalmente tomó al pobre perro por debajo de su vientre, levantándolo bruscamente, con intención de arrojarlo fuera de su oficina, lo más lejos posible.

 

        El animal, como un muñeco de algodón, sólo se movió ligeramente, descolgando graciosamente las orejas. Con la cola entre las patas traseras, extremadamente sumiso, aumentó a su mirada una extraña ternura, mezcla de sometimiento, resignación y dulzura, parpadeando nerviosamente. Entonces  el señor Cáceres cambió de actitud y sintió la sensación de quedarse sin argumentos... y, mirando a su alrededor, como si temiera que alguien le sorprenda en falta, se limitó a pasar la mano sobre el lomo del animalito, sin atreverse a más, y lo bajó poco a poco, hasta ponerlo suavemente sobre el piso.

 

        El perrito, dueño de la situación, comenzó a menear la cola y a lamer la mano del buen hombre, como agradeciendo y, dando pequeños saltos sobre el mismo lugar, se quedó sentado al costado del escritorio, con las patitas delanteras hacia arriba, las orejas medio levantadas y el hocico entreabierto, como sonriendo.

 

        Tanta ternura del animal desarmó la voluntad del señor Cáceres, quien se quedó sin fuerzas para defenderse de semejante fiera.

 

 

V.     LA COMPLICIDAD DEL SEÑOR ALDANA

 

 

En esas circunstancias pasaba frente a la puerta el señor Aldana, personal de servicio, quien, con tono confidencial, saludó:

 

        Buenas señó Cáceres. ¡Sabe la última? Anoche un perro ha mojáo la alfombra del Director. Está muy moleto. No atiende a madies. Acabo de limpiar y perfumá todo. Parece que ayer, en la tade, alguien entró a su oficina pa’blar con él llevando su animá y, al salirse olvidó lleváselo. También había documentos importante por el suelo; hata parece que se durmió encima del sillón.

 

        Mientras escuchaba la versión, el Jefe de Disciplina trataba de ocultar al animalito debajo de su escritorio, jalándolo con el pie. Los movimientos sospechosos no fueron ignorados por el señor Aldana, quien calló con discreción; y, ensayando una mirada cómplice, a manera de despedida, agregó:
       
Doble menú pa’su almuerzo, ¿verdá señó Cáceres?
       
Sísi, sí Aldanita; doble menú. Espero que guardes el secreto, porque estoy comiendo al doble. ¿Verdad que sí?
       
Descuide, señó Cáceres, descuide. Hata luego contestó el empleado Aldana, y se retiró ratificando su pícara sonrisa de complicidad.

 

  VI.   EL PROBLEMA

 

El problema del Jefe de Disciplina consistía en qué hacer para que nadie se entere que, precisamente él estaba incumpliendo la orden del Director. Entonces se prometió que, al oscurecer, cuando ya no había testigos, el perrito dejaría su oficina y el colegio. Pero antes, era necesario un shampoo antipulgas; pero ignoraba que el animalito tenía sus propios planes.

 

        Los minutos caminaron  hacia más tarde. Durante ese tiempo, el perrito permaneció oculto debajo del escritorio, echado sobre los zapatos del Jefe de Disciplina. Allí se originó el problema. El señor Cáceres corría peligro de convertirse en amo.

 

        Finalmente sonó el timbre. Los estudiantes salieron al recreo. Al poco rato, un extraño alboroto se originó entre ellos. Era indicio que algo fuera de lo común estaba ocurriendo. Los alumnos del 6to. Grado lloraban desconsoladamente, abrazados en círculo. Habían sido informados de la muerte de un compañero de aula: Miguel.

 

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SEGUNDA PARTE

 

I.       Jueves: el aniversario.
II.      La ceremonia.
III.     El “Chato”.
IV.     Una tarde.

 

I.      JUEVES: EL ANIVERSARIO
Para esta ocasión se pintaron todos los ambientes y exteriores del colegio. Se repararon los desperfectos de las instalaciones y, con exquisito gusto, se colocaron alrededor del patio de honor, vistosos adornos. Las banderolas destacaban palabras de bienvenida; las paredes y columnas exhibían globos y cintas que remataban en su base con plantíos y ramos de flores. El equipo de sonido con sus micrófonos estaba instalado. Las sillas circundaban la pista principal donde tendría lugar la ceremonia central. Todo el local se vistió de gala.

 

        Los alumnos, impecablemente uniformados, esperaban en correcta formación a los invitados. Los niños de la banda escolar afinaban los compases de los tambores, timbales y cornetas, cuyo bullicio aumentaba el nerviosismo de los profesores, quienes ultimaban sus afanes.

 

        Todo estaba previsto y ensayado. Sin embargo, en este aniversario habría un gran ausente: El alumno Miguel.

 

        “Miguelito”, estudiante del 6to. Grado, fue el artista obligado desde cuando estudiaba el 1er. Grado. Él cerraba el programa oficial de aniversario. Su gracia especial, su destreza, figura y gran voz, esta vez estarían ausentes. El niño había fallecido en un grave accidente. El martes, minutos antes de la hora de salida, el padre había venido a comunicar al Director la dolorosa pérdida.

 

        “Hoy entierran a Miguelito y hoy celebramos el aniversario del colegio. Ironías del destino”, pensó la tutora del 6to. Grado, añadiendo a su pensamiento un suspiro de rebelde resignación.

 

        Los padres de familia, elegantemente vestidos para la ocasión, habían desbordado las 400 sillas que se destinaron para la ceremonia. Las escoltas de los colegios invitados, con uniforme de gala, marcialmente se ubicaban en su lugar de honor. La ceremonia se iniciaría a las 11 de la mañana.

 

II.     LA CEREMONIA

 

Como no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, a la hora señalada, la comitiva de honor ingresó al atrio de la ceremonia.

 

        La banda interpretó la marcha de banderas. Con ejemplar patriotismo se saludó a nuestra “Enseña” durante su izamiento. Luego se cantó el Himno Nacional. Las voces de niños y adultos se unieron para la comunión patriótica de alabanza a nuestra bandera. Por eso tenían la diestra sobre el corazón; o el corazón sobre la diestra, cuando el saludo era militar.

 

        La ceremonia estuvo impecable. Sin embargo, no hubo tiempo para anular el último número del programa por la muerte del alumno Miguel. Las invitaciones fueron distribuidas con dos semanas de anticipación. El Director había instruido al maestro de ceremonia para que, utilizando toda su discreción, anunciara que el último número se había anulado, pero sin mencionar la muerte del alumno-artista. No era prudente agobiar a los invitados con noticias dolorosas.

 

        La feliz actuación de los niños a lo largo del programa predispuso al público a suponer que el mejor número vendría al final. En este punto, se hizo un silencio esperando que se anunciara la tradicional actuación del alumno Miguel. Pero el locutor dudó unos instantes, como buscando las palabras adecuadas para informar que el programa había concluido.

 

III.    EL “CHATO”

 

En esos instantes, de algún lugar; salió corriendo, veloz como el rayo, un hermoso perro salchicha color caramelo y, luego de cruzar todo el escenario, se perdió entre las sillas. Esta aparición inesperada arrancó algunas sonrisas de la concurrencia, y no pasó a más. Cuando estaban por olvidar el hecho, reapareció el animalito corriendo a toda velocidad, llevando en el hocico un hueso de pollo. Se paró en medio del escenario, tiró al aire su trofeo y, antes que tocara el piso, dando un volantín de terciopelo, lo volvió a tomar entre los dientes, para luego estirarse en el piso, como muerto.

 

        Tenía las orejas largas que caían hacia los costados, como tapacara. El hocico, de fino maxilar, remataba en una nariz artísticamente tallada en negro azabache. Sus pícaros ojos proyectaban su inquieta alegría, dando la impresión que miraba, al mismo tiempo, a todos lados. Su cuerpo delataba la imaginaria dificultad que tuvo algún  día para pasar entre una rendija, quedando desde entonces tan, pero tan alargado que de lejos parecía el signo de la resta. Este figurín horizontal daba la sensación de querer escapar por  su cola, la cual, para impedirlo, se curvaba hacia arriba; las  patitas del peluche, extremadamente cortas, se desgastaron de tanto recorrer el mundo. 

                                                                                                             

 

        Los presentes no podían ocultar la risa por las piruetas del animalito. Éste,  al  ver que tenía hechizada a la gente, empezó a dar increíbles volantines y saltos, impulsando su alargado cuerpo con sus patitas traseras para rebotar nuevamente sobre las delanteras, como si estuviera dando rebotes sobre 4 potentes resortes. Su cola, como timón, hacía predecir la dirección de su cuerpo, pero pícaramente cambiaba de rumbo en el aire, rematando sus movimientos en volantines y volteretas, por instantes como brioso corcel, alternando sus patitas derecha-izquierda, izquierda-derecha, o simplemente para multiplicarlas unas tras otras, veloz, pero sin perder el compás, imitando a un rarísimo ciempiés.

 

        El público, ante semejante derroche de gracia y picardía, se entregó por completo, coreando con generosidad cada filigrana del  pequeño animal.

 

        El protocolo había cedido a una comunión  de informal integración, casi familiar, haciendo que todos se sintieran más a gusto, gozando de las ocurrencias y bondades del momento, gracias al perrito salchicha, color caramelo, al que todos bautizaron como “Chato” en homenaje a sus cortas patitas y alargado  cuerpo.

 

IV.    UNA TARDE...

 

Los días se encargaron de dar a “Chato” franquicia total dentro del Colegio. Podía entrar y salir libremente de todas las oficinas y salones, a tal punto, que su visita se consideraba un privilegio especial. ¡Era más que una mascota!

 

        Una tarde, cuando el Director estaba por ingresar a su oficina, vio que el animalito salía del interior, como si le hubiera estado esperando para confesarle un secreto. Había en los ojos de “Chato” una rara expresión de melancolía, casi humana.

 

        El Profesor López no pudo resistir el impulso y acarició con ternura el lomo del noble animal. Intercambiaron caricias; él con las manos y el perrito con el hocico. El Director se hincó para palmotear la cabeza del pequeño y lo apretujó en su pecho, dándole mimos y pronunciando palabras tiernas que “Chato” correspondía con pequeños lamidos por las orejas del funcionario, como despidiéndose.

 

Al retirarse la mascota, luego de caminar unos metros, volteó para pronunciar un raro gemido, casi como un llanto, y se alejó llevando su secreto y gran tristeza sobre sus cortas patitas y alargado cuerpo. Instantes después, el perrito se perdió entre los niños... para siempre.

 

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Cuando el Director ingresó a su despacho, encontró sobre su sillón, un documento fuera de lugar: La Libreta de Notas del...  alumno Miguel.  

                                                                                JACO 

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Comentarios:

Escrito por: minerva       29/04/08 06:17
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Una deliciosa historia, con un lenguage accesible, sin por ello dejar de ser refinado; en la que con gracia y ternura al autor nos introduce en el sencillo y aveces ignorado mundo de los animales, quienes con una mirada son capaces de cambiar el estado de ánimo y conquistar el corazón más apático.
Desarrollada en un escenario construido con exagerada delicadeza; en el que no sobran ni faltan elementos; haciéndonos sentir parte de la historia, UNA HISTORIA PLAUSIBLE, de principio a fin.
Escrito por: minerva       13/12/07 02:10
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Una historia muy tierna; no sólo son letras bien colocadas, hay una enorme lección da amor hacia los animalitos. Gracias por compartir.
Páginas: 1

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