Hasta hoy, nunca había reparado en la rara belleza de mi vecina de local en la Feria Central, es algo mayor que yo, cinco o tal vez ocho años más, con su expresión de caricatura feliz después de un banquetazo, sus mandíbulas fuertes que inspiran temores sexuales y su nariz rosetona siempre húmeda me insinúa otras rosadeces ocultas.
Esta Cena Bailable es para recaudar fondos en ayuda de un colega feriante a quien se le quemó la casa. Todos estamos muy perfumados, incluso mi amigo que vende sus pescados ahumados, él es quien se quedó sin casa, mi pobre amigo, ahora sé que se llama Dagoberto.
Las mujeres, de formas gruesas y labios furiosamente rojos, mueven sus caderas enormes, cuando pasan con los platos humeantes por sobre las cabezas de los que siguen sentados. Llegamos puntualmente a las veintiuna y treinta horas, nos sirvieron el típico plato de cena bailable, chancho borracho, con ensaladas a la chilena, acompañada, por supuesto, de varios vasos de vino tinto, había más de tres cajas de litro y medio por mesón. En la improvisada barra tomamos otros alcoholes, nos reímos a mandíbula batiente de las anécdotas ya mil veces contadas, pero que siempre van siendo condimentadas con un nuevo ingrediente.
Después de un largo periodo de cesantía, concluí que ya no encontraría trabajo como vendedor de libros, y cuando ya mi familia comenzaba a desesperar de hambre decidí instalarme en un puesto pequeño en La feria Central, vendiendo baratijas, estoy ahí hace un mes y medio.
Inésita, mi vecina de local, me está coqueteando abiertamente, me pregunta si sé bailar cueca, le digo que hago un zapateo nunca visto. Su vestido de escote profundo cubre sólo sus pezones, dejando al aire sus grandes mamas regordetas, que se diferenciaban muy bien de su abdomen prominente.
Comienza el baile con viejas cumbias, Inesita se mueve sensualmente al ritmo de Mauricio Babilonia, La loca María y La pollera colorá, hasta que llega la hora del primer pie de cueca. La coquetona avanza sonriente, pañuelo en mano invitándome a bailar con ella con un gesto entre fino y estudiado. Me coge por el brazo y damos un corto paseo, preludio consabido de los cuequeros. Comienzan los aplausos y las rechiflas, hago gala de mis básicos pasos aprendidos en la escuela. A la hora del zapateo de cueca invento uno que sin alcohol nunca se me hubiera ocurrido, todos aplauden y rechiflan al ritmo del baile.
Otra, otra, otra piden todos a nuestro alrededor, mientras nos dan de beber un gran vaso de piscola, Inesita ya familiarizada con mi brazo, me pide la segunda patita, y se lame los labios de su rostro sudoroso y casi lila.
De nuevo, emprendemos la rutina de paseos aplausos y zapateo, durante el cual mi bailarina se levanta la pollera bien arriba, mostrando sus piernas gruesas enfundadas en medias negras que me entusiasman y yo zapateo muy cerca de ella, sintiendo su repirar jadeante, vuelta final y nuevamente los aplausos y esta vez nos bebimos un largo jarro de chicha fuerte. No hay primera sin segunda, ni segunda sin tercera, versaban los cuequeros y muchos se suman a bailar la tercera cueca.
Inesita y yo iniciamos la cueca con nuestros rostros tocándose, alejándose y vuelta a tocarnos, con el sudor se le ha corrido todo el maquillaje y se ven enormes gotas de sudor en los teñidos y sutiles bigotes, esta vez reparé en sus enormes pechos saltando al son de la cueca, durante el zapateo me apliqué tanto en inclinarme para sentir sus pechos golpeando mi rostro, que sentí su jadeo desesperado, y escuché ayayes de placer, continúo zapateando excitado y mi ardiente compañera desesperada, se aferra a mi y me mira con ojos golosos, comienza a bajar hacia mi abultada cremallera y yo preso de la sorpresa y la emoción , comienzo a aplaudir al ritmo de la cueca, todos nos miran y aplauden. En el instante en que esperaba que Inesita hiciera uso de sus jugosos labios, pasa de largo hasta mis pies, expeliendo un gran suspiro.
Todos expectantes, con sonrisas incrédulas, comenzaron a rodearnos. Mi compañera de baile, no se movía. Otra mujer mas jóven, encajada a duras penas en unos pantalones de mezclilla azul, se adelanta y le grita Inesita, se agacha y la gira hacia arriba dando un espantoso alarido. La Inesita parece muerta. Me doy cuenta que sus ayayes no eran de placer ni sus ojos de exitación. Con el susto se me deshinchan mis egos de ebrio y ahora que miro a Inesita ahí en el suelo, me doy cuenta que nunca fue mi tipo de mujer.
Es verdad que no hay mujeres feas con una piscola en el cuerpo.
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