Cecilindo (a) era niño y no lo sabia...

Categoría(s): Cuento infantil

 

 

  Era la primavera de aquel mágico año. Las niñas y niños lucían radiantes y hermosos. Nuevas alegrías y extrañas sensaciones revoloteaban por nuestra fresca piel.  Como una luciérnaga traviesa que se prende y se apaga.  Cuando los escolares del sexto grado de primaria de una escuela rural de Jesús del Valle. Decidieron elegir a la mejor amiga del colegio, como todos los años.

 

 El niño Alonso  propuso a  Cecilinda.  - !Argumentos!.  - Cuáles son los valores morales que reúne  Cecilinda para ser considerada la mejor amiga. Dijo la profesora.  Alonso ante la curiosidad de sus amigos empezó a relatar su  anécdota. -  Una tarde de primavera  Toribio  el  bravucón del sexto grado, empezó a golpear  a cuanto niño se le cruzaba por el camino.  Ningún compañero se atrevió a retarlo  por temor a recibir una tremenda paliza.  Cuando de entre la multitud salió Cecilindo y  retó al  bravucón. “La va a matar”  fue lo primero que pensé. – Yo no peleo con niñas. Dijo el  matón.  - Que sea esta la primera y ultima vez.  Por que te voy a dar tal paliza, que no tendrás ganas de buscar peleas por mucho tiempo.   Replicó  Cecilindo ante el asombro  de todos los niños.  – Ahora veras niña insolente te haré  papilla. Gritó el  bravucón y sé abalanzo rojo de ira contra  Cecilinda.

 

La tribuna enmudeció y todos daban por muerto a  Cecilindo.  El grandote arremetió como un toro contra la retadora.  La niña esquivo su primer ataque, luego el segundo, el tercero... con la  habilidad de  un  eximio boxeador.  Bailoteando a su alrededor, de izquierda a derecha; de derecha a izquierda.   Luego de cansarlo  inicio su demoledor ataque con certeros golpes de puño sobre el rostro del  oponente.  Los golpes entraban potentes y rápidos como una flecha. Al cabo de quince minutos la pelea estaba ganada por Cecilindo. 

 

Despertando la admiración de sus compañeros que no cesaban de corear su nombre.  Fue la tarde más gloriosa de Cecilindo. Tiempo después me confesaría que fue en ese preciso instante cuando por primera vez se sintió niño. Fue una rara satisfacción que nunca más lo abandonaría. Pero eso no parecía importarle mucho porque lo único que quería era sentirse feliz a su manera. 

 

- No se muevan que todavía hay otra historia. Dijo Diego y empezó  a narrar su anécdota: - Una tarde estábamos jugando fútbol cerca de la cueva de la bruja  Maratuja.   Ibamos ganando 3 x 0 porque Cecilindo jugaba  en nuestro equipo.  Y lo hacia mejor que muchos  niños.  Nadie podía detenerlo  por  su gran habilidad con el  balón en los pies.  Su fortaleza para soportar la fuerte marca de los niños, era admirable.  Algunos niños no podían soportar que una niña los superara en su propio juego. Otros querían ser como ella.

 

Cada entrada al  área rival, era de seguro otro gol. Cuando  en una  de esas la pelota fue a dar a la entrada de la cueva de la bruja Maratuja.  Nadie quería recoger la pelota por  temor a la vieja.  Debido a que tenía fama de  “comeniños”. En eso salió la bruja y se llevó la pelota  profiriendo fuertes gruñidos amenazadores.  Estábamos muy  tristes por lo sucedido, cuando de pronto Cecilinda decidió entrar a la  cueva de la bruja Maratuja. 

 

 - Uy que miedo. Dijo el más pequeño de los escolares que escuchaba la historia con mucha atención. Diego  siguió con su narración. - Al  cabo de un buen rato, se escuchó una terrible carcajada, era la  bruja Maratuja., que reía de pura contenta.  Todos nos quedamos helados de espanto.  Pensando que la malvada bruja había devorado a nuestra compañera y nunca más la volveríamos a ver.  Después de unos  minutos, que duro una eternidad salió Cecilinda,  muy campante ella  con la pelota en la mano.  Todos preguntamos incrédulos, a una sola voz. -¿Cómo hiciste Cecilinda para quitarle la pelota a la  bruja Maratuja?  Nada especial, solo le di mi manzana a la pobre  viejita que tenía mucha  hambre. Respondió  muy oronda la niña. !Bravo Cecilinda que valiente que eres!. Gritaron  los niños felices y contentos.   Al final todos coincidieron que Cecilinda era la mejor amiga de la escuela y una niña muy  valiente.  La profesora muy confundida acepto el triunfo de Cecilinda.

 

Fuerte como una sandia de Palpa, dulce como las naranjas de Huando, linda como una rosa en flor. Así era ella y todas la llamaban Cecilinda, en las ocasiones mas tiernas.  Y en los  momentos más  difíciles lo llamábamos  Cecilindo.  Total eso no importaba por que era nuestra  mejor amiga a veces, y otras veces nuestro mejor amigo. 

 

 Ahora, diez años después lo recuerdo con gran cariño.  Cecilinda era “niño” y no lo sabia y yo su “novia consentida”.  Todos  lo sabían y estaban de acuerdo.  Total solo éramos niños jugando a ser felices, a nuestra manera.    Y la única forma que conocíamos era, amándonos con sinceridad. No importaba que a veces vistiera como una niña y otras veces solo usara pantalones.

 

Recuerdo que una gran amistad nos unía. Siempre juntos pasábamos largas horas de eterna felicidad.  Una “rara amistad” – dirían los adultos -  Sin embargo fueron los años más felices de mi infancia, color de rosa.  No importaba que Cecilindo a veces era un niño engreído y otras veces una niña mimosa. Total. ¿Cuál es la diferencia?  Solo queríamos sentirnos bien, caminar agarrado de la mano por los senderos  del amor. Sin que nadie nos moleste. Practicar el   verdadero amor,  sin  condiciones, mentiras ni temores.

 

Una lagrima brota de mis ojos, mientras acaricio los negros  cabellos de Cecilindo.  Que duerme  como un lirón, soñando con la felicidad negada por los adultos.  Duerme tranquilo mi amor, descansa mi adorado Cecilindo. Que mañana seguiremos intentando ser felices, como cuando éramos niños. ..

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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