


| Escritor: | coroma55 |
| Públicado: | 17/12/2009 |
Acababa de despedir a mi amigo y vi de nuevo su nick en línea.
¿Se te ha olvidado decirme algo, Dani?
No soy Dani. Se quedó abierto su messenger y no me diste tiempo a cambiar el nick.
Entiendo, es rara esta forma de conocernos pero no existen las casualidades, son causalidades. Algún día sabremos porque nos hemos conocido de esta forma tan inesperada. Yo creo en la reencarnación y por tanto en que nos encontramos a lo largo de diferentes vidas para interactuar y aprender aquello que necesitamos para nuestra evolución. Nos programamos las pruebas y vivencias por las que vamos a pasar.
Aún tardamos tres años en saber el porqué.
Nos veiamos de tarde en tarde por el messenger. El me hablaba de sus proyectos, de sus estudios, de su vida bohemia, de sus novias sucesivas y hasta me mostro por cámara algunas de ellas. Ese mismo año, en el 2003 yo viajé a Lima a conocer a Dani pero él se encontraba trabajando en Cuzco y no nos llegamos a ver.
Un dia, años después, entró al chat buscándome. ¿Qué sucedia?
"Mi hija está muy enferma, tiene un tumor cerebral. Se cayó de la bicicleta y al cabo de un tiempo lo desarrolló. Está en tratamiento pero no nos dan esperanzas. Va a peor y ni siquiera quiere hablarme. Vive con la abuela y no sé qué clase de mierda le habrán contado sobre mi que no quiere verme. No me dejan que la visite y dice el médico que no insista porque puede ser contraproducente para mi hija. Estoy deshecho y no se que hacer, he pensado en ti, en lo que me dijiste sobre la Reencarnación, sobre las enfermedades, como nos las creamos para aprender, como interactúamos para ayudarnos mútuamente ".
Decirle ¿Qué? Ante un suceso tan terrible, todas nuestras teorías se nos desmontan y por otro lado, todo aquello me resultaba tan sorprendente que, abundando tanto las mentiras y engaños por chat, en el primer momento dudé de su veracidad. No sabia si creerle. No obstante, yo intenté consolarle como pude, a la distancia. Le presenté a una amiga que vivia en la misma ciudad que él. Ella era muy comprensiva y espiritual y de la misma edad. Se conocieron y se trataron, según él, como si fuera su "hermanita".
Al cabo de un tiempo, no sé si fue por su desamparo o por mi instinto maternal o ambos al tiempo pero nuestra amistad se hizo más fuerte y un día me pidio que fuera a conocerle. Nuestra historia, como tantas otras, tuvo su inicio y su final. Lo único cierto de todo ello es que la niña existió y se fue un año más tarde. Ví su inscripción en el panteón familiar. Tenía tan solo 14 años.
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