Casamiento en Villa Larca.

Categoría(s): Relato.

         Sucedió en 1905. Ese año se había inaugurado el Registro Civil en Villa Larca y su jefe era don Manuel José Fernández, mi abuelo. Funcionaba en su histórica casa, con paredes de adobe de un metro de ancho, que hoy es de mi propiedad.          

         El protagonista de la historia es el novio y no se le recuerda familia. Llamémosle José; a la novia Rosita, a la suegra Agripina y al suegro Cándido.           

         José era ya un mozo maduro pero continuaba siendo el indeciso de siempre; daba vueltas y vueltas en sus pensamientos antes de tomar una determinación. Jamás hacía nada de repente, por espontáneo impulso. Medía el pro y el contra de todas las cuestiones, y luego, paciente, se decía: «debo hacer esto o aquello»; y lo hacía, aunque sin prisa, como hombre que sabe que en este mundo poco o nada merece que nos apuremos demasiado. Así fue que lo pensó más aún, antes de atreverse a pedir la mano de su novia en matrimonio.                 

         Aquel día se levantó más temprano que de costumbre, y más pensativo. Contrario a otros novios que en iguales circunstancias suelen mostrarse nerviosos y estallantes de vitalidad, él amaneció sereno, casi frío, con más ganas de razonar las cosas que nunca. Era el día de su casamiento y esto ocupaba su mente.

 

         Mientras ensillaba su caballo cavilaba: «Bueno José, te ha llegado el día. ¿Has pensado bien en el paso que vas a dar? ¿Te gusta tanto la Rosita como para que te acollarés para siempre?»

 

         A él le gustaba mucho eso de hacerse preguntas a sí mismo y de contestarse. Desde jovencito empleaba ese procedimiento, lo cultivaba todavía y así llegaría a viejo, sin duda alguna.

 

         Ahora se respondía así: «Siempre creemos que hemos pensado bastante lo que vamos a hacer... ¡mentiras!, no pensamos nada nunca. Por eso hacemos tantas gansadas y, al final, todo nos sale como la mona. La Rosita me gusta, es verdad, pero también me han gustado otras y las he olvidado tranquilamente. ¿Por qué tengo que casarme hoy con ella? ¿Vos crees, José, que nos llevaremos bien? La Rosita tiene su genio, parecido al de su madre, que es mandona y quiere que se haga su santa voluntad. Ya, si he de ser franco, hemos tenido algunas trenzadas.  A mi no me gusta que se arregle las uñas como lo hacen las chicas de la ciudad. Ella lo sabe muy bien. ¿Por qué entonces, ¡caracho!, cada vez que voy a verla, llego a lo de la vieja y la veo con los labios sucios de pintura y las uñas más coloradas que corazón de sandía? Se lo dije de buenas maneras y ella, ¿qué hizo?, ¿ah?, me contestó riendo: “¡Bah!, ¡no seas necio, hombre!, todas hacen los mismo; ¿por qué te fijás en mí y no en las otras?” Me parece que esta no es manera de contestarle al hombre que se ama. Y no solamente eso, hay otras cosas, francamente, que me disgustan en la Rosita: ¿Por qué se hecha tanta agua florida encima, vamos a ver?, ¿ah? Una mujer de un trabajador humilde, poco más que un peón, como yo, debe ser limpia y nada más. ¡Limpia por dentro y por fuera! Le dije que no me gustaba que se perfumara tanto. ¿Y qué me contestó?, me dijo: “Mirá José, no te metás con mi perfume. A mí me gusta ir con olor lindo, a flores, como las muchachas de la ciudad, y no porque viva en este paraje olvidado voy a tener que dejar de perfumarme después del baño, o al salir”; me callé, ¿no?, porque yo no tengo las contestaciones ligeritas como las que tiene ella, que es lenguda y respondona como su madre, pero no me gustó para nada la contestación».         

         Terminó de ensillar y partió desde Cortaderas para Villa Larca. Eran las ocho de la mañana de un día radiante; la celebración era a las once.           

         Marchaba José con un traje de casamiento que le había prestado un paisano amigo de Los Molles, al galope corto de su “malacara estrellado”, quien, de tanto en tanto, relinchaba largo, como para sacar a su amo de sus ensoñaciones. En una hora estaría junto a su novia. Como no podía ser de otra manera, su genio lo llevaba a lo mismo: mientras galopaba no dejaba de cavilar; porque José lo hacía tanto arriando una tropilla como tomando caña en el boliche, atajando un penal en el potrero o dormitando en la enramada. Eso de no pensar en nada era desconocido para él.          

         «Sí,  es  verdad,  la  quiero  a  la Rosita  y  tengo  que  hacerla  mi  mujer –reanudó el monólogo–. Pero... ¿Y si meto la pata hasta el cuadril? ¿Y si caigo en un tembladeral y no puedo salir más de él? ¿Y si no nos entendemos y andamos noche y día como perro y gato? ¿Y si tengo que desgraciarme por ella y secarme en la cárcel?»

 

         El arisquéo de su caballo por una perdiz que levantó vuelo a su paso lo distrajo por unos segundos.

 

         «¡Calma, José, calma!, tengamos serenidad; mi padre sabía decir que si queremos saber cómo va a ser la mujer con quien nos vamos a casar, nos fijemos antes en su madre. Casi nunca falla: la hija es una repetición, su vivo retrato; no siempre por fuera, ¿no?, pero sí por dentro. ¿Y cómo es la madre de la Rosita?, ¿ah?; si he de ser franco, bueno... ¡no me gusta para nada! Es una vieja coqueta que se ha casado, o juntado, tres veces. Los dos primeros maridos son finados; ella dice que fueron muy buenos y que la habían querido mucho..., puede ser; pero por algo se le adelantaron en el camino, ¡los pobrecitos! Con el tercero, don Cándido, tuvo a la Rosita, hace veinte años. La vieja tiene como sesenta y el viejo por ahí nomás andará, o algunos años más. ¿Y que clase de hombre es?, ¿ah?, ¡un infeliz por donde se lo mire!; no dice nunca esta boca es mía delante de ella. Habla mucho en el boliche, en las jugadas de taba o en las cuadreras. Se queda más callado que un mudo cuando está en presencia de ella, ¡caracho! Además, es muy interesada. Cada vez que voy a visitar a su hija no hace más que largarme palabras como estas: “M’hijo, ¡qué contrariedad!, se me han terminado la yerba y el azúcar, ¿por qué no va hasta el almacén de don Manuel Fernández y me trae unos cinco kilogramos de cada uno?...; de paso, y siempre que pueda hacerlo, ¿no?, me trae una damajuanita de vino clarete; recomiéndele a don Manuel que le de la marca que llevo siempre, él sabe; después le devuelvo el envase”. Y cuando no es el azúcar, la yerba o el vino, es la carne, el pan o los fideos..., y siempre se olvida de darme la plata. Está bien que ella va a ser mi mamá política, ¡pero nunca he visto a una madre que abuse tanto de un hijo! ¡Qué va!»                 

         A esta altura interrumpió su soliloquio. Sin advertirlo, había dejado de galopar y marchaba al trotecito. Así anduvo unos doscientos metros, había pasado la curva grande del norte y enfilaba para Villa Larca;  ya se veía la plaza. Al pasarla doblaría una cuadra hacia el bajo, hasta la casa blanca de la familia Fernández, en cuyo arco de ingreso y galería se oficiaría el matrimonio.

 

         Y volvió a sus cavilaciones y a su monólogo anterior: «Bueno José, te vas a casar nomás. Si he de serte franco, me parece que no debemos dar ese paso, que según decía mi padre, muchos lo dan con los ojos cerrados, algunos con un solo ojo y ninguno con los dos bien abiertos. ¡La Rosita no te conviene!, no es mujer para vos, que eres sencillo, trabajador y honrado. Ella también se equivoca. No tiene traza de ser mujer de su casa, sino de esas que le gustan pintarse mucho, no hacer nada y coquetear con rubios y morochos. ¿Te das cuenta del peligro que vas a correr, José? Recordá qué le pasó al Secundino, que se casó con una mujer así, más o menos como la Rosita, y que tenía una madre parecida a la de ésta. El pobre todavía está preso en la cárcel de San Luis; ¡robó para darle los gustos! De nada vale José que vos la quieras a la Rosita y ella te quiera a vos; no van a estar toda la vida diciéndose ¡te quiero!, ¡te quiero! Entonces, el día menos pensado resulta, ¡pobre José!, que vos la mirás bien a tu mujer cuando te pelea por sus caprichos... y la encontrás igualita a su mamá. ¡Bueno!, entonces se te acabó la felicidad para siempre, y el gusto de vivir también. Te da un ataque de pura realidad que ves y les das un mamporro a las dos; o lo que es peor, las matás de un chumbo; y, como ya estás loco del todo, le prendés fuego al rancho y terminás disparándote un tiro vos también»...          

         Inmerso en estos negros pensamientos José no había notado que el malacara, como sabiendo el destino, ya había doblado en la plaza y estaba sólo a cien metros del lugar de llegada. Se veían sulkys y caballos atados al palenque. En primera fila estaba el tobiano de don Ángel Fernández (el tío Ángel, como lo recordaba mi padre), junto al zaino de joven Leontes Carmona, el mismo que llegaría a ser con los años un renombrado Juez de Paz; y, por la vereda de enfrente y a la sombra de un eucalipto, el sulky amarillo del comisario de Papagallos, quien, con su mujer, eran los padrinos de la boda.          

         Sin darse cuenta su caballo había dejado de trotar e iba a paso cansino, como sin ganas de acercarse. Ochenta... sesenta... cuarenta... veinte metros, y llegando casi a la esquina, se escuchó el bullicio de las niñas Fernández  que salían corriendo de su casa; esto volvió en sí a José. Entonces fue que tuvo una actitud repentina, sorpresiva para él, pues no imaginó que sus meditaciones iban a llevarlo a este fin: Azuzó con las riendas al malacara y pasó frente a la puerta de calle al galope tendido rumbo al bajo.                  

         Mientras taconeaba al animal, con el rebenque en alto y cual si no se le ocurriese otra cosa, repetía a gritos: «¡De buena te estás escapando, Josecito de mi vida! ¡De buena te estás escapando!»… 

 

Nota de autor: Donde no alcanzó la historia lugareña con sus datos fidedignos, me he permitido aportar como escritor una realidad que bien pudo haberla sido. He fijado así una supuesta personalidad a cada uno de los personajes, en base al hecho puntual que escuchara de mis mayores, especialmente un bosquejo psicológico de José, que me permitió suponer las causas que lo llevaron a una determinación drástica en el desenlace de la historia.

Registrarte y comentar la historia

Comentarios:

Escrito por: omenia       27/02/08 14:15
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Es una historia muy buena y excelentemente contada, me ha agradado mucho y de verdad que el protagonista tuvo coraje, no cualquiera se hubiera ido.
Escrito por: Norberto       04/10/07 00:40
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Gracias, Cynthia. Lo escribí con emoción. Menciono a mi abuelo, y a mis tías cuando salían bulliciosas en el momento desencadenante del hecho final. Nuevamente gracias por leerme. Te contesto después de un mes de tu comentario porque creo que no había vuelto a leer mi relato. Te saludo con sincero aprecio.
Escrito por: Poesiacarnivora       21/08/07 18:31
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Norberto, realmente has logrado un estupendo relato de corte anecdótico que he disfrutado muchísimo.
El dialogo interior del personaje, y las intervenciones de la voz del narrador, logran ubicar perfectamente al lector en la acción.
¿Pucha que salio taimado, el Josesito!,haber dejado plantada así a la Rosita. Ya me imagino los comentarios del pueblo, la madre desmayandose (en un acto desesperado por evitar la vergüenza), el padre sonriéndose por lo bajo, sin decir nada, al comisario queriendo aprovechar la fiesta,( no se va a desperdiciar la comida y el chupe…) en fin.
Como veras, tu relato me lleva a más, me divertí leyéndolo, y José, hasta me convenció de que era la mejor decisión.
Obviamente que se esperaba desde la mitad del cuento el final,era previsto.
Disfruto muchísimo de la lectura de tus letras, más de esta que trae un anécdota pueblerina como hay tantas, y que has logrado llevar muy bien al papel.
Te seguiré leyendo.
Que las hadas te acompañen.
(y espero que no haya muchos Josesitos entre su genero,tan reflexivos,por que sino ,ya veo la cola de Rositas por ahi)
Páginas: 1

Imprimir

Enviar historia
© Historias, poemas y otras contribuciones pertenecen al autor, el resto pertenece a Escribe Ya.
Condiciones    -     Privacidad    -     Acerca de Escribe Ya    -     Anunciar    -     Publicar relatos