Caruachi, el paso fatal

Categoría(s): Relato

San Luís de Ayma en la orfandad

 

Yuravey, quien es el alcalde de la misión de Guasipati ha preparado una expedición comercial hacia la misión de Cura, Yuruari abajo, donde terminan los paños de sabana y comienza la gran carpeta de selva hasta el muy lejano Amazonas. Desde hace diez años comercian hamacas de algodón y de fibra de palma moriche con los indios que remontan el Esquivo en partidas que llevan doble intención, de comprar hamacas... y de capturar poitos...( indiecitos para esclavizarlos y venderlos a los hacendados holandeses e ingleses en el Esequibo).

Yuravey es del clan de los panacayos, aunque nacido en la misión de Tupuquén, donde quedó huérfano; fue criado por Fray Mariano de Perafita, luego que su padre, el terrible indio Guarrameda, fuera asesinado en 1791. Siente por el fraile lo mismo que cualquiera siente por su padre y por su abuelo. El siempre se ha mantenido fuera de la misión con alguna excusa; sea recolectando aceite de copaiba, almáciga de los árboles “pellejo de indio”, resina  peramán para preparar ralladores de yuca, o buscando en las arenas del Yuruari, La Mocupia o en Cicapra, los pedacitos de piedra amarilla que se aplasta y sirve para hacer los adornos tan llamativos que los blancos buscan a menudo entre los indios. Esta actividad le había dado un fuero especial ante el resto de los indios de la misión de Guashi-pati

Por esta vasta comarca colindante ya con la gran selva en que sólo se anda por los ríos, estaba otra misión en un rincón de pastoral belleza: me refiero a San Luís de Ayma , enclavado en una suave loma algo retirada de un riachuelo que pocas veces se secaba, ni siquiera en el ardiente verano. Muchos habitantes de otras misiones iban allí cuando sus pesadas obligaciones lo permitían, para Yuravey esto era lo mejor de ese fuero.

Existía en esa misión una escuela de música que durante treinta y nueve años seguía siendo un escondido refugio del arte en el corazón de Guayana  una bella semilla de sensibilidad que había germinado en el alma india y desarrollado los linderos del espíritu.

Con las maderas de la región y rústicas herramientas, los mismos indios dirigidos por el fraile artista y artesano que había sido Joaquín de Barcelona, fabricaron violines, violones flautas, guitarras. El sacerdote educó sus voces hasta el punto de que en algún momento tuvieron un repertorio de cien tocatas, algunas con la intervención de coros. Esa era la maravillosa razón que atraía a los hombres de la selva y la sabana hacia el pequeño paraíso de Ayma. La otra poderosa razón era el comercio que hacían con una hierba acuática que crece en las orillas del riachuelo y que los indios mascaban igual que el tabaco, con efectos muy placenteros aunque con escupitajos verdes, a pesar de su sabor realmente agradable, pero que provoca gran salivación.

El sonido de los ensayos era un verdadero deleite para aquel pueblo atraído a la civilización y la religión por obra de la dulzura de la música. Pero aquella tarde Yuravey no pudo escuchar desde lejos las dulces melodías de los músicos de Ayma. Cuando entró al pueblito de techos tejados percibió la desolación... uno que otro perro ladró, un llanto de bebé anunciaba vida en alguna de las coquetas casas. La comitiva entró a la plazoleta rodeada de casas de corredor frontal y avanzó hacia el origen del llanto y vio una criatura de meses que pataleaba furiosa reclamando madre y alimento desde una hamaca.

Los expedicionarios descargaron los pesados guayares y descansaron en los corredores a fresquear un poco. Yuravey le dijo a Pedro Yacarías, su tosco cuñado y casi le ordenó: busca una flauta para mí y así sabremos que pasa en Ayma.

Yacarías, quien no acusaba todo el cansancio de la marcha a través de la montaña de La Sonora, entró con rapidez a las limpias casas que carecían de puertas y cuyo mobiliario se reducía a  piedras topias, palos gruesos a guisa de asientos, viejas hamacas y cestos de variado contenido utilitario. Cuando inspeccionó la tercera, halló varios instrumentos musicales. Tomó una flauta para si y otra para el cuñado. Yuravey tomó la más larga y la llevó a sus finos labios. Desplegó con gracia los dedos sobre algunos de los agujeros de la caña y comenzó a interpretar una alegre melodía que recordaba a la jota aragonesa en su ritmo pero que de tanto en tanto afloraba dejos melancólicos. Cerró los ojos y continuó con otras melodías logrando el mágico efecto de la música bien tocada.

Al rato varias mujeres indias se acercaron. Poco después decenas de niños brotaron de los montes vecinos atraídos por aquel algo tan propio de su pueblo., su música.

Yuravey se percató con los ojos medio cerrados del movimiento de gente y decidió bajar la intensidad de la tocata. Hizo silencio y observó a una joven madre que acallaba al bebé llorón entre sus senos desnudos.

— ¿Dónde están los hombres... donde está el padre?...

Una de las mujeres destacó entre el grupo y explicó: El padre se fue con el parecito. De Avechica, dicen que llegó la guerra de los Chucutos, que a ellos los quieren matar y a los indios se los llevarán muy lejos a pelear.

— ¿Quién trajo la noticia, mujer..?

— Llegaron soldados de Puedpa a buscar hombres para pelea y jinetes llaneros de soga, fue orden de Rafael Ramos.

— Pero... ¿Dónde está el padre....? dime mujer.

La joven india le respondió:

— Dijo que no volvería más, que no se fueran las familias del pueblo porque los indios bravos se los iban a asar en barbacoa o los venderían en Demerara. Tomó algunas cosas de la iglesia y nos dijo: que Dios los bendiga, -entonces se fueron con otros padres que los buscaban y llevaban fusiles.

— Quiere decir que nos dejan solos para que los caribes bravos del Esequibo nos hagan poitos.. .. — Pensó.

Un sentimiento de vacío, de una gran incertidumbre ,la estricta sensación de la orfandad se fue regando como pólvora entre los indios que habían retornado a la aldea. Ahora los expedicionarios estaban con la duda de seguir río Ayma abajo o regresar por los caminos sabaneros que orillan la gran selva.., pero ¿Volver? ¿Y si los chucutos los esperaban en Guasipati...? Los hombres de Ayma... regresarían para buscar a sus mujeres o se internarían por un tiempo... ¿Y si regresaban en su lugar los indios bravos que siempre estaban escondidos en el monte a espera de la oportunidad de capturar un valioso indiecito manso... y luego cambiarlo por un trabuco o hachas de hierro?

Los Yacarías y Yuravey se sentaron en una canoa volteada de las que servía para verter la yuca rayada —( la catevía) — de hacer el casabe y luego el cachiri. Al rato el lugar era una espontánea asamblea que pretendía enfrentar un súbito y violento cambio en el sistema de vida, una libertad no deseada de esa manera, pues aunque teóricamente eran libres. Los frailes los sometían con tantas obligaciones de trabajo, de rezo, de labor comunal que esa libertad era una cadena invisible.

Esos pueblitos habían hecho sedentarios a los indios, ellos se habían arraigado tenazmente a su lugar, disfrutaban de las bonitas casas de tejas, de la cercanía y constancia de aguas del arroyito, la variedad de frutos que tenían sembrados en los patios de sus casas, al alcance de la mano, las tardes siempre llenas de cándida música, los domingo de misa y fiesta toda la noche, pero sobre todo aquella música que en ocasiones se escuchaba en la cuesta del cerro El Cuadro, no muy lejano....

¿Qué hacer... Volver a Guasipati.. Internarse en el monte... irse para el Cuyuní casi impenetrable...? ¿ Y si nos matan los indios bravos?

Aquel marasmo ocasionó discusiones nerviosas, incertidumbre, terror ante la realidad del abandono de los frailes. Cada misión, excepto la de Caroní era dirigida por uno o dos frailes. Aquellos hombres, ejemplo de preparación, tenacidad y liderazgo, cuando llegaban a Guayana ya traían una preparación especial en cualquiera de los campos de aplicación necesaria para obtener sus objetivos.

 Cada fraile, además de su preparación religiosa para salvar almas, era un experto herrero, un buen albañil, un modesto arquitecto, algo médico, un cronista... Pero ese fatídico día, el pilar de Ayma los abandonaba. Aquellas ochenta familias que a diario dependían de la guía del fraile estaban ahora sumidas en un terrible sentimiento de orfandad.

Al atardecer, la conmoción en el pueblito de San Luís de Ayma era creciente, los hombres retornaban del monte con recelo, los viajeros habían partido a rumbos inciertos. Las rutinas de oración, trabajo, rezos, música, se rompieron... La pregunta que se repetía incesantemente en todas las casas era:

¿Qué haremos ahora? 

Así comenzaron a formarse grupos y destacarse líderes; unos querían arrastrar el pueblo selva adentro; otros no querían abandonar sus conucos luego que habían trabajado tanto para obtener los frutos que maduraban, los alfareros se sentían sin razón de ser, las mujeres no querían abandonar el frescor y comodidad de su casa de tejas y bahareque... su sitio, sus telares donde hacían las telas de sus vestiduras...

Yuravey, que era un hombre inquieto, optó por seguir viaje más al sur, comerciar lo posible y ocultarse más adentro, en la selva del Cuyuní, antes de irse hizo canje de una gran hamaca de cogollo de moriche por un violín y un flautín... Aún sin saber tocar bien el primero... De repente le asaltó la duda.

Y el padre. ¿Estará en Guasipati o también se marcharía de la misión?— Regresaré a Guasipati       -    Pensó.

Una de las jóvenes madres indias —Rosayma— se le acercó y le tomó del brazo, llevándolo hasta la iglesia, fueron hasta el campanario y al pie del mismo, le señaló la campana de bronce que estaba fuera de su sitio y lista, atada a una parihuela y cubierta con cueros. Rosayma le explicó a Yuravey:- El padre Matías la preparó para enterrarla o esconderla en el cerro del hueco largo, donde está el arbolito, dijo que los chucutos la fundirían para hacer fusiles grandísimos que matan mucha gente, si la encontraban en la iglesia; que había que cuidarla porque era el sonido que nos reuniría otra vez; por Diosito te lo pido, así podremos llamarlo con la campana otra vez a Ayma.

Yuravey accedió y le dijo:

-Busca a tu esposo y otros dos hombres, así la llevaremos al sitio y ustedes la guardan, porque yo debo ir a Guasipati a hacer lo mismo.

Rosayma volvió a la casita y desmontó un rústico telar donde tramaba paños de algodón que luego teñía con añil, chica, onoto o caruto que eran los colorantes naturales a la mano. Tomó las piezas e hizo un atado, preparó un gran guayare con cesto y fue seleccionando las cosas indispensables de la vida hogareña y le dijo a Yuravey que se iría con ellos hasta la montaña de La Sonora, donde había un escondido vallecito circular donde estaban la mayoría de los hombres de Ayma, allá había una dispersa ranchería y varios rastrojos que tenían frutos. Esperaría un tiempo a ver como se desarrollaban los hechos, pues tenía esperanzas de volver a su casa.

Rosayma buscó a su bebé y lo cargó a horcajadas ayudada por una ancha faja que le bajaba del hombro a la bandolera. Preguntó por su esposo Juan Ara may y unos niños le señalaron hacia un caney techado de moriche.Yuravey, acompañó a Rosayma y le preguntó al esposo de la linda madrecita india:

— ¿Qué haces que no ayudas a tu esposa...?

— Aramay no levantó la vista y siguió amolando un machete sobre una piedra que hacía de esmeril.

Luego dijo calmado y con voz ronca:

No voy al monte, me iré con los chucutos a pelear para sacar a los españoles, quiero trabajar y pescar y cazar sólo para mí y mi familia....Yo volveré luego que se vayan todos.

Yuravey le replica:

Nadie sabe qué va a ocurrir, nadie sabe si los padres vuelven .Acompaña a Rosayma, que te necesita, no hagas la guerra, que de eso sólo quedan cicatrices de hacha y flecha o huesos blancos... Siento que algo muy grande va a pasar y que nada será como ahora, que Ayma ni Guasipati serán lo que son hoy, no habrá música, ni cantos, ni casa de tejas...Yo volveré con mi familia, en La Sonora, buscaremos cochanitos para venderlos a los ingleses de la pica larga... y haremos cónicos grandes..Trató de convencerle Yuravey...Juan Aramay dejó que esas palabras salieran por su otro oído y dijo:-Voy a guerrear, quiero guerrear como mis abuelos .Yo haré una guerra y al vencer regreso a mi pueblo.

 

 

 

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