Carta posfechada.

Categoría(s): historia, cuento, historias, cartas

Su risa era extraña, parecía ficticia en un primer momento; solo recogía sus labios, como en una mueca, para mostrar sus dientes. Luego se movía, con la espalda totalmente recta, de arriba abajo, como un caballo que relincha. El sonido era contagioso, armonioso siempre. El conjunto, aunque inusual, resultaba encantador.

Luego volvía a la tenue expectativa de siempre, nunca distraída, como quien da más importancia a lo que los demás hacen o dicen que a sí mismo. Un altruismo tan poco reconocido, como común en las mujeres era. Y sus ojazos negros se posaban en la humanidad de su interlocutor. Una experiencia que, aunque intimidante, era adictiva. Un ligero masoquismo, al que no se le podía dar la espalda.

¡Si, a ella, nadie le daba la espalda! ¿Por qué habrían de hacerlo, si mirarla era ya un espectáculo?

Directa y franca, como buena antioqueña, combinaba de forma magistral el tacto con la veracidad. Nunca acomodó una verdad, menos aún si se refería a lo que sentía, pero siempre supo adornarla, de tal forma que un insulto parecería solo una reprimenda. Y, para mi desgracia, un rechazo seria más la apertura de una posibilidad.

Siempre paciente sin embargo, resistía los embates con dignidad y respondía al patetismo con ternura más que con la merecida burla. Sabia que en ciertos momentos la estupidez cobra su factura y que no era su deber juzgar cuando esta le llegaba a sus cercanos. Lo entendía tan bien que jugó el juego con paciencia, incluso cuando ya se debía prescindir de esta.

No excusaba a la felicidad nunca e incluso durante una rabieta guardaba el final de esta para esbozar una sonrisa. Su cabeza estaba siempre en los asuntos más pertinentes, nunca una dubitación, ningún lugar a deliberaciones necias. Era un ejemplo de virtud incluso cuando más bajo caía, la difícil media de parecer perfecta en la imperfección y considerada en la sordidez. Era un matrona romana, excepto, claro está, en cuanto a su hablar. Pues nunca guardo nada para si misma, cualidad que otros identificaban con imprudencia. El silencio le era a veces insoportable, así como lo tedioso del encierro. Prefería la anarquía de errantes hablares y borracheras de una fiesta, primero el danzar exuberante y la música ruidosa que exige el grito a los presentes para hablar, que la insoportable clausura.

Ella fue todo, ella fue la media. Nunca pude… pero desde ella todas se hunden en las pantanosas comparaciones, injustas, por la inferioridad de condiciones, pero imposibles de ignorar.

Y sin embargo, nunca pude decirle todo esto, por lo menos con tal claridad y evitando tantos prejuicios tontos como ahora. Digo nunca porque hacerlo ahora, aún si fuera real, seria tan improcedente y anacrónico como el amor que después de tanto tiempo le profeso. Una idealización que el tiempo no alimentó, pero si asentó. Lo volvió un rasgo más de mí. Ahora mis auto descripciones sonarían algo como ‘soy egoísta, cínico y… enamorado de ella’. Una condición que, al no poder combatir, describo, pues nada más puedo, como nunca pude…

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