Carta de una asesina.

   Sentía frió, frió desde adentro, como si tuviese un hueco negro en mi, pero ni siquiera un hueco, si no pura ausencia.

  Es difícil expresar como se siente la incapacidad, la impotencia de ser una criminal, la humillación de escuchar o ver todo los días  cuentos sobre mujeres luchadoras que han enfrentado solas la vida con éxito y su punto de luz era lo que yo años atrás avía desechado de mi.

   Todavía recuerdo ese día, me disolvía en el silencio oscuro y helado que me envolvía por dentro y por fuera. Así debe ser la muerte, pues claro, es su antesala, ya que produje una muerte y lo peor es la conciencia, el remordimiento, las noches en vela pensando por que ise lo que ise, por que actué de esa manera y porque lo permití…

   Siempre me pregunte:

   Que hubiese pasado si me madre me fuera asesinado en su vientre, no fuera la exitosa ingeniera que soy, tampoco la compañera y amiga que soy de aquellos que siempre me necesitan, mi madre siempre me amo, “siempre queriendo lo mejor para mi”.

   Recuerdo que ella me ordeno abortar, ya que no podía dejar mis estudios por un bebe, ahora me sigo preguntando, en verdad fui su luz, es que no se si alguien que ama deja que la existencia mas bella de su amor muriese.

   Me llevo al camino de la destrucción espiritual de mi alma, extinguió mi ausencia, ya que gracias a lo que una vez ise, ahora soy victima de la incapacidad mas horrible de la mujer.

   Acaso no importaba la vida que estaba en mi y que ahora yo la avía dejado, asesinado y despachado de mi interior.

  Abecés  la autoridad del que enseña suele dañar al que aprende.

  ¡Madre!   yo hubiese querido escuchar, que no iba a ser fácil, que la vida cambiaba, que ya no podía ser mas irresponsable, que iba a ser mama, que iba a sembrar raíz, que me Valeria de mi fuerza,  sobreviviría al mañana y a  sus retos con enorme entereza. Prodigando vida.

   Se que no todo es tu culpa, estoy conciente que no era el momento y te falle, pero así somos y en algunos casos no hay nada de malo en eso, propio de la mujer abrirse al amor con gran facilidad.

   Yo era una adolescente, no comprendía muy bien esos campos, y viví con un extraordinario ejemplo de amor, mi padre y mi madre.

   Mírame hoy, ayer llena de vida, hoy buscando la muerte como un naufrago busca una isla, pensando a cada rato si ese niña o niña hubiera sido el doctor que tanto querías mama, o el jugador de pelota que quería papa, ahora no lo sabremos porque juntas acabamos con un ser que ni ¡auxilio! Pudo decir.

   Sabes yo siempre soñé con leerle a mi hijo aquel libro que me leíste, tu a mi, titulado el principito, preguntarle que veía en aquel dibujo, como lo asistes tu y así saber y comprender la mente infantil de mi existencia bendita.

  El siempre iba a estar allí para decirnos que ven los niños que nosotros los adultos hace tiempo dejamos de ver, pero ya es muy tarde, ya lo asesine, quede manchada con la sangre bendita de un ángel enviado por dios, pecamos juntas madre.

  Todavía recuerdo aquellas palabras de aliento que me dijo mi profesora guía:
 
“De ahora en adelante con tu futura criatura en brazos, conectada al fantástico poder de la vida y la muerte, es grabe es cierto, pero sutil y das al mundo, es un modo de renacer y que tu esencia transcurra por los siglos”.

   Aquí termine, aquí terminara mi esencia y mis últimas palabras son estas:

   Cuando se tiene un hijo, se tiene al hijo de la casa y de la calle entera, se tiene al que cabalga en el cuadril de la mendiga y al del coche que empuja la institutriz inglesa y al niño griego que carga la criolla y al niño blanco  que carga la negra y al niño negro que carga la  tierra.
Cuando se tiene un hijo, se tienen tantos que la calle se llena y la plaza y el puente y el mercado y la iglesia y nuestro cualquier niño, cuando cruza la calle y el coche lo atropella y cuando se asoman por el balcón y se arrima a la alberca, y cuando un niño grita, no sabemos si el grito es nuestro o del niño, y si sangra o se queja, por el momento no sabríamos si el ¡ay! Es suyo o so la sangre es nuestra.

“De canto a los hijos, poema de Andrés Eloy Blanco”



Autor: Bárbara Zambrano
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Comentarios:

Escrito por: sarabia       16/05/08 01:44
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