Carnaval de protestas

—Ese día quería ir a clase, se lo aseguro profe, tenía la firme intención de hacerlo, como pocas veces en mi vida. Pero entonces la buseta se detuvo, frente a dos policías que trancaban la vía. Sorprendido, ¡no!, mejor, indignado, pregunté a viva voz — ¿pero que ocurre?— alguien dijo entonces que había un accidente, pero yo no veía ningún carro destrozado o piso ensangrentado. Sin embargo, si una gran multitud, lo que casi me convence, pues usted sabe como es de chismosa la gente. Pero en ese momento alguien más intervino, aclarando las dudas de todos los demás — ¡Es una protesta!— exclamó. Entonces algo en mi se activó; ese deseo incontenible de protestar y maldecir, de trancar calles y echar piedra, de exasperarme por todo lo que la vida me ha negado, por todo lo que se me a injustamente quitado y culpar a  alguien, a cualquiera, al más visible quizá.

»Saqué rápidamente mi pancarta de emergencia y mi pañoleta roja del Che, mientras los demás ingratos burgueses se bajaban de la buseta maldiciendo. Verá esta, la pancarta, es excelente y útil en demasía, pues es un pequeño tablero de acrílico con un palo de escoba pegado como mango, lo que me permite escribir siempre mensajes actualizados con la protesta y causa revolucionaria o los siempre apropiados y atemporales: “presidente fascista”, “No quiero trabajar más” y “Quiero todo gratis”.

»Bajé del bus  a la carrera y me uní a mis compañeros. Entoné pegajosas tonadas e himnos, acompañados con palmas, silbé cuando llegó la policía y con gusto lancé piedras y papas bomba cuando los antimotines se nos abalanzaron entre el humo del gas lacrimógeno y el agua que disparaban las tanquetas. Protesté, profe, como nadie lo había hecho en años.

»Finalmente, asistí a la orgía post-protesta, que muchos se empeñan en negar, cuando ya se empezaba a hacer de noche. Cuando pude salir de mi cegador entusiasmo me di cuanta que había faltado a clase y perdido su cátedra, compañero.

El profesor, con ojos relucientes, recordando su perdida juventud, inundado de nostalgia, colocó su mano sobre el hombro del joven. Luego quitó uno de los botones con mensajes pro-socialistas, anti globalización y demás, que colgaban de su chaqueta, se lo entregó a su estudiante y dijo:

—Es a jóvenes como usted los que necesita la revolución, no se preocupe por la clase, pues no hay nada de lo que aprendió en esa protesta que yo le pueda enseñar en un salón de clase.

El joven prendió el botón de su maleta y agradeció respetuosamente al profesor, se despidió y salió al pasillo. Entonces se le acercó un compañero de clase, que había presenciado el episodio y apenas podía contener su risa.

— ¡Que pesado! aprovecharse así de un viejo nostálgico—exclamó divertido.

— ¡Ah!, se lo tiene merecido por iluso. Además esos pendejos de la protesta casi me matan cuando bajándome del bus los empecé a insultar, que importa si mentí a ese profesor, conseguí lo que quería ¿no es verdad?

El otro rió suavemente.

—Tienes razón—dijo.

Salieron a la calle, justo cuando otra protesta la bloqueaba, en ella había varios universitarios vestidos con prestigiosas marcas norteamericanas y lucían pancartas y carteleras con el mensaje “Abajo el TLC”.Los dos estudiantes los miraron con desprecio, pero antes de seguir su camino, les dijeron, entre risas:

—Tengan en cuenta que si se aprueba el tratado, la ropita se las traen más baratica.

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