Dicen los antiguos que en el principio de los principios el Espíritu ya era. Se movía en su existencia, en su ser y esencia.
Entonces, tomó conciencia de si mismo. Pensó y su pensamiento fue luz y la luz fue hecha. Pensó de nuevo y los elementos de la creación emanaron de su seno, cuatro en total. Nacieron de su pensamiento las estrellas, el sol, la tierra y todo lo que en ella existe y habita: lo que se mueve y lo que permanece, lo dinámico y lo inerte, lo que se arrastra, nada, vuela y camina, todo fue hecho por Él.
Todo fue creado a partir del pensamiento, hecho desde la realidad invisible a la realidad visible. Así, todo lo que se creaba visiblemente era concebido primeramente en el invisible. Pensado, creado y luego hecho visible. Cuando todo estuvo hecho, el Espíritu lo bendijo.
Y llamó a lo visible tierra y a sus habitantes llamó vivientes; y a lo invisible llamó cielo y a sus residentes llamó espíritus. Ambas realidades, cielo y tierra fueron separados por la expansión de la propia vida, para evitar su mutua destrucción.
Sin embargo, el mismo Espíritu construyó un umbral de comunicación entre cielo y tierra, protegido por cuatro pórticos, vigilados a su vez por un ser mitad viviente mitad espíritu, Ammar el Regente.
Su apariencia reflejaba toda la gloria de la creación: sus vestiduras blancas caían desde sus hombros hasta doblarse delicadamente sobre sus pies. Una armadura de oro y piedras preciosas protegía su pecho, primor y envidia de orfebres fue regalada por la misma tierra como obsequio de nacimiento a la criatura. Sus sienes fueron honradas con una corona de diamantes que hacían ver su cabellera gris como una ventisca invernal.
Diez anillos en sus dedos, un cetro de hierro con fuego eterno en su diestra y una espada de bronce con empuñadura de plata en su siniestra. Y en su frente, el sello de la perfección.
Ammar el Regente ¿Por qué tuviste que rebelarte?
Un día entre los días, en las llanuras de la tierra se desató una tormenta. Truenos y relámpagos inusuales estallaban en los cielos y lluvia granizada caía como lagrimas del mismo cielo.
De repente, una gran explosión fue escuchada en toda la tierra. Se extendió hasta alertar a todos los vivientes: los pórticos habían sido abiertos y una brecha gigantesca con apariencia de cicatriz sangrante se había formado en el oscuro cielo.
Desde ella millones de espíritus guerreros salían destruyendo todo a su paso, con apariencia terrible y una espada de fuego en su mano.
Los vivientes desesperados huían a los montes o se arrojaban a las aguas huyendo de la peste destructora y de las ardientes espadas. Pero tan solo un golpe de espada era suficiente para rebajar montañas y secar mares al paso de las huestes espirituales.
Al final de aquel día, toda la tierra había sido sojuzgada y los pocos vivientes que habían escapado de la muerte eran sellados para la esclavitud y conducidos al campamento del ejercito invasor. Allí observaron con terror y asombro como desde la brecha celeste descendía Ammar en toda su gloria con los cuatro elementos creadores en su mano.
Durante cuatrocientos treinta años oprimió a los vivientes sobre la tierra, obligándoles a construir una ciudad para él:
Todo lo que no transformo a su capricho, lo destruyo con su ira.
Se levantó el Espíritu nuevamente y expiró sobre los vivientes infundiendo en ellos valor y fortaleza. Poco a poco, cada uno fue tomando conciencia de si mismo, de su realidad y estado y al sonar del cuerno matutino noventa y ocho legiones de vivientes provenientes de todos los puntos de la tierra se encontraban en pie de lucha frente a las puertas de
Ammar lo observaba todo desde las torres de su ciudad: las rojas llanuras del río Bara teñidas con la sangre de los vivientes y el propio río oscurecido por los espíritus muertos.
Tres días y tres noches de muerte y desolación. El ruido de las espadas, de los puñales y de las lanzas se confundía con los gritos de victoria y los lamentos, aullidos y llantos de heridos y moribundos.
Las tropas espirituales poco a poco se fueron replegando hasta llegar a las mismas puertas de
Sobrevolando los propileos esquivaban las flechas ardientes y las lanzas asesinas. Al llegar a palacio encontraron al Regente en el salón del trono desesperado, iracundo y aterrorizado. Al verles ensangrentados y derrotados les ordeno encolerizado defender palacio hasta la muerte.
Él mientras tanto se obstinaba en realizar rápidamente el rito de apertura de los pórticos, sabía que luego de cruzar el umbral no podrían seguirlo. Sin embargo, nadie escapa a los designios del Santo Espíritu. Antes de lograr siquiera abrir el primer pórtico los vivientes irrumpieron en el salón del trono.
Cuatrocientos años de rencor e impotencia se derramaron en un instante. Lanzadas, golpes de espada y de puños ensangrentados y sucios cayeron sobre el cuerpo del antaño glorioso regente del umbral. Sin embrago, luego de horas del mas cruento linchamiento, Ammar continuaba vivo.
Decidieron entonces dividir su ser en dos. Su alma fue enviada al cielo y su cuerpo dejado en la tierra, inhabilitado, vagabundo y miserable, sin posibilidades de volver a hacer daño. Los cuatro elementos fueron enviados al cielo y las llaves repartidas entre las tribus de vivientes alrededor de la tierra.
Derrotado Ammar, libertos y victoriosos fueron conducidos por el Santo Espíritu para crear una nación propia y soberana y luchar unidos contra cualquier amenaza futura: Izchjat.
Esta era una monarquía electiva, su rey era electo por el pueblo al morir el anterior. No había descendencia directa sino servicio desinteresado, ya que ningún rey aspiraba ni aspiraría jamás a que su hijo ascendiera al trono solo por ser de su sangre. Debía el aspirante ganarse el titulo de Príncipe por meritos propios y ser así propuesto al trono al final de los días de su predecesor.
Pero la historia es un tapiz tejido con hilos de injusticias, traiciones y venganzas. El Divino Espíritu lamentándose vio como la nación que amaba se destruiría por si misma.
El octogésimo cuarto rey, estéril por designio divino había tenido seiscientas mujeres buscando un hijo que cuidara sus canas en su vejez, un niño que fuera el deleite de sus ojos y el descanso de su alma. Sin embargo, nadie le podía ayudar, porque era decisión del Altísimo no darle descendencia.
Una noche, desesperado el rey acudió al templo a invocar al Espíritu y suplicarle un hijo, a suplicar un niño que le hiciera terminar sus días en paz. El Espíritu apareciéndosele entre en el patio del templo habló diciendo:
Tu mujer concebirá un hijo varón, apartado entre las naciones, ungido para acallar leones y apacentar fieras del campo, diestro en la espada conducirá a tu pueblo a un nuevo principio. Sin embargo, deberás educarlo para el bien, conducirlo en justicia y temor, pues jamás será rey, sino principal entre los generales de tu sucesor. Su nombre no será nunca olvidado y esta nación lo recordara eternamente por su valentía y magnanimidad. Pero si no me obedecieres y lo dedicases obstinadamente al reino, el mal caerá sobre esta nación, tus mujeres, tu pueblo y todo lo que se arrastra sobre la tierra morirá devorada por la injusticia que saldrá de su mano. Su nombre será borrado de toda piedra, de todo muro y de todo pergamino. Tu gente lo olvidara y su recuerdo será para repudio y proverbio entre las tribus de la tierra.
Ante la majestad de la aparición el rey juró por el cielo y por la tierra, por las cuatro llaves que obedecería el designio divino.
Nueve meses después el hijo deseado estaba en los brazos del rey, de piel morena como la tierra de Izchjat y de ojos verdes como los bosques del Bara, el Santísimo lo bendijo con el amor de su familia y del pueblo que lo vio nacer.
Creció rodeado de regalos y de todo capricho que su corazón deseara, amante de las artes bélicas, se alistó en el ejercito a los dieciséis años y a sus veinte era el mejor soldado del reino. Comandante de las fuerzas sureñas, la espada lo amaba al igual que toda mujer que se acercaba a su regazo. Sus días fueron de paz y abundancia para la nación.
Al acercarse la muerte del rey, los ministros de palacio llevaron una inusual propuesta de ley al Consejo de Ancianos: El rey deseaba ver en el trono a su hijo.
El Consejo encolerizado se disolvió sin llegar a la aprobación ni a la negación del proyecto de ley. Los partidarios del rey justificaban la ascensión del hijo dada su amplia trayectoria como comandante del ejército y su popularidad en la nación; desde ese día fueron llamados filistas o partidarios del hijo.
Pero también era conocida la altivez. Inmadurez y vanidad del hijo del rey, ignorante de los grandes saberes de la nación y rebelde en el culto del Divino Espíritu.
La nación toda se convulsionaba en el debate. Enfrentamientos entre los filistas y los opositores al decreto se desataron por todas partes, muerte, destrucción y anarquía era el signo común en todas las ciudades y aldeas del país.
El rey en sus habitaciones se negaba a declarar el estado de sitio y hacer algo para recuperar la paz del país, solo se dedicaba a beber con sus mujeres. Alguien le preguntó al hijo ¿Cómo un rey así aun gobierna? Indignado el hijo entró a las habitaciones a discutir con su padre por su comportamiento.
Gritos, insultos, amenazas y más gritos se escuchaban en todo el palacio. Los sirvientes encerrados en sus celdas se negaron a reaccionar cuando el último grito terrible y funesto del rey retumbó los cimientos del recinto.
¡El rey ha muerto! se escuchó en las calles de la capital. ¡El hijo ascenderá al trono! corría por los campos.
Cantos y suplicas infelices susurraban en el entierro del monarca. Santo ayúdanos cantaba la procesión. Una lluvia fría pero tenue adornaba el ambiente de aquella tarde. El hijo cabalgaba sobre el corcel real precediendo la marcha. Una voz aulló: ¡Asesino! ¡Fratricida! Gritó de nuevo.
El hijo ni volteó la mirada, solo cerró los ojos cuando el aullido de muerte salió del mismo sujeto que lo había insultado; que había insultado al próximo rey de Izchjat.
Pero las naciones esperan, sufren; pero siempre se vengan. Nunca desaparecen sin haber explotado en ira y destrucción contra sus agresores.
El día de la coronación, en pleno acto de investidura, el populacho iracundo entró a la sala. Las tropas fieles al hijo no supieron responder a tiempo cuando miles de campesinos y comerciantes comenzaron una carnicería entre los asistentes al acto. Al grito de ¡Muerte al asesino! Se abalanzaron sobre el cortejo real.
El hijo logró escapar entre sus generales justo antes de que estos murieran atravesados por los insurgentes. Huyó al desierto, a tierra maldita, a las ruinas de
Durante la noche, entre las llamas de la fogata que había encendido para socorrerse del frío glaciar del desierto, se le apareció el cuerpo en pena de Ammar.
Siglos de impotencia y frustración habían marcado el aspecto del Regente. Su rostro era un aterrador mosaico de heridas sangrantes, puntos de costura a carne viva y partes de hueso en descomposición.
Arrastrándose sobre su pecho y con su brazo izquierdo extendido suplicó con voz pavorosa e hipócrita una audiencia con el rey de Izchjat. El hijo aterrorizado pero altivo y vanidoso le permitió hablar mientras con espada en mano no ocultaba un miedo profundo e indescriptible.
Un alma por venganza; venganza para ambos fueron las palabras del aquel ser monstruoso. Negociaba una alianza estratégica y sombría: le daría el poder y la alianza de sus últimos espíritus fieles, su poder, dones e inteligencia si el hijo le entregaba su alma para lograr si quiera por un momento recuperar su gloria pasada. El hijo acepto sin titubeos.
A la mañana siguiente al asalto al salón del trono, un Concejo provisional de Ancianos presidía el país. Aun había revueltas de salteadores saqueando comercios y aldeas, pero el ejército ya estaba controlando la situación. Un ruido lejano se escucho en la capital, un susurró como de una legión de langostas se oía proveniente del desierto. Eso pensaron muchos campesinos de los alrededores de la capital que ocultaron el grano y otros víveres vulnerables al ataque de las langostas.
No eran langostas ni insecto alguno los causantes de aquel ruido, eran miles de soldados filistas poseídos por los últimos espíritus fieles a Ammar quienes arrasaron los campos cercanos a la capital. Miles de vivientes murieron destrozados no por espadas ni lanzas, ni por arma de metal, sino por las manos de aquellos a quienes los movía el mal en toda su esencia.
Ammar rejuvenecido y con el porte y el rostro del hijo sobrevoló los suburbios hasta llegar a la torre del templo, destruyéndolo de un golpe antes de ingresar al palacio donde se encontraba el salón del trono y los cuatro pórticos del umbral.
¡Las llaves o la muerte! gritaba con una extraña voz que retumbaba como eco en toda la sala. Voz no, voces, la de Ammar y el hijo fusionadas en una. ¡Las llaves o la muerte! gritaba amenazadoramente el Regente. Si lograba recuperar los elementos creadores y su propia alma, seria invencible nuevamente.
Los vivientes arrodillándose ofrecieron sus cuellos al invasor antes de revelar el sitio de las llaves.
¡Estúpidos mortales, no los necesito! grito mientras bajaba su espada sobre el cuello de ellos.
Los soldados de Ammar destruyeron todo lo existente. No dejarían sobrevivientes ni esclavos; nada que amenazara de nuevo al Regente. La profecía del Altísimo se estaba cumpliendo.
Durante tres años y medio Ammar destruyó todo lo que a su paso encontraba; un odio destructivo lo impulsaba a la locura. Sin embargo, tenía el alma de un mortal y aun las llaves no aparecían. Si no las hallaba seria su fin. Desesperado inició la matanza de sus propios soldados que incapaces de encontrar las llaves veían morir a sus compañeros uno a uno.
Ninguno sobrevivió. Y Ammar sintió el fin de su reinado muy cerca de él.
Estando en la sala del trono, una luz incandescente lo traspasó sin darle oportunidad de reaccionar. Eran los cuatro elementos que, recuperados por un grupo de sacerdotes vivientes destruían los restos del gran regente. Así, concluía el segundo principio.
Los vivientes que quedaron del caos sellaron el cuerpo de Ammar a una roca de mármol que escondieron en la montaña Fabiola, al sur del país. Así, nunca se repetiría la historia y el mal estaría confinado para siempre en las alturas de la roca.
Los sacerdotes poco a poco restauraron el país antes de perderse en el desierto para nunca más aparecer. Se les llama los restauradores o sacerdotes de Tacoch (El inicio).
-Al menos esa es la historia que me contaron mis padres, y los suyos a ellos antes de mi y así durante los sesenta y dos siglos de existencia de nuestra nación Clemente. Susurró el cansado el viejo.
-¿Y el hijo?¿Como se llamaba el hijo?- pregunto impaciente el niño.
-¿El hijo del rey? Ay muchacho, aquellos que escogen el mal no pueden esperar ser recordados.
- No pueden esperar ser recordados- repitió el niño a fin de no olvidarlo.
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