Capitulo 5 - novela conjunta: “Hijo de la luna”
Luego fue el sueño profundo. Me acomode como mejor pude para pasar la noche. En mi cabeza se mezclaron como arabescos de pesadillas las imágenes de mi encuentro con el muchacho del bar y autenticas alucinaciones que atribuía a los licores que había ingerido con mis compañeros de viaje o al penetrante incienso que habían encendido en la casa. Tan ajena me sentía de mi misma que llegue a pensar que el propio muchacho no había mas que un fantasma de mi imaginación y su visita tan solo una broma de mi cerebro. Y sin embargo, yo sabía que había sucedido.
Poco antes del amanecer el sueño me abandono y me puse a dar vueltas en el camastro en el que yacía. Muy pronto sería tiempo de reunirme con el resto de la comitiva a la que me había unido y con el recuerdo del muchacho en mi cabeza me imagine amoldándome a su cuerpo ausente, haciéndole espacio en mi camastro, guardando al distancia del bulto de su presencia como si hubiese pasado la noche conmigo. Forcé al máximo mi memoria para alimentar mi juego, para recordar sonidos en mis tímpanos, detalles de sus labios, rastros que lo evocasen. Hasta que sin percatarme di con unas palabras susurradas en mis oídos. Tienes que ir a la Chiapa de Españoles. Ahí te espero Ya antes me lo había dicho, en el D. F., y aquí también me lo había dicho. Recordé que quise preguntar el porqué pero que sus finos dedos se posaron en mis labios para cerrarlos delicadamente. ¿Acaso aquel muchacho había estado siguiéndome? ¿Estaba controlando mis desplazamientos para vigilar que yo cumpliese con su disposición?
Me moví en el camastro y algunos rayos de sol cayeron en mi rostro. El alba estaba pronta a convertirse en franco día. Pronto vendrían a buscarme los de la comitiva. Dí una vuelta mas tratando de huir del presente y buscando sumergirme de nuevo en la noche, tratando de volver a traer al muchacho de nuevo hacia mí. En mi giro sentí un extraño objeto rozar mis piernas.
Me sobresalte, pues tenia la seguridad que no había dejado nada sobre la cama la noche anterior. Mire el suelo y ahí estaban mis escasas pertenencias, en el suelo, donde las había colocado antes de echarme en el camastro. Me incorpore sobre el lado derecho y deslice la mano debajo de mis sabanas y toque un pequeño bulto. Cogí con las puntas de los dedos aquel objeto y lo saque. Lo acerque a mi ojos, tenia la apariencia de un tamal seco, rectangular, no mucho más grande que mi mano, un amasijo de lo que parecía ser fibras vegetales firmemente sujetadas por un hilo también vegetal. Tenia toda la apariencia de un libro viejo. Pronto caí en la cuenta de que era eso y con una exclamación lo deje caer sobre las sabanas.
¡Un códice! ¿Pero como diablos había llegado a parar a mis piernas? ¿El muchacho del bar era acaso un contrabandista de objetos precolombinos? ¿Quizás estaba tratando de utilizarme como correo para sacar ese códice del país? Pero era raro que no hubiera intentado siquiera escamotearlo entre mis pertenencias. El quería dejarme ese códice. Sabe Dios de donde lo habrá sacado y sobre todo, ¿porque dármelo a mí?
De pronto sentí la premura de esconder el códice. No quería ni por asomo que me lo encontraran ni que lo relacionaran conmigo. No podia dejarlo ahí. Me lo llevaría, en el camino decidiría que hacer con él. Lo escondí dentro del morral tratando de disimularlo lo mejor que pude. Luego salí.
Ya habia amanecido. El tenue silencio estridente de los primeros minutos del día se había instalado en el ambiente. La gente de la comitiva ya se había reunido en un costado y casi podría jurar que circulaba un rumor entre ellos que los hacia mirarme después de algún breve intercambio de palabras. Temí que la presencia del muchacho del bar hubiese sido detectada por alguien más. Recuerdo que estuve un buen rato tratando de adivinar intenciones en sus rostros, pequeñas conspiraciones, con tanta atención los observe que me abstraje del todo. De mi abstracción me saco un leve posar de la palma de una mano en mi hombro izquierdo.
Al voltear, vi de nuevo al hombre vestido de blanco, el sacerdote, que había visto cantando en lengua desconocida. Su rostro denotaba familiaridad y sentí un escalofrío de susto cuando oí sus palabras:
- Hijo de la luna, tu tiempo esta cerca. Nuestros padres han hablado de ti. Su mensajero te ha visitado.
Y sin decir más se alejo dejándome alelada y sin posibilidad de proferir palabra por unos segundos. Para cuando recobre el dominio de mis emociones, el hombre ya no estaba a la vista. De pronto, tuve un tonto deseo de justificarme y de buscarlo para decirle que me había dicho hijo de la luna y que yo obviamente era mujer. Pero me sentí de pronto estúpida, quizás esas gentes depreciasen mi racionalidad europea. Pero lo que me hizo desistir de ese pensamiento era que si iba detrás de aquel hombre para corregirlo sobre equivoco en mi genero, estaría implícitamente aceptando sus palabras definiéndome de la forma como el lo había hecho conmigo. Nuevamente mi racionalidad. Doctora Marta Gutiérrez, me dije, en este continente la racionalidad no tiene mucho que decir.
Decidí olvidar ese episodio y continuar con mi aventura, treparme de nuevo a la camioneta. Pero aun tenia hambre y recordé que no había desayunado nada. Fui en busca de un tamal o algo ligero para alimentarme.
En la cocina encontré a un grupo de mujeres desgranando mazorcas de maíz y removiendo algún guiso en una olla de barro. Las presidía una mujer muy anciana con un rostro de infinito insomnio. Les pedí un tamal y un poco de leche de cabra. Comí parada ahí mismo, viendo la labor de aquellas mujeres, y aguijoneada por la preocupación de perderme la salida de la camioneta. En tres mordiscos y dos sorbos di cuenta de mi desayuno y deposite algunos pesos mexicanos sobre la mesa y me despedí de ellas para dirigirme a la camioneta.
Ya salía de la estancia cuando escuche que una voz con acento chiapaneco que alzaba sonora, clara y nítida por encima del barullo de la cocina. Las demás mujeres callaron cuando oyeron la voz de la matriarca insomne:
- No vayas con ellos. Haz lo que el mensajero te ha dicho. Ellos te perderán. No vayas.
Voltee y vi que la anciana me miraba con sus ojos de siglos, impenetrables. Comprendí que había dicho todo lo que me diría y que no agregaría nada más. Salí de la estancia con premura, huyendo de algún peligro desconocido. Y no me detuve, seguí caminando buen tiempo hasta que tuve la sensación que la comitiva se hubo marchado. Recorrí el campo circundante hasta que fue bien pasado el mediodía. Luego regresé al pueblo.
Un temor instintivo me hizo evitar la casa en la que había pasado la noche. Recorrí el otro extremo del pueblo y encontré un pequeño restaurante. Decidí almorzar y luego averiguar la forma de salir del pueblo. Afortunadamente el restaurante tenía un teléfono así que no me seria difícil contactar con algún conocido.
Quede satisfecha con la comida que me sirvieron y me dirigí al teléfono del local para contactar a Martín Goicoechea, de quien sabía vivía en San Cristóbal de las Casas, la antigua Chiapa de Españoles. Quede en visitarlo en su casa, tan pronto posible, mejor.
De salida del restaurante vi que había llegado un grupo de mochileros daneses que se habían instalado en las mesas y que se entretenían con un cantante que cantaba corridos acompañado de un viejo acordeón. Al paso escuche la letra de la canción:
Dicen que el diablo anda de ronda por la tierra;
Lleva en su carroza a sus siervos de paseo
Y luego de enseñarles el mundo, los encierra
Cinco horas después, yo estaba frente a la casa de Martín Goicoechea. Uno de los hombres más cultos que he conocido. Cubano de ancestros vascos, arqueólogo aficionado, historiador por accidente, había residido en Chiapas hacia más de treinta años. Cuando le pregunte en una ocasión porqué había dejado Cuba, me respondió:
- Para seguir a los demás.
- ¿Y porqué escogiste vivir en Chiapas en vez de irte a Miami?
Después de un corto silencio pensativo me dijo, guiñándome el ojo:
- Para ser original.
Su humor era una de las cosas que me hacían confiar en él. Así que le entregué mi historia desde el mismo día de mi visita al zócalo del D. F. Martín me escucho con suma atención, enarcando las cejas de vez en cuando, cuando le relataba algún que otro detalle particularmente raro o insólito. Cuando hube terminado mi discurso, le toco el turno a él.
- ¿Y todavía tienes ese supuesto códice contigo?- Me dijo.
- Sí, aquí mismo.- extraje el codice de mi morral y se lo extendí.- Mira.
El lo tomo con suavidad y lo abrió. Sus páginas estaban corroídas por el moho y por el paso de los años. Casi se desprendían y tuve miedo que aquel precioso objeto hubiera sido demasiado maltratado por mi huída y por el peso del morral. El examen de ese documento arqueológico duro casi cuarenta minutos, los dedos de Martín se movían entre las páginas, las pasaban una y otra vez y varias veces regresaban a la misma pagina. En una ocasión lo vi separar una pagina del resto y ponerla a su derecha, lejos de las demás. Estuve a punto de protestar por lo que consideraba un maltrato innecesario a aquella pieza precolombina, pero la atención detenida que ponía Martín en su revisión me hizo desistir.
Cuando pareció haber quedado satisfecho con su examen. Poso la mejilla izquierda sobre la palma de la mano y miro intensamente la página separada como si examinara un pensamiento en su fuero interno. Acto seguido lo vi sacar una hoja en blanco de su escritorio y transcribir algo de la página solitaria. A veces se tomaba tiempo para buscar en el resto del códice, como si buscara cotejar alguna información suelta.
Garrapateo un poco en la hoja en blanco y después de un rato. Levantó la mirada para mirarme fijamente a los ojos.
- El códice es autentico. Quizás algo tardío, incluso podría datar del periodo colonial. No puedo determinarlo con exactitud sin una prueba científica. Pero el espíritu es maya definitivamente, desde ese punto de vista es autentico. No necesito decirte que es invalorable.
- Pero, ¿qué hacia aquel muchacho con este codice andadndo por ahí como si nada?- le dije.
Martin se arrellano en su sillon y me dijo:
- Hay otras cosas más importantes en torno a este asunto, Marta. Por ejemplo, esta pagina.- tomo la pagina que había separado anteriormente del códice.- No forma parte del codice original, pero es también antigua, calculo que aproximadamente del siglo XVIII. Paciencia, Marta. Que sea antigua no es lo extraordinario sino que
. ¡Esta escrita en quechua!
- ¿En quechua? ¿El idioma de los incas?
- Sí. Y no en cualquier dialecto. Esto no es quechua de Ecuador ni Bolivia. Es quechua cusqueño, de la ciudad imperial misma.
- Pero espera. ¿Que tiene que hacer un documento quechua dentro de un códice maya en México? Estamos muy lejos del Perú.
- Mas aún, Marta. El quechua es un idioma predominantemente oral. Es raro encontrar un documento colonial en aquella lengua.
- Asombroso, realmente asombroso
- murmuré.
- Ah
.. Y aun hay otro detalle que prefiero que tu juzgues por ti misma. Aparentemente el texto en quechua es traducción de una sección del códice maya. Esa parte es justamente la que estaba traduciendo del quechua a esta página en blanco. El texto maya está justamente aquí, Marta.- Martín me señalo con el dedo una pagina llena de ideogramas, y luego añadió con una sonrisa:
- Quieres leer mi versión de la traducción quechua del fragmento del códice maya?
Por supuesto que quería y casi le arranque la hoja de papel de las manos. Ansiosamente pose mis ojos sobre las palabras garrapateadas por Martín. Al leer el titulo sentí un terremoto en lo más intimo de mi ser. Decía: El Regreso del hijo de la luna.
Un espasmo de sangre recorrió mi columna vertebral y me derrumbe en el sillón más cercano, dirigiendo una mirada de incredulidad a Martín.
- Creo que debes buscar cuanto antes a ese chico que encontraste en el bar. Visitar esas ruinas de las que te hablo- dijo mi interlocutor con una sonrisa que se me antojo de la máxima seriedad posible