


| Escritor: | Darthelimort |
| Públicado: | 06/02/2008 |
El sol salía de una sierra situada al este de la pequeña ciudad, su luz ya empezaba a bañar al río y la ciudad que comenzaba a despertar. Pero algo era raro en aquel amanecer, algo no andaba bien El cielo estaba rojo y eso sólo podía significar una cosa: había habido muertes aquella noche.
El ambiente en la ciudad se hacía cada vez más tenso. Nadie sabía que algo había pasado, pero todos intuían que aquella noche se había derramado sangre en la ciudad Pero aún así, con esta desagradable intuición, se levantaron, intentaron mirar hacia otro lado y se dispusieron a proseguir el día, evitando cualquier mala cara y saber realmente lo que había acontecido.
Así fue el caso de un hombre que empezaba a trabajar desde bien temprano en el ayuntamiento, que estaba en la mayor plaza de la ciudad, la que tenía más importancia en los habitantes, y donde estaba la carpa de la feria ambulante. Cuando este hombre iba subiendo por una cuesta que daba a la parte de atrás de la plaza, intuyó que algo no andaba bien en la plaza, porque la carpa todavía estaba en pie y aquél día, según había oído que decía el concejal de festejos, tenían que haberse ido ya de la ciudad los feriantes, o por lo menos haber recogido ya todo
Algo contrariado el hombre se dirigió hacia la carpa y vio con asombro cómo dos hombres hablaban en la entrada a ella, que estaba cerrada. Se acercó aún más a la estructura y oyó cómo los hombres hablaban. Ambos parecían irritados.
- Pero, ¿cuándo va a salir ese hombre de ahí?
- Yo la verdad es que no lo sé -decía el otro rascándose la cabeza-. Esto me da mala espina ¿No deberíamos, quizá, entrar para ver qué ocurre?
- ¡Ni hablar! Ya sabes que al jefe no le gusta que le interrumpan (y a quién no) cuando está cuando está vamos
- Cuando está con ella -dijo el otro acabando la frase.
El primero asintió, dando por zanjado el tema. Mientras ellos tenían esta conversación, el trabajador del ayuntamiento se acercó.
- Hola señores. Bien, querría hablar con el encargado de esta feria ¿está ahí dentro? uno de los hombres asintió-. Bien, ya veo Pues me van a tener que dejar entrar el otro de los hombres abrió la boca para responderle, pero el funcionario se le adelantó-. Me da igual que no quiera que entre, soy el secretario del concejal de festejos, y puedo entrar ahí ¿O prefieren que llame a la policía, para que les haga entrar en razón? los hombres negaron, avergonzados-. Perfecto dijo el secretario con una gran sonrisa-, así me gusta. No tardaré demasiado
Entonces uno de los hombres le abrió la entrada de la lona y el secretario entró, sin más contemplaciones.
Cuando entró dentro, le dio la impresión de que estaba en la más absoluta oscuridad, puesto que no entraba casi luz, pero a medida que fue avanzando, y la luz del se filtró por un agujero que había en el techo, una luz empezó a iluminar la carpa, salvo que la luz se tornaba roja al llegar al suelo, donde parecía haber un fardo tirado.
El hombre corrió hacia eso, y cuando estuvo ya a un par de metros de ello, las pisadas que antes sonaban apagadas, ahora sonaban con un leve y casi inaudible chapoteo.
Entonces el sol avanzó aún más e iluminó gran parte de la carpa. Fue en aquel momento cuando el secretario se dio cuenta de que no era un simple fardo, si no un hombre, el que llevaba todo aquello de la feria y presentaba las criaturas. Tenía los pantalones desabrochados y había sido atravesado de lado a lado por algo que se le antojaba grande y alargado, pues tenía un agujero bastante grande que le atravesaba todo el torso Al secretario le produjo tal impresión ver eso que quiso correr lejos, pero sus piernas no le respondieron, lo que hizo que se cayera al suelo.
El hombre de repente se encontraba en el suelo, delante de un cadáver, pero había algo raro en esa escena se sentía húmedo. Fue cuando miró hacia abajo alrededor suyo y vio que estaba en un charco de sangre.
Un grito salió de su garganta, para justo después levantarse, correr todo lo que su estómago le permitiría, y vomitar justo en el umbral de la carpa.
Viendo los gestos que manifestaban un nerviosismo crítico en el hombre, los muchachos que antes habían estado hablando con él se miraron algo confusos y tras adivinar lo que había allí dentro, decidieron no entrar, ya que les traería problemas, y llamaron a la guardia civil y a la policía, que no tardó demasiado en llegar, hacer preguntas molestas y acordonar la zona, evitando así que cualquier curioso entrara en la carpa.
Estuvieron mucho rato merodeando por toda la feria, contando si estaban todas las extrañas criaturas. Entonces vieron que faltaba la mutante humana, lo cual ya habían supuesto al ver la brutal escena del crimen, por no decir del estado en el que se había encontrado al fallecido, que había parecido ser asesinado en medio de unos actos no muy buenos
Visto esto, todas las pruebas que reunieron (tanto de los testigos como de la escena del crimen) las llevaron a la comisaría, donde un grupo de forenses las estudiaron y dijeron todos los resultados a los policías, que si antes ya estaban confusos, ahora lo estaban aún más
Lo único de lo que estaban seguros era que el hombre había muerto porque algo lo había atravesado de lado a lado y que le habían atacado por la espalda. La herida tenía una forma que los forenses nunca habían visto en la vida, pero hallaron células de un ser vivo en ella, aunque no era una célula cien por cien humana, se podía decir que era una célula de mujer
Entonces la policía ya tenía todo lo que necesitaba Simplemente tendrían que indagar más sobre quién había sido en el pasado la criatura que ahora era El Ángel Caído y sólo les quedaría capturarla Aunque no sería tan fácil pero quizá tuvieran una idea de cómo conseguirlo. Lo que estaba claro es que no había que decírselo a los ciudadanos pues el plan que armaran se les desbarataría
Y así fue pasando el día, que pronosticaba una noche fría y pesada desanimada Pocos saldrían aquella noche a bares o discotecas, por miedo a encontrarse con lo que quiera que hubiera matado al hombre de la feria.
***
Por las calles, una muchacha caminaba a grandes zancadas por una gran avenida. En su espalda llevaba una especie de mochila, y lo más raro era que llevaba una gorra, aunque era de noche.
Sus pasos resonaban por la solitaria calle y su respiración, rápida y entrecortada, asustaba a cualquier animal que pasara por ahí. Ella parecía estar muy nerviosa y cada poco tiempo miraba hacia atrás con gran temor.
De repente paró y miró de lado a lado de la acera, se había parado cerca de la cima de unas escaleras y miraba con interés el edificio que había al lado de ellas. Un espasmo le recorrió todo el cuerpo y miró hacia las sombras del otro lado de la calle, donde había unos soportales cubiertos por las sombras. Lo que ella no sabía es que una sombra la esperaba en aquella oscuridad
En el cobijo de los soportales, un grupo de hombres armados esperaban al frente del edifico de las escaleras. Todos parecían estar muy nerviosos, sin saber qué se podrían encontrar ni cómo tendrían que actuar, salvo un hombre que empuñaba su arma seguro.
Un rayo sonó a lo lejos.
La cara del hombre relució con el resplandor. Sus ojos azules brillaron, sedientos de sangre y poder. Sus finos labios sonreían de forma diabólica mientras se agazapaba detrás de una columna, apuntando al portal del edificio del que estaba cerca la chica.
Al ver el nerviosismo de sus compañeros su sonrisa tornó a mueca, mientras murmuraba algo que ellos interpretaron como utos incompetentes
- Tranquilos dijo finalmente en voz baja pero clara, para que se enteraran-. Recordad que no sabe que estamos aquí eso es un punto a nuestro favor, ¿no?
- Sí, pero Gabriel, amigo, ¿recuerdas que no llevamos chalecos antibalas?- respondió uno de los hombres claramente alterado y con tono de reproche-.Y no llevamos balas, si no dardos somníferos ¿Qué tal si no le hace efecto, eh? ¿Habías pensado en eso?
El hombre llamado Gabriel se incorporó y puso los brazos en jarras. Era alto y parecía estar bien formado, su pelo, ahora iluminado por la luz de las farolas de la calle, era castaño oscuro, casi negro, y era corto e iba despeinado. Su cara tenía rasgos duros y muy marcados, y su rostro estaba cubierto por una barba de tres días. En definitiva, se podía decir que era apuesto, o al menos a muchas de las personas de su alrededor les gustaba.
Gabriel miró a su compañero, lleno de furia. Cuando habló, su voz sonó como una daga.
- Serás idiota ¿crees que un chaleco antibalas te valdrá contra sus armas? Además ¿Te suenan las ordenes: La queremos con vida? -le dijo en un susurro-. Infeliz Eres un cobarde, no sé cómo pudiste meterte al cuerpo de Policía. Ahora ya entiendo por qué tu mujer te dejó añadió con crueldad-. ¡Estoy rodeado de incompetentes!
Esto último lo dijo subiendo el tono de voz y, acto seguido la chica de la acera de las escaleras soltó un gritito y una fugaz sombra la sustituyó, para pronto dejar de ocupar el espacio que la chica había dejado.
Los hombres de los soportales no se lo podían creer. Miraban con una mezcla de terror y triunfo la escena. Uno de ellos se río a carcajadas y dijo con mofa:
- Uhm, Gabriel Me parece que el ascenso se voló poniendo énfasis en la última palabra-. ¿Qué dirá el jef
Pero la última palabra sonó de pronto ahogada. Todos se volvieron para verle Sus ojos, abiertos de par en par, mostraban una mirada de terror, mientras que de su boca salía sangre a borbotones. Intentó tapar la herida que le ocasionaba aquel derramamiento de sangre, pero era muy tarde, su herida en el cuello, que había comenzado siendo pequeña, se hacía cada vez más grande, hasta que se dio por vencido y cayó al suelo donde aterrizó ya muerto, bañado en su propia sangre.
El resto de los hombres se volvieron a Gabriel, que miraba con satisfacción el cadáver del bufón.
- Os advierto no seáis tan suicidas. Ya sabéis que ocurren cosas impensables cuando se dice lo que no se debe ¿no? los demás le miraron aterrorizados mientras éste se volvía a mirar al portal y añadía-. Y mas os vale no gritar por lo que va a ocurrir ahora con su cadáver, no quisiera que nos descubrieran aún más-dijo algo irritado.
Casi ni había acabado la frase cuando el cadáver del burlón empezó a arder y quedó reducido a cenizas en cuestión de segundos.
- Tranquilo, hombre, ya estamos acostumbrados a que estas cosas raras, pasen.-contestó uno de de los compañeros, con valía-. Pero, ¿qué pasó con la muchacha que allí estaba?
Gabriel levantó la mano, indicando que callara, y al momento señaló a una farola, donde parecía haber una sombra. Poco después se movió y desapareció de la luz. Entonces él les indicó que se quedaran ahí abajo, mientras él se acercaba al edificio
***
La muchacha alada sonreía para sí misma. Parecía que había confundido a quien quiera que la siguiera. La idea de vestirse como una chica normal con sus alas plegadas intentando asemejar a una mochila, le había ido bastante bien. A parte que la voz que había oído se había delatado a sí misma y eso le había ayudado a desaparecer mejor
Entonces miró a la ventana que tenía delante. Era el segundo piso del edificio ante el cual había estado parada antes, en la acera.
Por mucho tiempo que hubiera pasado, nunca podría olvidar aquel lugar su casa, el lugar en el que había vivido la mayor parte de su vida. Pero ahora ya nada de eso importaba, ahora sólo quería ver a su madre y a sus hermanas, las echaba tanto de menos
Pero de todas formas, aún teniendo estos sentimientos, ella había comprendido que nunca más volvería a ser Alma, que nunca volvería a aquella época en la que su vida había sido mejor. No podía vivir en el pasado, pero debía verlas, tenía que hacerlo, si no sentía que moriría.
Tenía miedo. Miedo de que no la aceptaran. Miedo de que la hubieran olvidado. Miedo de que la hubieran reemplazado. Miedo de que les causara terror. Miedo de no quererlas porque nunca la buscaron. Miedo del rencor y el odio que ocasionó su partida
Al fin Alma se armó de valor y saltó al balcón de la que había sido su casa. La puerta del balcón estaba abierta, algo que no era raro antes, cuando ella vivía allí, ya que a esas alturas del año solía hacer calor en la casa y dejaban que el gato saliera. Puso un pie en el umbral de la puerta, decidida a entrar, a afrontar la situación y a hacer saber quién era y que quería seguir perteneciendo a aquél lugar.
Cuando entró, vio que habían cambiado la decoración, cosa que le parecía muy rara, ya que nunca tuvieron dinero para ello. Hasta la casa no olía igual. La casa no olía a su madre ni a sus hermanas. Entonces se dio cuenta Algo no era lo que parecía Y dio unos pasos hacia atrás, dispuesta a irse cuanto antes de aquel lugar.
Justo cuando Alma retrocedía, noto una presencia a su espalda, en el balcón. Un hombre de ojos azules la miraba como si el fuera un perro y ella una ramita que había de recoger para entregarla a su amo. La mujer alada se quedó paralizada, había algo en los ojos de ese hombre que no le gustaba nada.
De repente Alma chilló. Movió su ala derecha y se encontró con un agujero que se hacía cada vez más grande, y que amenazaba con cortar su ala. Al momento siguiente la otra ala comenzó a arder, mientras que sus piernas se congelaron, quedándose pegadas al suelo. Era tal el terror que intentó moverse, pero fue peor, notó que al hacer el esfuerzo se había roto un tobillo, y que el hombre que había delante de ella cada vez sonreía más, a la vez que se acercaba y la rozaba con la mano en la mejilla.
- Pequeña -dijo-. Te creía más inteligente, no supusiste que sería aquí el primer lugar donde te buscaríamos Eres tan Patética. Aún tenías la esperanza de que tu familia te aceptara. Siempre fuiste tan débil le susurró al oído mientras daba vueltas alrededor de ella.
Entonces Alma comenzó a enfurecerse cada vez más. El hombre tenía razón. Tenía que comprender que los sentimientos eran de los débiles, y que, además, eran humanos. Y ella no lo era.
De repente algo inesperado ocurrió, ella estalló en llamas, se liberó de su cepo de hielo y en tan solo una milésima de segundo, dio una fuerte patada hacia atrás, lanzando al hombre dentro del piso y rompiendo cualquier mueble que hubiera a su paso, hasta que chocó con la pared y cayó en un mar de astillas y libros.
Alma aprovechó para echar a volar. Aunque le dolieran las alas, tenía que escapar. Lo que no sabía era que el hombre ya había jugado una de sus múltiples cartas y cuando ya estaba a veinte metros del suelo, sintió un gran dolor, y observó con horror cómo su ala se desgajaba y se separaba de su cuerpo, haciendo que ella cayera directa a la calle.
Era el fin. Su ala caía al lado de ella. Cada vez el suelo estaba más cercano. Pero cuando estaba dos metros del suelo, una fuerza quitó velocidad a su caída. Dándole tiempo a ver cómo su ala caía antes que ella. Finalmente, cayó al suelo, donde el dolor se hacía cada vez más intenso
Un sopor se adueñaba de ella, estaba muy cansada, pero debía mantenerse despierta, no podía dormir Oía unos pasos que se le acercaban. Alzó la mirada y se encontró con aquellos ojos azules, aquellos que le inspiraban tanto temor. El hombre sonrió:
- Duerme, bonita, duerme Mañana te sentirás mejor
Y comenzó a reírse mientras sacaba un arma de su bolsillo. Alma lo sabía, ahora sí que era su fin. Oyó un disparo. Un dolor apareció en su espalda, pero era tenue. ¿Quizá eso era la muerte? Ella no lo sabía con certeza. Pero notaba que el sueño la apremiaba y sin poder negarse, sus ojos se cerraron, mientras pensó que quizá eso sería lo último que pensara
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