El sol se iba poniendo más fuerte. A mí alrededor sentí, no vi, lo percibí, que una pequeña multitud se aglomeraba. Pensé que serían los pasajeros del bus que me había traído a Sacsayhuamán. Lentamente me fui desvaneciendo, el sol empezaba a tomar tonalidades ocres, pensé en mi delirio que la noche había llegado de pronto, pero calcule que tan solo eran las diez de la mañana cuando el bus había arribado a las ruinas de la fortaleza. Caí a tierra y en mi desmoronamiento abrí los ojos inmensamente mientras el cielo se puso negro y el sol se volvía violeta.
Después de unos segundos de yacer en el suelo me fui incorporando lentamente. Reconocí el lugar inmediatamente. Las ruinas de Sacsayhuamán, el ambiente era negro, iluminado por ese sol violeta, las piedras centenarias lucían como un enorme animal mitológico recogido en si mismo. Mis sensaciones se agudizaron, vi alrededor y el terreno parecía el mismo, solo que ahora iluminado por la negritud de la noche, no escuche pájaros ni animales, casi podría decir que ni aire existía en este mundo al que había emergido. No se escuchaba ningún ruido reconocible. Mi conciencia se fue asentando paulatinamente, mis sentidos empezaron a funcionar normalmente de nuevo, así fue como descubrí que no estaba solo en aquel lugar.
Yo estaba al medio. Dentro de un circulo de seres que empezaba a distinguir en el ambiente violáceo. Conté una a una mentalmente las siluetas, una por una, hasta figurarme el mismo numero de pasajeros que habían ido conmigo en el bus. Las siluetas se movían apenas como asegurarse que no me escaparía, pero sin atreverse a tocarme. Luego una de ellas, la más alta, dio un paso adelante y se acerco hacia mí. Vi su forma perfilándose contra ese extraño eterno atardecer, pero no le distinguí ningún rastro de cuerpo o rostro. La figura me miro intensamente por unos instantes, como si quisiera reconocerme, movía la cabeza en un acto de observación que podría pertenecer más a un felino o a un ave de rapiña. Después, repentinamente, con gesto vigoroso extendió delante mió una antorcha apagada, poso la mano izquierda sobre la punta de la misma y la tea se encendió con una llamarada. Entonces los pude ver definidamente.
Ante mi habían más de una docena de demonios altiplánicos. Como los que yo había visto que bailaban en la fiesta de la virgen de la Candelaria de Puno. Solo que esta vez eran reales. Sus mascaras no eran mascaras, eran rostros vivos, expresiones salvajes y terrorificas.
El demonio de la antorcha, me ilumino, de nuevo era el guerrero maya. El me iluminaba de pies a cabeza y empezó a hablar en una lengua que me pareció incomprensible. Le hice señas que no le entendía nada. El demonio se detuvo y volvió a repetir las mismas frases. Pero de nuevo no le entendí nada, aunque las frases me parecían extrañamente más familiares en esta ocasión. De nuevo le suplique que repitiera, el demonio sin inmutarse, sin enfurecerse, apunto la tea contra mi e inicio por tercera vez su discurso. Esta vez si entendí y comprendí con asombro que todo ese tiempo me había estado hablando en español antiguo, en el idioma que hablaron los conquistadores que arribaron a América en el siglo XVI. ¡Mi propio idioma de española!
Fue poco lo que comprendí de las palabras del Supay. Pero de lo que le entendí retuve que era una especie de divinidad prehispánica. Luego me hablo directamente como si me conociera y me dijo que ahora tenia que cumplir la misión que hacia 488 años había dejado interrumpida. El Supay me interrumpió cuando adivino que iba a interrumpirlo para cuestionar algo absurdo en su discurso. Dijo que si había escogido hablarme en el idioma de los conquistadores era porque había temido que olvidase las lenguas aborígenes y que finalmente el no había acertado a adivinar qué lengua entendería. Y agrego que aunque mi había vivido en el cuerpo, y con la mente de una española del siglo XXI, mi esencia era la misma. Se detuvo y miro mi cuello. Dijo:
-Agora tyenes los dos artefactos. El códice del norte, el amuleto del sur. Agora debes cumplimentar el rito.
El Supay se hizo a un lado como invitándome a seguirlo, los otros demonios se movieron también, dejando un espacio vacío hacia el cual debería dirigirse mi mirada. Hacía allí miré. El muchacho del bar estaba parado, al pie de las piedras inmensas de Sacsayhuamán. Pero no era el muchacho en realidad, o sí era el mismo muchacho, solo que ahora era diferente. Ahora tenia el cabellos largo y vestía como un sacerdote quechua.
Me acerque lentamente hacia él, y mientras caminaba en mi cabeza se me representaba simultáneamente la misma imagen. Una escena imposible, un acontecimiento que nunca ocurrió. Un guerrero maya sagrado caminando al encuentro de un sacerdote incaico. Una reunión que había esperado casi quinientos años en cumplirse y que fue interrumpida violentamente cuando estaba a punto de acaecer. Un acto del que no hablaron ni hablaran nunca los libros de historia, del que ni lo mas alucinados estudiosos se atrevían siquiera a especular. Algo que debió pasar y nunca paso.
- Has conseguido el amuleto.- afirmo en quechua el chico, ahora sacerdote inca. Has recuperado los signos de tu misión, guerrero. Ahora debes completar el rito y volverás a ser puro y el deseo de los dioses ancestrales de nuestras gentes se cumplirá al fin.
Cuando abri la boca, mis labios profirieron palabras en maya antiguo (no me digan como supe que era maya antiguo, porque lo era, lo sentía):
- Sacerdote, he tardado casi quinientos años en viajar desde mi lejana tierra del norte, al fin he llegado. Aunque creo que
.- vacile no porque no supiera que decir pues las palabras venían a mi sino por tristeza ante mi dilación-. Aunque creo que he llegado ya muy tarde, demasiado.
- Eso solo lo determinaran nuestros apus y tus dioses, guerrero.
No tuve tiempo de afirmar ni negar más. El sacerdote se tendió a tierra y enterró unas hojas de coca al pie de la fortaleza. Se puso de rodillas y extendió las palmas de las manos ante el sol violeta y empezó a orar. Uno de los demonios se acerco a mi y vi que traía consigo ¡un becerro! Fue acercándose con el animal al sacerdote inca. Entonces vi que el sol se empalidecía en el cielo negro mientras los rezos se intensificaban. Un par de segundos más tarde, el sol se sacudió violentamente y expidió un par de grandes bolas de fuego que descendieron a tierra para caer calcinadas a pocos pasos de mi. El sacerdote enterró la cara en el suelo y empezó a gritar casi sus rezos y el sol tembló con mas fuerzas y lo vi desprender en medio de humaradas muchas bolas de fuego que empezaron a vagar por el firmamento como erráticas estrellas fugaces, buscando una dirección un lugar para impactar. Empezaron a rozar cerca mío y temí por mi vida.
El sacerdote se levanto del suelo y miro el cielo cubierto de esferas ígneas y volvió a hablar.
- Ahora tu purificación se ha cumplido. Haz cumplido con tu misión, guerrero. Ahora debes volver a tu país. Reencontrarte con el sacerdote que te envió. El te dirá si el sacrifico ha sido escuchado por nuestros dioses.
Abrí la boca para decir algo. Pero el sacerdote me atajo antes que pudiera proferir ningún sonido:
- No. No digas nada, guerrero. Ahora solo te toca volver.
El sacerdote se dispuso a elevar las manos otra vez al cielo. Pero se interrumpió, como si hubiera recordado algo:
- Por cierto tu guía te ha sido infiel.
- ¿Que guía? No tengo ningún guía he hecho mi camino hasta aquí solo. Con nadie he hablado. A nadie he consultado.
- Sí hablaste con alguien, el que te revelo el secreto del códice. No te contó todo lo que hallo en él. No te ha dicho la historia completa.
Comprendí inmediatamente a quien se refería. Martín Goicoechea. El sabía de él. Voltee hacia el sacerdote, pero él me dijo.
- Debes volver.
Dicho lo cual completo el gesto que había interrumpido hacia unos minutos, levanto las palmas al cielo. La tierra se agito a mi alrededor y vi aproximarse una esfera incandescente que no se detuvo hasta impactar contra mi cabeza.
Cuando abrí los ojos noté que estaba sola, tirada en medio de la explanada de la fortaleza. De nuevo era una española del siglo XXI, mire mi reloj habían pasado casi cuatro horas. Descubrí que tenia en una mano aferrada al amuleto y en la otra el códice maya. Sin saber porqué me encogí como un feto y me puse a llorar amargamente.
Saqué mi teléfono celular del morral. Larga distancia a México. A San Cristóbal de las Casas. Estado de Chiapas. Un segundo, está timbrando el celular y mi corazón palpitaba con fuerza. Luego escuché la voz de Martín del otro lado.
- Me mentiste, Martín.- Le grite entre sollozos.- ¿Por qué lo hiciste?
- ¿Cálmate, Marta! No te mentí. Si quieres lo que hice fue solo ocultarte un poco las cosas. Pero lo hice porque creí que no tomarías en serio lo que te diría. Quizás pensarías que era una cosa de Chamanes y brujos, de gente supersticiosa, quizás peligrosa. Es cierto, había algo más en le texto en quechua del siglo XVIII. Algo que no forma parte del texto del códice.
-¿Qué decia, Martin?- Le grite con desesperación e impaciencia.
- Aquí te lo leo mas o menos. Recuerda que el original es quechua colonial. Dice esto. Yo, Domingo Pancaccaurí, descendiente de la pacana del Inca Manco segundo, he venido hasta México en el año del señor de 1780, cumpliendo con la misión que me encomendado mi Tío, Demetrio Pancaccaurí, sacerdote del sol. He hallado este codice y aquí lo traduzco porque he fracasado en mi misión, porque los sacerdotes de Chiapas me han dicho que no soy el indicado y que nuestra rebelión en el Perú fracasara miserablemente
. Siguen otras cosas, Marta. Pero ya te puedes imaginar cual es el contexto. La rebelión a la que hace referencia es la de Túpac Amaru II. Quizas en el Perú pensaron que el cumplimiento se iba a dar con Tupac Amaru II y lo mandaron en busca de buenos auspicios. No lo sé. Algo más puedo decirte de este Domingo Pancaccaurí. Nunca más regreso al Perú. Su rastro se perdió en las selvas de Chiapas. Quizás espero hasta el final de sus días el cumplimiento de la leyenda por la que había venido desde tan lejos. No te lo puedo asegurar.
Consternada, colgué el auricular sin despedirme de Martín. De pronto me sentí parte de una enorme maquinación. Me sentí injustamente involucrada en una historia de indios de la que no formaba parte ni por origen ni por cultura. Odie mi destino y me sentí más sola que nunca.
Ahora no sabía que hacer. ¿Ir a Chiapas? ¿Ir al congreso a Veracruz? ¿Regresar a España? ¿Quedarme para siempre en el Cusco? Vague por los alrededores de la fortaleza sin decidirme a abordar unos de los buses que me llevara de nuevo al Cusco. Hasta me senté abandonado en un mojón del camino. Desde ahí vi a un grupo de mochileros que semejaban a los daneses que había visto antes en México. Quizás fueran los mismos. Las cosas se encerraban endiabladamente y yo estaba en medio de todo eso. Cubrí mi cara con las manos y me puse a llorar vigorosamente de nuevo. Una mano y una voz conocida me sacaron de mi gimoteos.
- Señorita aun le falta regresar. ¿Qué esta esperando? El sacerdote de Chiapas aun está esperandola. A él debe volver.
Levante la cara y me quede sin aliento. El chico del bar, el sacerdote inca. Ahí estaba junto a mi, parado a mi lado. Quise levantarme abrazarlo contra mi, averiguar si era una aparición, un sueño, parte de un delirio.
Volver de nuevo a Chiapas de nuevo. Al sacerdote, con la misión cumplida, purificada.