No te muevas de aquí dice el hermano, recostándolo en un hueco del monte. Voy a regresar por ellos.
No me dejes suplica, porque, aunque quiere recuperar sus dedos, que no sabe cómo demonios se mutiló, es más grande el temor a ser atrapado, no te vayas, por favor, la policía me va a.
Y no alcanza a decir más. La sed le empolva la garganta. La vista se le nubla, pierde el sentido, empieza a delirar palabras que oyó en voz de su madre: ¿Sabían que los ciempiés se meten en el pelo y se encajan en la cabeza de la gente y no hay más poder que el de Dios para arrancarlos de ahí porque la ayuda nunca llega a tiempo y su veneno mata muy rápido? La gente que se salva queda mal, como si el ciempiés le hubiera sorbido el juicio, ida de la mente, sin ánimos ni para comer, igual que un vegetal, y con el cerebro muy por debajo del de un animal, como si su pensamiento fuera el de un árbol.
Trata de imaginar lo que pensará un árbol y pregunta, sin atender a las risas, si los árboles piensan. ¿Cómo van a pensar? se burlan los hermanos y el papá Se debe estar loco para imaginar eso. Un pensamiento vegetal. La pesadilla es tan real, tan irrefutable, que imagina al ciempiés incrustado en el cuero cabelludo, aferrándose implacable, insobornable, y luego la cicatriz que parece la imagen de un ciempiés, en relieve, imborrable. Pregunta a su madre si los muertos son enterrados con el ciempiés, pero ella evade las preguntas. Él se queda mirando la cicatriz del animal imaginario que se aferra con las patas mientras asesta el veneno. Apenas se distingue en la cabellera abundante, sedosa, ajada de su madre, que se estremece y arquea la espina dorsal como si recibiera un relámpago por dentro, y aún así no deja de contar una y otra vez la misma historia.
El mundo es una maraña de nudos que pocos saben desatar. A veces los nudos se desatan solos y uno se queda pasmado, mirando sin mirar, sabiendo sin saber qué hacer. Esto es lo que está a punto de sucederle. Pero el hermano regresa justo en ese momento y lo reanima, y ya no puede recordar qué misterio iba a desatar en su delirio.
¿Por qué me dejaste? recrimina Te has de haber arrepentido a medio camino y por eso regresaste, ¿verdad?
Mejor cállate le contesta el otro, tendiéndole un envoltorio.
¿Qué es?
El hermano desenvuelve un pañuelo y le descubre los dedos cercenados. El mutilado siente una trabazón en el estómago, se queda sin saber qué decir, con una especie de culpa por haber dudado. Trata de levantarse pero se le cierran los ojos y se le doblan las piernas. Se desploma en la tierra sin encontrar un asidero.
No te duermas, levántate, tenemos que salir de aquí.
Tengo frío.
¿De dónde sacas el frío? Este calor desgraciado está bueno apenas para el infierno. Ha de ser que tienes calentura. Ándale, mejor vámonos a la casa.
El panteón queda cerca. Vamos.
¿Al panteón? ¿A qué?
A enterrar mis dedos.
Nada más a ti se te ocurre.
En otro momento el hermano habría reído, pero está furioso por tanta torpeza, por tanta necedad. Cualquiera con un poco de imaginación diría que la tierra ha sido sembrada con fuego, poco falta para que brote lumbre por el camino que lleva al camposanto. El viento no se mueve, se detiene a la orilla de las paredes, buscando refugio en la sombra. Falta mucho tramo para llegar al lugar en que viven, pero no pueden quedarse a mitad de camino, agredidos por este sol enrabiado. La canícula ha entrado en seco. No hay ni gota de nube.
El mutilado olisquea el envoltorio y un asco penetrante arruga su rostro. Maldita canícula, piensa. Y recuerda lo que alguien le dijo cuando preguntó qué era la canícula: Es un tiempo en el que hace un calor como para que nos dé rabia a todos los que somos más perros. El aire se pone tan caliente que quema las hojas de las plantas. Los pájaros caen de su vuelo porque se les arden las alas. Y si no llueve, es peor, porque parece que el infierno se ha situado en la tierra.
Habíamos de tirarlos en cualquier lugar dice el hermano.
¿Y que se los trague un perro?
No. Digamos que los ponemos en un hormiguero y.
Cómo se ve que no son tuyos.
Pues si me apuras, tampoco son tuyos. Además diría lo mismo si fueran míos. Haríamos bien en esperar a que se aplacara el sol.
Por más malvado que yo sea, también soy estos dedos.
O sea que ya estás casi dos dedos muerto dice el hermano sin contener la carcajada.
Ríete cuanto quieras. Pero gracias por regresar por ellos.
Para qué son los hermanos. Aunque la verdad tus dedos no valían ya la pena. Lo que me preocupaba era otra cosa.
De todos modos, gracias.
Nunca antes ha estado tan contento de vislumbrar el panteón. No es como otras veces. Ahora le urge entrar ahí para liberarse no sólo de los dedos, sino de la pestilencia, de la pudrición que se desprende del envoltorio. No han pasado ni tres horas desde que se los cercenó y ya reniega de ellos. Pero no puede dejarlos en cualquier lugar. Las moscas merodean, relamiéndose. Las espanta con la mano sana y se posan tercas en la mano incompleta. Maldito calor, ¿cómo no se ensaña con las moscas? Y para colmo, la puerta del panteón está cerrada.
¿Y ahora, qué hacemos?
Enterrarlos afuera del panteón.
No.
¿Entonces qué quieres, que le diga al enterrador que nos deje pasar porque vamos a sepultar unos dedos? ¿Y no quieres que también les hagamos velorio y que contratemos un sacerdote para que les rece?
Te podrías brincar la puerta y enterrarlos.
¿Con este calor? Toca la reja para que sientas cómo quema.
Qué te cuesta. Como buen hermano. Ya ves, ¿cómo sí te regresarte a salvarlos? Ya nomás este favor.
Estás loco. Si me regresé no fue para salvar tus apestosos dedos, sino para salvarnos de la policía.
El mutilado queda con la boca abierta, expuesto a que se la invadan las moscas. No acaba de comprender el alcance de las palabras de su hermano. No sabe muy bien de qué demonios le habla. Su pensamiento zumba peor que el vuelo terco sobre el envoltorio y los muñones, obstinado en encontrar sentido a lo que acaba de escuchar.
Qué quieres decir.
Regresé por las huellas.
¿De mis dedos?
Los encontrarían y te buscarían, mejor dicho, nos buscarían. ¿Te imaginas cómo íbamos a explicar que tus dedos estuvieran en una casa ajena? Por más explicaciones que diéramos, iban a creer más en los dedos abandonados ahí que en lo que dijéramos.
Así que era eso.
Claro que era eso. ¿Qué te creías?
El mutilado se queda mirando hacia la parte más alejada del camino. El mundo es una maraña de nudos que pocos saben desatar. Pero a veces se desatan solos y uno se queda pasmado y no sabe qué hacer. Sin pensarlo, le tiende el envoltorio al hermano.
Ten le dice. Haz con ellos lo que quieras.
Y a medida que se aleja por el camino, siente la cicatriz de un ciempiés enterrándose bajo su cabello con la saña ardiente de la canícula.
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