Candelaria y el último niño

Candelaria y el último niño



Parecía que todas las ancianas del pueblo estaban sentadas frente a su casa, en esa mecedora, que les daba un aspecto de brujas. Era terrible, pero cada vez que el Niño pasaba por allí sentía que el mundo se le iba. Si, sentía que esas viejas con sus manos arrugadas, dedos largos y huesudos sostenían su sombra. No quería ver para atrás porque sabía que una de ellas estaba pisando su silueta gris con esos zapatos. ¡Eran brujas! Su nariz aguileña las delataba, pero la peor de todas era Candelaria, su cabello era pajizo, y con tonos grises y su piel, tostada tal vez por tanta maldad. ¿A cuántos niños había matado esa bruja? ¿dos? ¿cinco? ¿diez? No… ella se había comido a treinta infantes, el Niño la había visto, primero los llevaba a su casa, los engañaba al tomar la forma de un perro, un cachorro de ojos azules, una preciosidad. Así que los dirigía a su casa, y luego se transformaba en lo que era, devoraba primero los ojos, después la lengua y al final, su corazón. Se pasaba la lengua por los labios, como si de un rico manjar de tratara. ¡Bruja!

El Niño no miraba para atrás, <<No recuerdes eso>> se decía. Pero es que era imposible, completamente imposible. El silencio del pueblo acentuaba su presencia. Camina más rápido, y lo hacía. Aceleró el paso, pero una de ellas no lo iba a dejar escapar. El Niño hizo acoplo de todas sus fuerzas y miró para atrás. Su respiración era fuerte, al igual que los latidos de su pequeño corazón… pero, la mecedora estaba vacía, se movía lentamente, y eso significaba que llevaba rato de haberse levantado. El Niño, se estremeció al sentir las manos enclenques en su cuerpo, y que su cabello era alisado por ella. Las manos le dieron la vuelta, y frente a él estaba ella: sus ojos con cataratas, su cabello desaliñado, y su nariz eternamente horrible. El Niño, gritó. Pidió ayuda, pero nadie le escuchaba. La anciana se reía. Ya sentía que iba a morir, sentía las garras de la muerte frente a él. <<Me freiría>> se decía. Gritaba. Al cabo de un instante, que para el Niño pareció ser siglos, se levantaron las otras viejas, con sus batas amarillas, y su andar pausado, sus manos extendidas, sus ojos fijos en él.

-¡Brujas!-gritaba con su voz chillona-¡Brujas!

Pero nadie le escuchaba. El Niño fue arrastrado a la casa de Candelaria precedido por las demás bestias. Dentro, podía ver las grandes pailas, y el agua hirviendo.

-¡Auxilio!

Candelaria lo sostuvo por el cuello de la camisa, le pasó la lengua por sus mejillas regordetas. Su lengua era áspera como la de un caballo. Su aliento caliente, y maloliente. Las gallinas del patio comenzaron a alborotarse por los gritos de la victima. Las otras brujas se alzaban en coro. Él era el último niño que quedaba en el pueblo, de tal forma que se convertía en un trofeo.

La camisa vieja se rasgó y el Niño cayó en el suelo, atónito y sin poder creer lo que sucedía, corrió hacia el patio, una de las brujas trató de seguirlo pero resbaló y tropezó con el caldero, y toda el agua hirviente se derramó sobre ella y otras más. El Niño jadeante como un cerdito se metió en el gallinero, por un instante quiso vomitar. Allí dentro sus latidos del corazón se confundían con los cientos de corazones vibrantes de los avícolas. Todo estaba oscuro, más no en silencio. Él temblaba como las gelatinas. Después no se escuchó nada. Ni un respiro, nada. Un fuerte golpe estremeció el gallinero. La puerta no iba a ser abierta tan fácilmente. El envase de agua que colgaba se movía, como queriendo salir corriendo ante la amenaza de muerte. De repente la puerta calló frente a todos, las gallinas no se movían. El Niño desde su puesto podía ver las miradas furtivas de todas las brujas, pero fue Candelaria la que se decidió a entrar, puso el pie derecho y el Niño comenzaba a temblar aún más. La bruja lo encontró agazapado, lo sostuvo por un brazo y lo llevó a rastras hasta la puerta, pero al dar la espalda todas las gallinas se unieron en una venganza, picotearon la cabeza de las brujas, los ojos, las orejas, el cuello. Era un sacrificio sin nombre ya que las plumas flotaban entre ese torbellino de gritos y lamentos. El Niño fue soltado, y salió corriendo, despavorido. Al llegar de nuevo a la calle, recobró sus fuerzas, corrió jadeante y con sendos lagrimones, un ruido muy peculiar lo hizo tranquilizar en el acto, miro para atrás, y vio como salían los treinta niños de la casa, aún llenos de plumas. Dentro de ése grupo estaba Laurita, su mejor amiga. Se abrazaron y corrieron tratando de no volver ver las viejas llamadas Candelaria.

 

Ysaías Núñez

DERECHOS RESERVADOS


PD: Dedicado a Lucas, mi hijo...

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Comentarios:

Escrito por: Renanalvarez       20/08/08 05:35
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interesante cuento, como que pasa por mi imaginación de cuando uno era pequeño y la mala era la bruja que no dejaba jugar, siempre era la vecina de a lado. ups me vienen recuerdos.
saludos
Martín
Escrito por: Geraldine       11/08/07 10:34
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Qué bonito!! (Me refiero a la decicatoria xD)
El cuento, siendo infanti y tuyo... bueno ha sido de lo mejor, digo ya sabes... por aquello de los Zur... xD
La situación de lo mejor, y el final muy de cuento de hadas...todos super felices y los villanos muertos! Lindo, felicidades por qué lograste el cuento infantil xD
y Muchas pero muchisimas felicidades por tus demás logros, mi amor!! Te quiero!!
Tu amada...Geri xD
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