Camino en la noche por la ciudad de arena

 Camino en la noche por la ciudad de arena  Camino en la noche por la ciudad de arena, dibujando con los dedos al aire los sentimientos con figuras de constelaciones para entretener mi nostalgia; entonces digo, la tristeza delineará  la figura de Hércules, por haber fenecido sin alargar la vida para el disfrute del amor, junto a su esposa; y trazo  la figura de Apolo, el rey sol, la fuerza, belleza y dicha masculina; él representa mi pasado en esta ciudad de arena, roja, ahora vacía, tan vacía. A pesar de que sea navidad y todos caminen con regalos enormes en las manos, y ya nadie me salude, nadie, ni siquiera los que en algún momento  eran parte de mi vida. Estoy tan cambiado, tan envejecido. He regresado de los Estados Unidos después de veintiocho años de convalecencia alucinada, trabajando como un buey bajo las brasas de el sol de Egipto y enriqueciendo un capital ínfimo allá con el que soy poderoso acá; y vago nuevamente como mis años mozos, de mocito desprendido de una alegría llena de licor y mujeres baratas, ahora aquí, en mi ciudadela con portones siniestros; y que antes apestaba a una ciudad casi campesina de gentes blancas que ahora parecen mestizas e indias pero se visten y hablan mejor que nosotros los de antes. Llevo ya dos semanas recorriendo los paisajes y veredas e iglesias y ellas no me reconocen a mí, ni mi gente  o la gente que alguna vez estrechó mi mano, o se cobijó tras de mi puerta; Ernesto, el arequipeño de Characato se convirtió en Ernest, ahora tiene pasaporte norteamericano, y ahora ya es un tipo elegante del primer mundo que ha viajado por casi todas las ciudades de Europa y se ha casado siete veces, con mujeres de distintos colores, sabores, acentos y creencias; pero por qué ha regresado a esa ciudad que le despertó aquella nostalgia terrible después de su último divorcio, y después, también, de que se enterara de que le quedaban tres malditos meses de vida, por la terrible leucemia; por qué. Había jurado, me había jurado no volver a esta ciudad de renegones, de mal educados, de gentes orgullosas y grises e insípidas para la alegría. El sol sigue con tanta energía en las mañanas en que me vuelco a recorrer como era niño esas campiñas que ahora son residenciales y barrios de cemento, cal, ladrillos y hierros que aprisionan a sus habitantes. Camino por la Quinta de Yanahuara, donde vivía Elisa, la dulce majeñita Elisa, el desprecio que encegueció mis ojos para largarme en un barco que transportaba cobre y lanzarme a la aventura americana hace tantos años, por ti Elisa, malvada, maldita, leucemia juvenil azotadora de estragos y vomitadora de una realidad vista tantos años después, por qué Dios mío, por qué. Ahora necesito la reflexión que me eduque y me divierta un poco para sentirme más solo y disfrutar con una expresión de tristeza mi silencio, mi pasar desapercibido, mi caminar por esos callejones de San Lázaro por donde correteaba para escapar de la tía Juana, del papá con sus alucinadoras copas de pisco, de ron y de cerveza; y parece estarlo viendo con su chaleco inglés y esa manera arequipeña de los characatos, me han descolonchau tuito el corazón. Nunca pudo resistir que mi madre lo dejara, lo abandonara  a su suerte con ese niño ccaroso, que sabía recitar poemas y llevaba siempre los pantalones rotos.
Ahora pareciese que este fuera el único rincón que no ha destruido mi corazón enfermo, mi mirada tibia, anhelante, peregrina. Aquí, por estos callejones, el pasaje bayoneta, la calle Llosa, por cada uno de estos rinconcitos se respira un aire a carbón, pero, aún, aún mío; sólo, mío.
 Las ballenas peruanas vienen a morir a sus playas peruanas, decía Ribeyro. Regresó a sus playas de Barranco y murió. Estoy seguro de que había pactado con la muerte un lapso pequeño, casi ínfimo para volver a enseñarle a sus ojos la hermosura de esas olas, aunque todo haya sido un basural; estoy seguro que Ribeyro murió con la mirada suave, tranquila y con su cigarrillo en la boca. ¿Y las ballenas arequipeñas, también vienen a morir a sus playas arequipeñas?, nunca he visto una ballena, y además yo soy excesivamente flaco, delgado, y ahora tan viejo, casi mustio como un roble de trescientos años.   Ahora al hotel Libertador, una ducha, una copa, luego en el bar y un descanso para mañana hacer un viaje relámpago al norte, mi otro rezago del pasado juvenil e inquieto que me cuesta mucho reconocer con los ojos tan cansados…  II  Me gustaba saborear la brisa del mar, en aquellas tardes en que presuroso iba a ver la hora de crepúsculo. Yo había vivido durante mucho tiempo lejos de las playas. Había terminado trabajando en la ciudad, la horrible ciudad; pero ya estaba de nuevo aquí en mi playa de Máncora, aspirando y saboreando el viento, la brisa suave que envolvía y desordenaba mi cabello largo, ondeado, de León dormido y quieto. A veces al anochecer cuando en las estrellas y el cielo ya no es ese rojo sangrante que se esconde en las tinieblas, sueño con la visión  de mi infancia, aquellos juegos, y vicisitudes que me envolvían de niño y del cual yo guardo un recuerdo muy grande, enorme, intranquilo y desatado. Ahora es un pueblo fantasma, prácticamente, no existe nadie, mis amigos, todos en la ciudad, en la malvada y terrible ciudad, se los ha devorado como un plato de frijoles raros y mezclados con medusas. Yo soy el único que ha regresado, pero nadie me comprende; nadie entiende lo tragicómico que resultan todas esas cosas que están entre mezcladas con el rubor del destello, del mensaje, de eso que llaman progreso; civilización. Aquí ya no queda más que viejos y los turistas del verano; pero hay algo más, algo que ellos, mis amigos idos nunca comprenderán, o quizás lo comprendan demasiado tarde; cuando ya se estén muriendo, en todo caso yo tampoco lo podría explicar, al menos explicar bien, yo sólo podría subirte a estas rocas para que sientas el viento, la brisa suave de las seis y media y que la saborees, la saborees y te relamas la lengua, el cerebro y te sientas libre, sincero, puro, uno mismo, sin presiones ni ambiciones ni esos desgastes insulsos llenos de envidias y  miradas locas en que se hunden los de la ciudad, mis hermanos, abandonados en ese desierto de llamas, lleno de luces, y gentes malévolas   
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