Los miro ahí, en su rincón, siempre enquilombado, y se me arma en la cabeza estas son mis armas, con las que perderé la guerra en que no creo. Me pongo a analizar todas mis posibilidades de ataque al enemigo, y siempre llego al mismo final, de ojos desorbitados, de una aspiración ahogada en un espacio vacío del corazón. Y, releyéndome, veo que no alcanzo a decir nada con las pocas letras que me han sido concedidas. Y no es que sea muy complejo. Es que soy tan simple que ni siquiera puedo analizar la más básica de las simplezas.
Con todo esto me viene al seso eso de los círculos. Veo que soy yo hace diez años, acá sentado, y veo que soy yo hace cien años, sentado en aquel otro lugar, y que también soy dentro de cien años, desarmado en un cajón, y sentado, mirándome acá veo que soy ahora, pero no acá, que no soy acá y ahora más que antes y después en ningún lugar, y con todo eso creo menos que nunca en mi guerra. Y aún así agradezco esto a mi simpleza- miro con simpatía mis armas, ahí en su rincón siempre enquilombado, esperando una nueva batalla que ganar; porque las batallas las ganamos todas, y sin embargo la guerra está perdida.
Los pensamientos se me expanden haciéndose cada vez menos densos, y en mi limitado campo visual sólo queda alguna esquina de ellos, que no tiene sentido sin las demás piezas, y me quedo esperando el momento de su implosión, haciendo lo que no quiero o no debo, qué diferencia hay- para pasar el tiempo
Veo a mi alrededor, desde acá adentro, pero ése acá sólo puede tener resonancia, significado, cuando yo lo pienso, no cuando lo digo, no cuando lo escribo veo a mi alrededor desde adentro, desde muy lejos, desde un sitio que no tuvo lugar suficiente en el espacio, en el universo, y terminó en ése acá que no tiene sentido más que cuando lo pienso. Entonces dejo de discernir entre lo que siento de sensación- y lo que soy, pero sólo por un instante de insensata lucidez, y ahí nomás vuelvo a entender todo como me enseñaron que debe hacerse.
La guerra está perdida, de antemano, ya sé; pero hay una idea, una pieza que nunca es abarcada por mi campo visual, que sólo aparece unos instantes por el rabillo del ojo, pero que cuando giro la cabeza, siempre atento, muy rápido, sólo percibo que está del otro lado, ahora en mi otro rabillo, ahora en ningún lugar; y estoy casi seguro de que es parte del círculo, al menos la incapacidad de atraparla, pero quizá no lo sea la pieza en sí y es todo lo que tengo.
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