Escribir sobre Jorge Luis Borges es asunto de cuidado. Sobre el genial escritor se han saturado las imprentas, con cientos de volúmenes sobre su vida y obra, sus posiciones políticas, su pensamiento filosófico, sus cuentos, su poesía y sus ensayos, siempre arropados con su proverbial dosis de agnosticismo y de incredulidad.
He leído al maestro argentino desde mi más distante mocedad, cuando no era más que un novicio en esas vicisitudes emparentadas con la no muy compensadora ni muy gratificante actividad literaria. A pesar de ser un indocumentado, atisbé lo clásico, lo inmortal de su arte.
De toda esta dedicación, de toda esta voluntad de comprometer el tiempo a descifrar sus misterios he percibido su insobornable inclinación hacia la muerte, hacia la aniquilación de la conciencia, en las múltiples maneras que tenemos los humanos de imaginarla y ejecutarla.
Implacable y lírico al describir el óbito de sus personajes, sin ambages, ni obstáculos, en ensamblar escenarios diversos salpicados por elementos temporales y espaciales como aditamentos secundarios, no deja sitio para la posibilidad de la supervivencia, en insoluble complicidad con la experiencia existencial con la cruenta imaginación humana, diestra en la aplicación del sufrimiento.
Sus narraciones, sobre todo, apuntan hacia esa dirección, hacia el abismo insalvable de la nada aterradora, hacia la densa neblina de la ausencia, donde no hay más que silencio, donde no puede desembocar ningún fenómeno, ninguna acción, donde no existen causas ni efectos, donde yacerán los secretos y la forma prístina de la conciencia y la memoria se disuelven como hielo bajo el sol.
Hay elementos en la literatura de Borges que podrían esquematizar su ansia por ocultarse tras ciclópeas murallas personalizada en su timidez y su ceguera, bajo voluminosas capas de sombras, en la búsqueda de esa revelación final, de ese descubrimiento contundente de la negación del universo a conceder la eternidad sin deidades ni esperanzas.
Sus libros, Historia Universal de la Infamia, Ficciones, El Aleph, El Hacedor, Libro de Arena, El Informe de Brodie, son un muestrario del morbo de Borges, de su enamoramiento y atracción por la muerte. No encontró la fértil imaginación del maestro argentino otra forma de ver la vida, si no es la ligada de manera enérgica a la muerte. Esto no es novedoso, pero al hijo de Leonor Acevedo se le han dedicado análisis sobre sus posturas políticas y filosóficas, no así para dilucidar su relación con la muerte.
En todas estas obras, se establece la afinidad de Borges con ese desenlace. Sucumbe cada vez a la tentación de expresar en sus historias y poemas el más excelso de los fenómenos metafísicos. Una muerte puede encontrarse entre un enjambre de puñales, en un paredón rústico ante el piquete de fusiles, en un desvencijado camastro ante la lenta oxidación del organismo, en la repentina vuelta a la vigilia, en un desolado paraje de las pampas.
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