Escruta a través de sus ingeniosos
juegos de situaciones las posibilidades que permitirán conducirle a la
extinción a sus protagonistas, sin reparar en el suplicio, en la
descripción minuciosa del sufrimiento. Tan sólo llega, se desliza con
elegante lentitud y se instala en su paradójico y fértil territorio.
Borges ha entablado una lógica inmune a las exégesis, ha superado las interpretaciones y se ha convertido en punto de referencia de la labor creativa donde se invierta imaginación, verbo y soledad. Por eso no tiene discípulos, por eso languidece de manera eterna en su pétrea mazmorra en un cantón suizo.
Alguna vez jugó un poco con la posibilidad del suicidio al cumplir setenta años. ¿Qué habrá sentido su yo más discreto al intuir la intención de su dueño? No sé si lo haría por percatarse de las reacciones, de los juegos de emociones comprometidas con el paso definitivo.
Lo hizo con la más sosegada languidez, apoyado en su nudoso báculo de ciego, mientras el universo continuaba su marcha en búsqueda de la próxima generación humana, allá en el horizonte del tiempo.
El Borges de Historia Universal de la Infamia, no sólo retrata la vida de un conjunto de canallas, de falsos redentores, de impúdicos traidores, sino también de sus fantasmas, de su aparición en nuestra imaginación luego de haber concluido la asimilación.
En esta perspectiva, el autor sucumbe sin bienaventuranza ni alardes al destino de seguir ese sendero sin desviaciones ni atajos. Sin gloria, porque era consciente de no poder evadir la posteridad a pesar de sus esfuerzos, sin alardes porque no le quedaba otra opción que someterse al desvanecimiento de la identidad.
En Ficciones aventuró la posible ruina del dogma cristiano con una muerte inútil, con la proclamación del apego del redentor al infierno y la falsa imagen del ajusticiado sobre el madero, como génesis de una civilización adormecida por el vapor de la indulgencia y de la vana interpretación hecha por sus seguidores.
También en este afán iluminó el acto de la traición y la manumisión del error con la muerte. Fergus Kilpatrick es el líder, pero también es el perjuro, el alevoso destructor de un sueño, de la salvación de Irlanda. Pero es descubierto y condenado a morir, pero hasta el último instante se eleva el bienestar del país. Salvado el deshonor, es asesinado en la más sórdida elaboración de una historia patria.
Pero Borges se ha ido para siempre. Si subsiste algo de la esencia humana, la del maestro debe estar aferrada a sus páginas, a sus letras indestructibles, a sus personajes. Ahora está donde quiso, donde se aventuró a ingresar desde su imaginación, pletórica de vida.
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