


| Escritor: | patricio |
| Públicado: | 01/09/2007 |
Así están las cosas. (La centrifugadora de
nitroglicerina.)
Bienaventurados sean los que sueñan con la
muerte que viene a rescatarlos en su legendario ferry negro envuelto en niebla
de pólvora, que llega triunfal al muelle y despliega su amplia pasarela solo
para ellos. Si pudieran ver sus rostros rejuvenecidos, resplandecientes.
De este rebaño de soldaditos, la gran
mayoría se acostumbrara a la muerte y al horror en poco tiempo, a la casi
totalidad del resto le tomara algunos años asimilar esta realidad, y algunos
pobres diablos no se acostumbraran nunca
¡nunca!. Pobres diablos, atletas del
dolor, elefantes asiáticos, mártires, filántropos devorados por el pueblo que
soñaban salvar, presos políticos autores de poemas ilegales, amantes de la vida,
tipos con conciencia social, los ingenuos, los subversivos de fantasía, los
peces flacos, premios Nóbel de la Paz, tropas de ecologistas vegetarianos,
dulces masoquistas, hábiles soñadores, los traidores del poder, los esclavos de
sus sentimientos, almas de colosales envergaduras encerradas en cuerpos
sumamente frágiles, y muchos mas de la misma calaña que los medios de
comunicación globales y los programas culturales insisten en mantenernos en su
desconocimiento. Ciento catorce sitios de la Internet presumen de fotos
exclusivas del perro de Busw. Esta montaña de información es una porquería,
una pestilente inmundicia.
Bienaventurados sean los dragones que llevan
en sus pechos un pedacito de témpano a modo de corazón. Fantástico alter ego
cuyo tórax de coloso esta inspirado en fortalezas medievales y bóvedas
blindadas. El corazón de utilería que no engaña a nadie bombeando agua teñida
de rojo por filtros de papel crepe.
Bienaventurados sean los temerarios, los
dotados con inflamadas esferas testiculares de semental. Los que piensan que
pueden hacerle frente a todo. La secta de Sartre. Los que sienten que el mundo
esta hecho a su medida.
En no pocas regiones del siniestro orbe,
donde el miedo y el dolor reinan con mano dura, los hombres contemplan la
muerte como una especie de bendición, como un raro privilegio. Y la desean
naturalmente. En lugares como estos los valientes, en cierto modo, tienen la
vida resuelta. Pero para un cobarde la cosa es bien distinta. Su patrimonio
genital no le alcanza para convocar al lungo de la guadaña, solo le queda
resignarse a seguir boqueando, solo le queda continuar formado en la extensa
fila al final de la cual la Madre Naturaleza despacha a los seres con sus
gentiles manos.
Bienaventurados sean los ciegos.
¿Te has encontrado cara a cara con el
horror? ¿Nunca te ha atrapado la visión de un alma destruida en un cuerpo
destrozado? ¿Nunca te ha acorralado la fealdad del mundo y te ha momificado
vivo con su beso de nitrógeno líquido? ¿Alguna vez has contemplado a un hombre
cercado por ruinas frescas, tratando de adivinar debajo de cual de las
innumerables pilas de escombros se encuentra aplastada su familia, escarbando
como si fuera un perro? Te quedan las retinas calientes para siempre.
Bienaventurados sean los que perdieron la
audición durante las primeras explosiones.
Alaridos de mujer firmemente sujetada por
las muñecas surgen de los callejones profundos. El llanto de un niño cruza la
noche de orilla a orilla. Lamentos teledirigidos se estrellan contra nuestros
tímpanos aniquilando toda indiferencia (ya ni eso se nos permite). Rumores de
jueces. Estertor sísmico. Pornografía acústica, un viento deforme. Carcajadas
orgásmicas corriendo frenéticas por los pasillos de los palacios
gubernamentales. Jadeos histéricos desde una fiesta secreta en el sótano de una
droguería. El sonido del percutor cayendo sobre una recamara vacía. Hidrófonos
en el fondo de los barriles (todo un exceso). Chisporroteos de mechas que
culebrean entre los cadáveres mientras de fondo suenan campanadas de
cristalería aristocrática en medio de una ceremonia de condecoraciones,
tintineo de cristalería trago largo y chapoteos desesperados en pantanos de
whisky y efervescente champagne extra brut. Pasan barritando los misiles sobre
la cúpula de la catedral. Crujidos de vigas. Redoble de borceguíes sobre el
puente. Frenética colisión maxilar. Gritos de águilas. Silban agudamente los cables
negros de alta tensión. Resoplidos de lanzallamas siembran chillidos de ratas.
Ratas antropomórficas. Órdenes metálicas en los altavoces, mentiras metálicas
en ondas de baja frecuencia. Estática en los receptores. Explosiones apagadas.
Zumbidos de hélices que rompen la barrera del sonido. Quizás dos mach. Efecto
doppler del grito de un hombre sometido a una despedazante fuerza centrifuga.
Aullidos cetáceos completan revoluciones en torno al geoide atravesando muros,
montañas y lagos suspendidos; además desatan un diluvio de pájaros muertos. Un
sollozo licántropo me solidifica la sangre.
Bienaventurados sean los topos y las
serpientes porque de haber sabido hubiésemos preferido el silencio que exuda la
morgue y heterogéneas tinieblas antes que esta cacofonía de últimos alientos
sobre este fango púrpura y la sangre escarlata.
Bienaventurados sean los que se desmayaron
con la primer descarga, los que aman despacio y mueren deprisa, los que se
embriagaron y partieron, los que ya no piensan dar ni media vida por esta
migaja que nos queda.
Bienaventurados sean los que murieron y
morirán estando aun en el vientre materno. No todos tenemos la suerte de
vivir lo suficiente para merecer nuestras cruces y nuestra muerte.
Bienaventurados sean los que saben resignar
sus sueños porque de ellos es el futuro.
|
Imprimir |
Enviar historia |


