Barrel Of a Gun

Fue su regalo de cumpleaños cuando cumplió los catorce, una semiautomática de 9mm. A los pocos meses el padre el Charlie murió, creo que debió tener una especie de intuición antes de morir e hizo un último esfuerzo por proteger a la familia.
Charlie era mi socio de fechorías, el mamón que me dejaba atrás siempre que intentábamos robar en la tienda del señor Takeshi. Yo le di a probar su primer cigarrillo y él me enseñó la mejor técnica para ver por debajo de las faldas de las chicas.
Su madre, la señora Greston, era la madre perfecta, nadie cocinaba mejor que ella, pero la odiaba cuando no nos dejaba meternos en líos a Charlie y a mí.
Luego estaba Muddy, el hermano pequeño de Charlie que nunca decía nada, sólo miraba como si fuese tonto, miraba siempre todo lo que hacíamos o decíamos y sonreía o ponía cara triste dependiendo de lo que sus grandes soplillos captaran. A la señora Greston no le gustaba que le llamáramos Muddy, decía que su nombre era Tom. Muddy, pese a la eterna expresión de atontado, me inspiraba ternura. Y Charlie, sobretodo tras la muerte del señor Greston, le protegía siempre con uñas y dientes, y con la semiautomática de 9mm, de cualquiera que creyera que pudiera dañarle.

El barrio ya no era igual de seguro desde que el padre de Charlie murió, eso es lo que nos decía la señora Greston, y por eso intentaba tenernos todo el día metidos en casa. Pero a nosotros nos gustaban los líos, ella no entendía eso.
Un día fui a buscar a Charlie después de hacer una visita al señor Takeshi, pero Charlie no se asomaba por más piedras que lanzase a su ventana. Mientras trepaba por la tubería pensaba en la mejor forma de pegarle un susto de muerte para que aprendiera a no quedarse dormido antes de una misión. Desde el alfeizar le vi llorando sobre la cama. Desde aquel día dejamos en paz al señor Takeshi. Charlie adoptó la dureza de su padre y el sentido de responsabilidad de su madre. Y yo, después de que el señor Connor me hiciese llorar como a él, me volví tan silencioso como Muddy.

En el barrio había una jerarquía basada en un intercambio de favores o intereses. Connor controlaba el flujo de drogas junto al agente Devis. El viejo proporcionaba a Devis periódicamente un cabeza de turco para mantener contento al alcalde y una suma considerable de dinero por la que Davis le garantizaba la inmunidad en su zona.
Pero el viejo Connor tenía otros vicios complicados a los que Davis sabía sacar mejor partido. Para Davis era fácil atemorizar a los chicos del barrio, ladronzuelos habituales tan incultos como inocentes. Bastaba un hora en la sala de interrogatorios para acojonarnos lo suficiente. Y de allí a la habitación de Connor.

Charlie me habló un día de ser hombres. De la justicia de los hombres y de Muddy. Pero todo el mundo en el barrio sabía que tocar a Davis era acabar con la vida, no sólo la propia sino con la de aquellos a los que querías. Charlie se convirtió en la sombra de Muddy.

Una tarde el agente Davis paró a Charlie y a Muddy cuando íbamos de camino a casa. "Creo que te has metido en un lío jovencito, tengo que llevarte a comisaría", le dijo a Muddy. Charlie colocó a su hermano detrás de él "ha estado conmigo todo el rato, él no ha hecho nada". El agente Davis apartó a Charlie de un empujón y agarró por el hombro a Muddy. Vi los ojos de Charlie justo antes de que sacara su semiautomática y apuntara con ella a la cara del agente Davis, y cerré los ojos esperando lo peor. "Quieres a tu madre ¿verdad hijo?" –¡No le toques! Gritó Charlie. Pero Muddy agarró el arma de su hermano y la hizo bajar lentamente. "Yo quiero a mamá" dijo.


Esperé un par de días antes de coger el autobús, justo después del funeral de Muddy. "Sólo era un niño" decían las mujeres del barrio consternadas. Pero no fue Muddy el que cogió la pistola de su hermano para volarse la cara. El chico que regresó tres horas después del incidente con el agente Davis, el chico que miró a los ojos a su madre antes de subir a la habitación de Charlie ya no era Muddy, había envejecido y se llamaba Tom.

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