Bárbara Cristal
Al principio la mueca del sacerdote parece sonrisa. De qué se ríe en medio de un velorio. Es lo primero que uno se pregunta. Pero nadie se atreve a decirlo, sólo se limita a pensarlo. ¿Cómo preguntarle esas cosas a un sacerdote sin que le suenen a ofensa? La gente abre paso mientras él empuja el carrito con utensilios sagrados, enarbola la sonrisa falsa y mira a los lados, saludando, mostrando sus tres dientes de oro. Esa parece la intención de su sonrisa mueca: mostrar el oro en su dentadura. Por supuesto, el monstruo debe mostrarse.
Llega al frente del féretro y se acomoda dando la espalda a Bárbara Cristal, mejor dicho, al cuerpo donde ella se alojaba. Y empieza a hablar, a preguntar si la muerte fue repentina, si resultó de una enfermedad larga, si se debió a un accidente y, como nadie contesta, voltea hacia el cadáver con curiosidad. Insiste en su indagación pero nadie le da respuestas. Entonces como si ofreciera un menú, pregunta de qué queremos que hable y nos toma por sorpresa: ¿Quién va a saber más, él o nosotros? ¿Es que cree que vino a divertir o a complacer a un público?
Les pregunto, dice, porque la Biblia tiene pasajes especiales para casos como éste. Entonces carraspea, como si se dispusiera a recitar el menú de sermones que maneja. Cita un versículo donde Dios asegura que vendrá por nosotros y no avisará, que llegará sigiloso como un ladrón. Como un ladrón, me quedo pensando, ha dado en la clave. Como un ladrón ha venido Dios y ha hurtado la vida de Bárbara Cristal. Dios disfrazado de muerte. Nada menos que como ladrón, impune, sin remordimientos. Pero, ¿quién puede ampararse contra Dios? ¿Y por qué habría de ser ella la excepción?
La señorita, dice el sacerdote volteando a ver el nombre, Bárbara Cristal tuvo la deferencia de pedir que la llamáramos Bárbara. Muchas otras jóvenes hubieran preferido que las nombraran Cristal. Pero ella eligió, sabiamente, Bárbara. Y después se enreda en la tarea de derivar etimologías de Bárbara, y de extranjera o fuereña, pasa a ser Bar Bar, Hija de Dios. Y abunda acerca de ello, con naturalidad, como si estuviera familiarizado con el tema, como si se tratara de mostrar que no es un sacerdote improvisado.
¿Quiénes son los padres de voltea y lee el nombre Bárbara Cristal? Los invita a pasar al frente, pero sólo pasa la madre. Entonces, mientras el sacerdote avanza en su explicación tendiente al consuelo, hurga en su carrito, saca el cáliz, las hostias, el agua bendita, revuelve todo, lo acomoda de nuevo, más preocupado por la búsqueda que por las palabras de consuelo. Habla de la prueba nueve veinticinco de que Dios existe, basada en los evangelios. Y explica y explica, aunque a nadie parece interesarle. Finalmente parece recordar que no es clase de Teología sino velorio y vuelve sobre el ladrón, arrebatador de vidas. Debemos estar preparados, dice buscando aún en el carrito, porque Dios vendrá por nosotros sin previo aviso.
El sacerdote nos mira y pregunta por los hermanos, por los familiares de la señorita... se asoma a un compartimiento del carrito y, según la entonación, parece a punto de maldecir de la señorita... voltea de nuevo a leer el nombre Bárbara Cristal. Pasan al frente los demás familiares y él los saluda de mano, uno tras otro. En medio de los saludos, de veras contrariado, se asoma de nuevo al carrito. Lo único que parece regresarlo al velatorio es la urgencia de que alguien colecte la limosna. Le vuelve la sonrisa descarada y se le avivan los ojillos. Nunca falta quien se ofrezca a ayudar. Consagración, comunión, ruegos por la señorita lee por enésima vez el nombre Bárbara Cristal. Finalmente dice: Podemos ir en paz, la misa ha terminado. El velatorio se despeja de gente y se llena de gemidos.
El sacerdote vuelve a la sala de espera arrastrando su carrito. Me aparto de todos, me siento en un sillón aislado, quiero estar tranquilo. El llanto se multiplica. Tras de mí, el sacerdote lamenta la pérdida de sus llaves. Es lo que le preocupaba. Las busca de nuevo en el carrito. Se hurga en los bolsillos. No termina la búsqueda desquiciada de sus llaves, como si entre ellas estuviese la que pudiera volverle la vida a Bárbara Cristal. Sonríe sin mostrar los dientes de oro. El llanto continúa como lamento de fondo. Algunos ríen de ocurrencias que parecen fuera de lugar.
Me siento relegado, estoy aquí de más. ¿Qué tengo que ver con todo esto? ¿Qué me importan las podridas llaves de un sacerdote mercenario por más erudito que sea? ¿Qué me importa el llanto en automático de gente que no conozco? ¿Qué me importan las risas de gente a la cual parece no interesarle que Bárbara Cristal ya no esté aquí? Tratando de que no lo noten, camino hasta la pizarra. Ahí encuentro el nombre completo de Bárbara. Si vine al velorio, fue por ella. Sería lo único que pudiera retenerme, pero ella no está más aquí. ¿Qué me retiene en este lugar? Me encamino a la puerta, abro, salgo y regreso a casa.
Aunque haya elegido Bárbara por nombre, era frágil Cristal que la muerte convirtió en añicos. Quisiera pensar que nada de lo que dicen es cierto. Ni lo de la fiebre por una pulmonía fulminante ni lo de su desmayo repentino ni lo de sus dedos amoratados o sus dolores de cabeza a los que parecía tan apegada ni lo de una estúpida sobredosis ni lo de que nadie supo cómo sucedió ni lo de su abandono de la preparatoria ni lo de su negativa a soportar al padrastro.
No la quiero pensar muerta. Prefiero imaginar que su edad se ha detenido. Esa es la verdad. Al menos esa es la que cuenta para mí
Me gusta leer lo suyo...
muy bien
Exelente ,más allá de lo anecdótico del velorio,me fuiste llevando con gran destreza,de un mundo sórdido,superficial y hasta satírico lleno de putrefacción a la más profunda verdad, a la razón quizas de más profundo abandono afectivo.
El cierre me emociona,tu afirmación de lo que pensas e imaginas me llega con todo el alma.Es una verdad.
Exelente amigo!
Me ha gustado tanto que no sé si decirte sólo eso sería suficiente para mí. El retrato sería de Bárbara Cristal (el nombre me parece muy conseguido por todo lo que luego vas contando sobre ella en pocos trazos, pero diciendo mucho), del velorio en sí, de las sensaciones de una persona que asiste dolida y no llega a entender el absurdo que le rodea. Pero el que se me va a quedar en la cabeza absolutamente retratado es este cura, del que ni siquiera sé su nombre, pero eso no importa… Te mando un abrazo, Ricardo. Chares
Cuando algún suceso duele, tanto que se hace casi insoportable, nuestros pensamientos insisten en evadirse a través de diversos recursos. Es una buena forma de encapsular la impotencia del ser humano ante la muerte y volcarla trastocada en cualquier sentimiento hacia otra dirección. Me mantuvo interesada tu narración todo el tiempo.
Ricardo...Verdaderamente sos el dueño de un talento fuera de lo común.Cada vez que disfruto de uno de tus escritos,no puedo evitar preguntarme en qué te inspiraste para tu relato.Esta vez,me has transformado en un segundo en la asistente involuntaria a un velatorio,y puedo asegurarte que hasta pude ver el rostro de los familiares de Bárbara.
No sé,hay algo en la voz del narrador que me deja pensativa,como si en el final me hubiera entregado a creer que es su propio espíritu el que me narra la historia.Varios detalles mínimos me guían por ese camino,y ahí quiero quedarme.
Sólo me queda felicitarte,pues tu estilo personalísimo me sigue impactando y,por qué no,sorprendiendo.
Un abrazo,amigo.
GABRIELA