La sentencia fue firme. Es tarde, tenés que ir a dormir las palabras de su madre retumbaban en su cabeza, no quería asumir esa realidad, pero la edad no le permitía pataleo ante tal decisión. Completó la rutina diaria en el baño y luego se dirigió a su habitación, previo paso por la bendición de sus padres y los besos en la mejilla.
Ya en su cuarto, a media luz el sueño no llegaba, como un invitado retrasado no podía cerrar los ojos y sentir la pesadez en sus pestañas. Se quedó en silencio y los minutos se alargaban eternamente, con la mirada fija en el segundero, que brillaba con el pequeño rayo de luz que se filtraba del comedor, recordaba escenas de su día, contaba ovejas, luego miró el techo, cerró, los ojos, los volvió a abrir, pero el sueño aún seguía sin tocar su puerta.
La casa era una mansión para sus pequeños pies, habitaba en su mente la fantasía de recorrer algunas habitaciones que permanecían veladas para sus ojos, y como es costumbre en esos casos la curiosidad se acrecentaba con la prohibición adulta. Aquella tarde su padre no estaba en la casa, y su madre dormía como el resto de los miembros de la familia, la siesta diaria. Se levantó de su cama y descalza se propuso recorrer la aventura de descubrir espacios nuevos, secretos, ocultos de la casa, como una exploradora llegaría a
conquistar nuevos territorios, a sacar a la luz áreas prohibidas para ella.
Tomó un anotador para registrar, como los verdaderos descubridores lo mas posible de aquella aventura, abrió la puerta de su cuarto y se fijó que nadie estuviera por los pasillos. Salió en punta de pie; sabía hacia donde se dirigía, existían en su casa varias habitaciones en las que nunca había estado y ambas quedaban al final del pasillo.
Se fue hacia allá, los pasos parecían mas cortos que de costumbre, o el pasillo mas largo, temía en su corazón ser descubierta, pero seguía adelante, cada vez que avanzaba giraba hacia atrás para ver si alguien la estaba viendo, si sus hermanas la estaban observando, si algún intruso estropeaba su aventura, pero todo parecía en orden.
Por fin llegó, la blancura de la pintura de la puerta fue imponente para sus ojos, su corazón latió fuerte, y sacó su anotador, anotó en él las sensaciones que ese lugar misterioso le daba. Cerró el cuaderno y tomó el picaporte con fuerza, giró lentamente y la puerta se abrió, con un pequeño empujón ésta develo el misterio. Se quedó por unos instantes mirando desde afuera hasta que cruzó el umbral, no podía creer estar allí, miraba las paredes y éstas estaban atestadas de libros, de distintos tamaños y colores, algunos tirados en el suelo, o apilados en el gran escritorio colocado en el centro del cuarto.
Sus ojos de niña se fascinaron ante tal magnitud de libros, sacó una vez más su anotador y tomó nota de lo que veía; tres paredes atiborradas con enciclopedias, cuadernos, libros de distintos tamaños y colores, y en una de aquellas paredes una pequeña ventana al lado de un sillón que daba al patio; trató de recordar aquella ventana vista desde afuera, pero no lo conseguía, nunca la había visto, pensó.
Se acercó a la biblioteca que tenía delante suyo y tomó un libro de color rojo que le había llamado la atención desde que posó por primera vez sus ojos en el lugar, sus pequeñas manos temblaban sin pensar lo que estaba apunto de ocurrir, o tal ves presintiéndolo.
El libro cayó de sus manos tocando el suelo y abriéndose allí justo en la mitad; se arrodilló y miró los dibujos que en aquellas hojas se veían, era una pintura de un jardín, con la misma vista que desde la ventana de aquel lugar ella tenía; se paró, tomó otro libro y sucedió lo mismo, el libro cayó al suelo mostrando una parte del cuarto en el que estaba; una y otra vez volvía a suceder.
El corazón parecía que se le iba a escapar de su pecho. Se levantó y pensó en irse, ojalá nadie la haya visto entrar, pero la puerta ya no estaba, ni rastros de ella, solo los retazos que en los libros se reflejaban dibujaban el lugar. Con sus dos manos comenzó a tirar los libros de la biblioteca y continuaba sucediendo lo mismo, pero la puerta no aparecía pintada en ninguna de sus páginas.
La desesperación comenzaba a quemarla, ya era la hora en que su madre iría hasta su cuarto y descubriría que su cama estaba vacía. Cada vez tiraba los libros con más velocidad, debía hallar esa puerta, la hoja que reflejara la salida de su aventura, pero ésta no aparecía.
Ya casi sin fuerzas y con la biblioteca desparramada por el piso pensó en armar con aquellos libros el rompecabezas de la habitación y con cuidado fue poniendo una pieza junto a la otra que recordaba pegada a ésta y el cuarto comenzó a rearmarse. Uno a uno los libros iban juntándose con su habilidad, aun faltaba la puerta, miró la biblioteca y se concentró, debía hallar entre los que quedaban el correcto, cerró los ojos y tomó uno sin mirar, lo dejó caer en el suelo y despacio miró la página abierta, era la pieza que faltaba, la puso en el lugar que correspondía y se paró sobre él.
La puerta se abrió con un golpe que la hizo saltar de la almohada, era su madre que traía en sus manos el desayuno.
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