Autobiografía de un hombre enamorado

Categoría(s): amor, tragedia

Es de noche. Estoy sentado en mi coche, con la ventanilla bajada. Me fumo un cigarro, y miro hacia al cielo. Veo las estrellas. Est tan lejos, y su luz tarda tanto en llegar hasta nosotros…  No se oye un solo ruido a mi alrededor. Pero estoy equivocado. Cuando pongo atención, oigo sonidos que forman parte del silencio que me rodea; grillos, viento, algún coche en la carretera lejana, el aleteo de un pájaro.

Sacó de mi bolsillo una fotografía de Alicia y mía. Ella está tan guapa, y tan joven. Yo también estoy joven. Y me pregunto cómo tuve la suerte de que una chica como Alicia se interesara por mi.

 

Es el doce de octubre de 1991. Salgo con los chicos a tomarnos una cerveza. Vamos a un bar de la Vila Olímpica. Hay mucha gente, y la música está muy alta. Hay algunas gogos bailando encima las mesas. Nosotros estamos muy animados. Carlos enseguida desaparece con una chica. Los demás nos quedamos sentados en un rincón. Mateo señala un grupo de chicas de una mesa cercana. Él y Raúl se acercan a ellas, y entablan conversación. Ellas ríen y se unen a nosotros.

Cuando Raúl empieza a besarse apasionadamente con una de las chicas, y Carlos hace un rato que se ha ido con otra, yo me quedo a solo y de aguanta-velas. Me levanto y les dejo solos. Camino un poco y me apoyo en una pared, y observo como la gente baila. Una chica me ve y se acerca a mi. Dice que ella también está sola. Me dice que me invita a una cerveza. Es la primera vez que una mujer me invita a una. Nos sentamos en una mesa y hablamos, como si fuéramos viejos amigos.

Ella se llama Alicia. Tiene 21 años, dos más que yo, pero aún no se ha independizado. Trabaja como secretaria en una empresa de altos ejecutivos.
Es preciosa. Tiene los ojos azules, y cada vez que se clavan en los míos, hace que me ruborice.

 

Es el 13 de octubre. Llamo a Alicia, y quedamos para ver una película en el cine. La recojo en su casa a las seis. Está guapísima.

 

Es el 27 de octubre, y Alicia y yo ya llevamos dos semanas saliendo. Volvemos a quedar para ir al cine. Compramos una caja de palomitas para los dos. Nuestras manos se van rozando cuando las cogemos. Pierdo el interés por la película. Ella también. Nuestros labios se encuentran, y comparten tiernamente un beso prolongado.  Mi mente es incapaz de pensar en nada.

Esa noche, hacemos el amor por primera vez. Lo hacemos de forma torpe y nerviosa, como lo hace la gente en su primera vez. Pero no nos preocupamos demasiado. Nuestros cuerpos encajan como si fueran dos piezas perfectas de un puzle de dos piezas. Le digo que la quiero, y ella me abraza, y me besa.

 

Es la Navidad de 1994. Estamos en el parque. Alicia se mira el anillo que le he colocado en el dedo. Yo estoy de rodillas en el suelo, y le digo que lo entenderé  si necesita un tiempo para pensárselo. Pero ella rompe a llorar con alegría y me dice que sí. Me abraza, me besa. Y yo me siento eufórico y feliz.

Nuestros padres bendicen nuestra unión, y nos colman de felicitaciones. Nuestros amigos siguen el mismo patrón, entre risas y bromas. Los chicos me prometen una despedida de soltero sonada. Pero no tengo muchas ganas de asistir, aunque sé que no dejarán que me la pierda.

 

Mi madre y la de Alicia llevan los preparativos de la boda, con toda la ilusión. Mis amigos me preparan la despedida. Y Alicia y yo pasamos todo el tiempo que podemos juntos.

La despedida se celebra en casa de Carlos, una noche. Incluye un par de chicas y striptease. Yo procuro no beber, y no hacer nada de lo que pueda arrepentirme. Aunque si es verdad que me fijo en las chicas cuando se desnudan, intento acordarme de Alicia, y la noche transcurre sin que haya problemas.

 

Es el 18 de enero de 1995. Es el día de mi boda. Alicia está deslumbrante. Parece un ángel. Le digo a Mateo, mi padrino, que me pellizque para ver si es verdad. Lo es. Los labios de Alicia son demasiado reales como para ser un sueño.

 

Es el 1 de Abril. Alicia dice que tiene algo importante que decirme. Está embarazada. Me derrumbo sobre una silla. Voy a ser padre. Noto algo en el estómago que es difícil de describir. No es desagradable. Es sólo una sensación. Alicia se sienta encima de mi. Me besa. Me acerca la boca a la oreja y me dice al oído que es el día más feliz de su vida.

Yo también lo pienso, pero lo rectifico el uno de enero de 1996. Tengo a mi hijo en brazos, y veo que tiene los ojos de Alicia. Estoy sentado en la cama del hospital, y ella acaba de dármelo. Es el segundo niño del año, nos han dicho los médicos. Nos han dado lotes de productos de bebé, pañales en su mayoría. La familia viene a vernos. Todos se enamoran del niño. Nuestro niño. Hoy es el día más feliz de mi vida.  

 

Estamos en 2001. Es el once de septiembre. La gente sólo habla de las noticias. Nosotros estamos en el parque con nuestro hijo, ajenos a lo que pasa en el resto del mundo. Alicia y yo hablamos. Ella se ha estado viendo con un hombre de su trabajo. Me pongo furioso. Ella me dice que me calme, que lo siente. Pero yo no la escucho. Me voy y la dejo sola con el niño.

Estoy en un bar, bebiendo. Bebo. Bebo más. El hombre de detrás de la barra me dice que ya he bebido lo suficiente. Pago y me voy a otro bar. Cuando llego a casa, me dispongo a dormir en el sofá. Ella me dice que me vaya a la cama con ella. Le contesto que llame a su querido Eduardo, a ver si él si que quiere ir a la cama con ella. Ella se ofende. Me dice que ya me ha pedido perdón. Yo le digo que no todo se puede arreglar diciendo perdón. Le digo que me siento traicionado. Ella me dice que ella no lo ha traicionado, que no ha habido sexo todavía. Todavía. Le digo a gritos que es una zorra. Le alzo la mano en un ataque de ira. Entonces aparece Jaime. Lo hemos despertado. Pregunta que porqué gritamos. Le digo que pregunte a su madre. Alicia se lo lleva y lo acuesta. Yo cojo algunas cosas y me voy a casa de Carlos.

 

Es el 15 de septiembre. Sigo a Alicia al trabajo. Me siento en un banco delante el edificio. A la hora de comer la veo salir con un Eduardo. Les sigo. Se van a comer a un puesto de bocatas. Luego salen, y se van dando un paseo mientras hablan. Él le pasa el brazo por encima el hombro. Yo los intercepto, y los separo. Me encaro con él. Alicia me dice que por favor no haga tonterías. Él me dice que sólo la estaba consolando. Le pego un puñetazo que lo tumba en el suelo. Un hombre viene y me sujeta, mientras otros atienden a Eduardo. Éste se levanta. Alicia está enfadada. Me dice que la he decepcionado. Pide a los que me sujetan que me suelten. Que ha sido un malentendido. Se va con el Eduardo.

A la mañana siguiente, Alicia me llama a casa de Carlos. Dice que quiere que nos separemos. Carlos me aprieta el hombro. El mundo se me viene encima.

Voy a casa a verla y a hablar con ella. Le pido perdón. Ella está calmada, pero dice que se va a casa de su madre con Jaime, y que me avisará para firmar los papeles y todo eso. Le digo que por favor se quede. Pero no me escucha,  y se va.

 

Es el 8 de diciembre. Las luces navideñas brillan por toda la ciudad. Alicia, Jaime y Eduardo, cenan en un restaurante, y yo los miro desde la calle, a través del cristal.

 

Es el 6 de enero de 2002. Carlos y Mateo quieren que me vaya con ellos de marcha. Dicen que estoy echo polvo. Que ellos saben lo que me conviene. Es mentira. Sólo quieren animarme. Rechazo su oferta y me quedo en casa. Llamo a Alicia, pero salta el contestador. Cuelgo. Luego vuelvo a llamar para oír su voz en el contestador. Es la voz más dulce que existe. La odio.

 

Es el 5 de febrero. Es el cumpleaños de Alicia. Me presento en su casa para felicitarla, pero Eduardo me abre la puerta. Lo único que impide que salte sobre él, es Jaime, que viene corriendo y me da un abrazo. Alicia viene, y Eduardo se mete para adentro. Alicia me dice que gracias por venir, pero que no hacia falta. Está incómoda. Le digo que también era para ver al niño, así que Mme llevo a Jaime a dar una vuelta. Vamos a comer a un Mc Donald’s. Le pregunto cómo le va. Me dice que Eduardo es genial, que sabe un montón de cosas chulas. Me dice que les ha dicho que el próximo fin de semana les llevará al zoo.

Llega el fin de semana. Alicia y Eduardo se quedan con la cara de piedra cuando me ven delante la jaula de los gorilas. Pone una cara similar cuando me encuentran a la mañana siguiente, en el puesto de bocatas al que van a comer ella y Eduardo. Alicia me lleva a un lado, y habla con migo. Me dice que siente mucho como acabó todo. Me dice que rehaga mi vida. Que deje de seguirla.

 

Es el 14 de febrero. Me pongo mi mejor traje. Me aseo, me afeito y me ducho. Compro un ramo de flores, y un juguete para Jaime, y me voy a casa de Alicia. Subo con el ascensor. La puerta de su piso está abierta. Entro y veo que hay cajas por todas partes. Los muebles han desaparecido. Las paredes ya no tienen cuadros. Alicia me recibe y me cuenta que Jaime no está, que está en casa los abuelos mientras ella y Eduardo hacen la mudanza. Alicia me dice que se va de la ciudad. Se va a vivir a las afueras, con Jaime y Eduardo, a una casa que han comprado. Me da los papeles del divorcio, y me pide que los firme.  Por favor, me dice, firma los papeles.

Firmo apretando tanto que atravieso la hoja. Me da un beso en la mejilla y me dice que lo siente. Me dice que por favor me vaya. Suelto el ramo en el suelo del recibidor. Me doy la vuelta y salgo del piso. Empiezo a bajar las escaleras muy lentamente. Encuentro a Eduardo, trajinando cajas. Estoy fuera de mis casillas. Con el boli aún en la mano, se lo clavo en el cuello. El grita. Intenta defenderse. Pero yo le golpeo la cabeza contra la pared, y lo tiro escaleras abajo.

Alicia suelta un grito. Está asomada a la barandilla de la planta superior. Lo ha visto todo. Subo corriendo tras ella, que se mete en el piso y cierra la puerta. Le digo a gritos que por favor me abra. No lo hace. Echo la puerta abajo y entro bruscamente. Está en la cocina, con el teléfono en la mano. Lo cuelgo y la cojo. Ella está roja, es un saco de nervios. Lloriquea. Su llanto me perfora la cabeza. Le digo que se calle. Se lo grito. Ella me pega una patada en las partes. Me duele. Me encojo. Ella sale corriendo, pero me giro y la agarro del pelo. La tiro al suelo. Ella grita, se queja, y llora. Le digo que es una puta. La abofeteo. Le doy una patada en las costillas. Sangrando, me suplica que pare. No lo hago. La sigo golpeando enloquecidamente, hasta que su estresante lloriqueo cesa.

 

Respiro profundamente. Alicia yace en el suelo, inmóvil. Me siento en el sofá con la cabeza hacia arriba. Respiro hasta que mis respiraciones se vuelven normales. Voy a la cocina, pasando por encima de Alicia. Me lavo las manos y la cara. Salgo del piso y cierro como puedo la puerta, que no cierra del todo.

Bajo a la calle y subo al coche. Me quito la chaqueta, tengo calor, pese a que hace bastante frio.

Arranco el motor y conduzco. Conduzco durante horas. Salgo de la ciudad y me voy hacia el campo. Salgo de la carretera, y me meto campo a través. El cielo ha oscurecido desde que salí de la ciudad. Me meto por un camino rural. Me salgo de él. Llego a la vía del tren, y cruzo el coche sobre ella.

Paro el motor y saco un cigarrillo. Había empezado a fumar cuando me dejó Alicia. Alicia… Pensé en lo que había pasado en su piso. Bajé la ventanilla para sacar el humo. ¿Cuánto tardarían en descubrirla? Quizá ya lo habían hecho. Mientras lo pienso, me acuerdo del aspecto de Alicia. Era terrible. Intento borrar esa imagen de la cabeza. Saco de mi bolsillo una fotografía de Alicia y mía. Ella está tan guapa, y tan joven. Yo también estoy joven. Y me pregunto cómo tuve la suerte de que una chica como Alicia se interesara por mi.

 

Entonces pienso en Jaime. En mis padres. En los de Alicia. ¿Cómo reaccionarán? Jaime se hundirá. Pobre niño. Lo siento tanto por él. Lo siento.

Me fumo otro cigarro. Miro por la ventanilla hacia el cielo. Veo las estrellas. Están tan lejos, y su luz tarda tanto en llegar hasta nosotros…  No se oye un solo ruido a mi alrededor. Pero estoy equivocado. Cuando pongo atención, oigo sonidos que forman parte del silencio que me rodea; grillos, viento, algún coche en la carretera lejana, el aleteo de un pájaro.

De repente, un sonido antinatural irrumpe en el ambiente. Es el móvil. No reconozco el número. Imagino que será la policía. Rechazo la llamada.  Y entonces, me pongo a llorar. Lloro por lo que he hecho. Por lo que no hice. Por lo que podría haber hecho. Simplemente, lloro. Entonces llamo a Mateo. Le cuento lo que ha pasado. Le digo que quiero que se ocupe de Jaime. Le digo que es mi mejor amigo, y que se que será un modelo a seguir para Jaime. Él me pregunta que voy a hacer. Yo le digo que no voy a hacer nada. Me pregunta que es el fuerte ruido que se oye. Se da cuenta de lo que es. Me dice que no lo haga. Que podemos afrontar esto juntos, que el me apoyará, y que estará a mi lado. Me dice que piense en Jaime, y en mi madre. Me dice que por favor no lo haga. Yo le respondo que es la mejor persona que he conocido. Le digo que adiós.
Cuelgo. Pego una última calada al cigarro y lo tiro. Le doy un beso a la Alicia de la foto. Respiro hondo y  miro por la ventana.

 

El tren se acerca muy deprisa.

Registrarte y comentar la historia

Imprimir

Enviar historia

Enviar a Facebook
© Historias, poemas y otras contribuciones pertenecen al autor. El resto pertenece a Escribe Ya.
Condiciones    -     Privacidad    -     Acerca de Escribe Ya    -     Preguntas frecuentes    -     Enlaces    -     Anunciar    -     Publicar poesía