Aunque no puedas verlo...
¿Cómo se llamaba? Aquella que te cambió la vida, que no te dejaba ni un segundo solo. La única que te comprendía y que, tú creías, te completaba. La que necesitabas todos los días para ser tú. Sin la que creías que no podías vivir, y que fue la que terminó quitándote la vida. Ella, sí, pero también tu ignorancia... Recuerdo que tú la llamabas heroína
pero aún sigo preguntándome si realmente creías que lo era.
Tras escuchar sus palabras, salió asustada de la casa. No entendía cómo, después de haber pasado tantos años, podía seguir así. No llegaba a comprender por qué había llegado hasta el punto de hablar sola, creyendo que él la escucharía. Cómo no era capaz de comprenderlo como hicieron los demás, asimilar su muerte, pasar hoja y seguir con la vida que le tocaba vivir.
Ella también sufrió, sigue sufriendo sin que nadie lo sepa pero jamás ha sobrepasado esa frontera entre lo racional y la locura. Ella también cree en algo, o al menos eso quiere pensar; quizá ese pensamiento es el que le hace llevarlo mejor, quiza cree que algún día sucederá. Pero jamás lo habló con nadie, ni siquiera con ella misma, por eso no comprende a su abuela. Por eso le da miedo creer que su abuela realmente no habla sola. Que su locura es una realidad difícil de creer, pero una realidad, al fin y al cabo, que a ella le pone los pelos de punta. Que ella ve cada vez más cerca. Algo a lo que no quiere hacer frente.
Tras dar cuatro vueltas a la misma calle, decide subir otra vez. Respira profundamente, cierra los ojos para pensar mejor, pero con miedo por si al abrirlos ve otra realidad. Se sienta a su lado, sin mediar palabra. Tampoco la mira. Sólo intenta concentrarse para buscar las palabras adecuadas.
-Hija, no hace falta que me digas nada. Sé lo que te ocurre, sé que llevas mucho tiempo así. Él me lo dice todo, y sabe que te da miedo creer. Pero las dos lo sabemos y no tienes por qué temer nada. No es nada malo lo que te sucede, al contrario. Es algo precioso, un don que tienes que aprovechar.
Ella, poco a poco, va dejando caer lágrimas, que salen con miedo de confirmarle a su abuela lo que acaba de decir. Y sólo se le ocurre salir corriendo.
Entretanto, no deja de pensar en todos estos años en los que sólo sentía dolor. Era incómodo, insufrible, pero por lo menos lo podía soportar. Desde hace unos meses también siente miedo; miedo de todo, y de todos. Desconfianza hasta hacia sí misma.
Rabia por dentro, una rabia que no sale, que no se mueve, que sólo ella y ella sola tiene que sufrir. Que nadie jamás comprendería, porque ni ella misma es capaz de entenderlo de forma racional.
Se culpa por desear que volviera todo este tiempo, cree que esa necesidad es la que ha hecho que ahora vuelva de esta manera. Pero duda si eso es lo que ella quería en el fondo. Sabía que era la única forma de tenerle a su lado
Aunque no sabe si realmente es él
o su mente paranoica. No sabe nada, sólo tiene miedo.
Intenta, desesperadamente y en vano, hablar con él. Habla sola esta vez, igual que su abuela, y aunque le avergüence que alguien pase y se ría de ella, no ve otra solución a corto plazo.
No oye nada, tampoco lo ve. Sólo empieza a tener un calor extraño, que casi le quema.
Se empieza a tranquilizar, al tiempo que su miedo desaparece en forma de suspiro.
Entonces comprende todo, y llora. Entiende que él siempre ha estado a su lado, que nunca se irá, tal y como su abuela le dijo unos años atrás. Empieza a recordar esas palabras que le dijo cuando ella ni siquiera era consciente de lo que había ocurrido, cuando no entendía por qué él ya no estaba, por qué le decían que estaba bien, pero que estaba en el cielo. Por qué un día desapareció de su vida sin dejar rastro, sin despedirse.
Por qué su abuela no paraba de decirle que estuviera tranquila, que él nunca se había ido, que seguía con ella, aunque no le viera, aunque no lo entendiera. También le decía que ya lo entendería, que aún era demasiado pronto, pero que confiaba en que tarde o temprano ella tendría el don de su abuela.
Ahora, justo ahora es cuando ella lo ha comprendido todo. Es ahora cuando sabe dar significado a esas palabras que oía y que creía que no iban con ella. Ahora puede estar tranquila, por lo menos ha cambiado la percepción que tenía de su abuela
Pero hay una duda que aún sigue dándole vueltas
Y es que no termina de comprender si ella se ha vuelto tan loca como su abuela o si realmente las dos son las únicas capaces de entender que hay una realidad más allá de los cinco sentidos; que no sólo existe lo que vemos, lo que nos hacen creer; que también hay vida después de la vida
que, a veces, aunque haya gente que no vea algunas cosas, no quiere decir que no existan.