Atropello, cali

Este es un día caluroso en Cali igual que los anteriores; me estoy sofocando y el taxi en el que voy, va demasiado lento. Los carros se precipitan unos sobre otros, las gentes golpean la bocina y los alaridos son múltiples. No se de donde vienen, solo se que todos estamos estresados por el calor, amargados por alguna noticia y desesperados por llegar al lugar en donde pensamos, debemos estar.

 

Arribo a mi casa, en donde supongo encontraré un poco de paz.

Un área en donde bajar el aliento y suavizar las sensaciones; un lugar donde pueda mitigar el ajetreo que me encierra.

 

Busco algún billete en mi maleta, lo entrego y espero el cambio.

El taxista me pasa algunas monedas y se aleja después de una frase que se pierde en el aire: “que tenga buena tarde”.

 

Al sonar el timbre de la puerta, espero a que me abran y así, saludar los que adentro se encuentran.

Nadie quiere abrir, se escuchan los cubiertos que rozan los platos y los hielos que se deslizan dentro de los vasos.

El calor me inunda, mi garganta se seca y siento que el ahogo me domina.

Por fin, alguien se acerca a la puerta. Los pasos son más pesados. Se detuvieron. Rápidamente paso mi lengua sobre mis labios para humedecerlos un poco y regalar una sonrisa a quien próximamente me dará la bienvenida.

 

Como un flash, la puerta se abre y se corre por sí sola. Al parecer el que giró la chapa tenía mucha prisa como para detenerla y evitar que golpease la pared.

Decidida a pasar, avanzo con soltura al interior de esta caja de cimientos lo suficientemente cómoda para guardar algunos personajes pero ciertamente no para que convivan diferentes conciencias.

 

Mi cuerpo pidiéndome que lo hidrate, se dirige sin descaro a la cocina. Allí, una persona se interpone en mi camino y vomita su descontento. Un resentimiento guardado del cual se despoja conmigo.

Su protesta resulta un evidente reproche hacia la ciudad que nos guarda,Cali.

A esas calles que tanto pánico nos engendra y que estamos obligados a recorrer.

¿En qué monstruosidad se han convertido esos callejones? ¿Qué segueta pervertida habrá perforado sus entrañas para que se vea tan enferma, tan maltratada y por cierto, tan infestada de engendros?

 

Me acerco a la ventana para saborear la causa de su nuevo reproche.

Le han arrebatado el taburete al pintor, la estructura al arquitecto y el cuchillo al carnicero.

A un hombre que se levanta muy temprano todas las mañanas, que seguramente ve el amanecer mientras se dirige con sus pertenencias a ese pequeño lugar en donde dará satisfacción a algunas personas, le han amputado una de sus muletas, su arma de trabajo, como a muchos en Colombia.

Le han quitado su pequeño recinto en el que resguarda su creación del sol, su medio de ganancia. Su medio de subsistir con el cual, también favorece a otros regalándoles un poco de frescura con sus salpicones, pintando sonrisas con su amabilidad y mostrándonos una de las cosas que la naturaleza nos brinda pero que nosotros no sabemos aceptar correctamente y que reducimos a un bajo precio;

la vida misma y sus frutos.

 

Al ver esto yo me pregunto: ¿por qué?

¿Qué hacía este hombre más que darnos un ejemplo de perseverancia, que estando en malas condiciones y terribles problemas, se muestra luchador frente a esas trincheras llenas de moho y gente muerta?

 

Un mastodonte de hierro forjado se detuvo frente a ese pequeño lugar que él ocupaba y escupió varios duendecillos. Personajes vestidos de verde que caminan gallardos frente a todos, que se creen mejores al exhibir sus placas y siembran desprecio, quejas y desfachatez en nuestra ciudad.

Esos dichos,  mantenedores de orden, esos que me aprendieron a llamar policía.

¿Pero de qué material se creen forjados? Fueron muchos en bajar y ¿para qué?

Para quitarle la mesa de trabajo a un hombre que sí, tal vez ocupe un espacio publico pero ¿acaso molesta a alguien?

¿Qué ha hecho este hombre aparte de ganarse el pan con sus propias manos y no con las de un pequeño que muere de hambre y deambula por las calles pidiendo limosna?

No con un arma de fuego apuntándoles a las personas que por ahí transitan; no como aquel hombrecillo de cabellera mona, que anda en harapos por el barrio. Ese hombrecillo que de estatura podría confundirse con un niño pero que de por sí, prefiere drogarse, romper una botella y amenazar a quien se le atraviesa para conseguir un poco mas y satisfacer su repulsivo vicio cuando este se le acaba.

 

A veces lo veo bien vestido y me pregunto: “¿de dónde lo sacó?”

Quien está a mi lado me responde: “Aquí en el barrio, algunas señoras le regalan comida y ropas.”

Esto resulta un poco extraño y perturbador; ¿Cómo es que ese mono que me ha hecho correr, que  ha hecho que mi angustia perfore mis pulmones y mi corazón lata fuertemente a causa de las imágenes que se mueven en mi mente mostrándome situaciones en donde no quisiera encontrarme, esta por ahí en la calle sin que alguno de estos policías le llamen la atención?

¿Dónde están estos cuando de verdad pides su presencia? ¿Cuando necesitas ayuda y los llamas desesperadamente? ¿Dónde están?

 

Escucho como le quitaron a un hombre sus pertenencias y luego pienso en los ladrones, violadores y en esos desechos regados a lo largo de las vías. En los andenes infestados de moscas y en ese molesto olor que se introduce bruscamente en mis orificios nasales produciéndome la nausea que sube hasta mi cabeza mareándome levemente.

¿por qué no en vez de quitarle a un hombre que no perjudica a nadie sus escasos recursos con los cuales se proporciona unos bienes que a nadie le han sido robados sino obtenidos por merito propio no levantan la PODREDUMBRE  de nuestra tierra, nuestro hogar? ¿Por qué no comienzan con dar el ejemplo para que otros hagan igual?

En vez de estar actuando de una manera que sin duda no trae buenos resultados, ¿por qué no se detienen y piensan un poco en organizarse mejor?

Soy un ciudadano menor de edad que se siente inconforme en la ciudad pero ciertamente no el único.

Si les preguntan a los jóvenes que quieren estudiar, probablemente respondan que aún no están seguros pero en la mayoría de los casos, muchos se adelantan y responden que van a irse para el exterior pues su ciudad, Cali, es un hueco; un hoyo negro que traga de lo peor y aguanta sin escupir.

 

No es porque le de pena. Prefiere pasar forzosamente esa saliva espesa y de amargo sabor por su garganta pues tiene miedo de que le pasen por encima, de que lo ahoguen con arena al quererlo enterrar y sepultar o también es el aprensión de perder el tiempo que le queda de vida pues teme no ser escuchado.

 

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