No se despidió de sus hijos: crecen y ya no parecen ser de uno. Se había tomado el café pensando en los kilómetros que tenía por delante y con la sensación de frío por la humedad en el ambiente. Llegaba tarde.
Un beso en la puerta y de nuevo a
la misma rutina, a vivir en un coche y a aguantar las estupideces y gracias de
los posibles compradores, a tener que adularlos y ensalzar las propiedades de
unos productos vulgares. Los buenos tiempos de los representantes de ventas habían
pasado; y todo por culpa de la dichosa
La puerta del ascensor sonó
demasiado fuerte al cerrarse y aquello le hizo pensar que, a esas horas
tempraneras, los sonidos llegaban diferentes. Y encima, llovía y la calle a oscuras,
porque la maldita
Vio que le daba tiempo a cruzar, en una carrerita, calculando la distancia de las luces que se adivinaban a su derecha entre la tupida lluvia. No era tan viejo. Lo que no percibió fue al vehículo con los faros apagados de su izquierda.
Casi cuatro meses después hubiera cumplido los cincuenta.
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