Asesinato en la calle de Judíos


CAPÍTULO PRIMERO

I
Una atmósfera tibia, gris, lechosa flotaba en el cuarto oscuro. De pie, bajo el alero de cristales japoneses del zaguán, Vergara observó su oficina. Tenía una mano en la empuñadura de la puerta, y de la otra cargaba un viejo portafolios de piel dura de cocodrilo y un gabán negro, que se hubo despojado una vez que estuvo en el ascensor del edificio. De pronto, le dio la súbita sensación de estar frente a un escenario devastado: lamparones de luces opacas llegadas de la Plaza de Armas que entraban a raudales por las persianas metálicas, proyectaban láminas de polvo entre los muebles. El reflejo de la luz de la tarde tendía sobre el escritorio una luz evasiva, ensombreciendo las paredes. Entró a tientas, pisando el alfombrado, que amortiguaba el sonido de sus pasos en las baldosas, y se acercó a su escritorio. Su oficina mantenía aún la misma posición bastarda de sus inicios como detective dependiente del servicio. Una enorme mampara dividía el cuarto en dos salas reducidas, de modo que tenía el espacio necesario para trabajar en una de ellas, y a su vez, descansar tendido en una larga poltrona de cuero, fumando un cigarrillo, mientras el cielo de la noche, como un fondo negro perlado de estrellas, se complicaba de negredad. Trabajaba en privado, todas las tardes, como un autoritario oficial en campaña. Para entonces ocupaba su sillón de cuero, encendía un cigarrillo y no se movía para nada, ni para auscultar la calle producto de algún ruido que brotara en la ventana. Cuando la noche acampaba sobre la ciudad, con la cabeza caliente debido a sus ejercicios mentales, se recostaba en la poltrona y se mantenía mucho rato observando el cielo, con una copa de vodka en la mano.
   El piso era de madera, la mayoría de las veces sucia por los puchos y los restos de cigarrillos que fumaba como un autómata. Vergara no concebía el trabajo u otra rutina de su vida sin un cigarrillo humeando entre sus dedos. Un estante metálico, esqueleto de libro alguno, cubría una pared superior, detrás de su escritorio, y que la constituían mayormente informes de casos anteriores y periódicos donde daban cuenta sus participaciones como detective de asuntos de gobierno; todo bajo una sábana de polvo y telarañas plateadas.
   Como si estuviera al frente de una región inhóspita, entró a tientas, con pasos inseguros. La gruesa alfombra amortiguaba sus pasos. Se sentó en su escritorio, y dejó sobre él su portafolio y la chaqueta en el respaldar de su sillón. A pesar de que muchas veces la había considerado angosta, su oficina era la más amplia del edificio: una sala dividida en dos espacios de similar dimensiones, para él solo. En la bruma de la noche, su oficina parecía angosta, de techo humo, las paredes cerradas. Encendió una lámpara de piedra caliza, y miró a su alrededor: la luz había formado una plataforma circular en el escritorio. Sobre el sofá, bajo la sombra de una de las ventanas, echo un bulto informe, descansaba un hombre cubierto por su gabán oscuro y un sombrero de copa, caído sobre el rostro. Tenía los ojos cerrados, en un sueño profundo. Al principio, sorprendido por la inesperada aparición de aquél señor  bajito, los zapatos en punta e impecablemente lustrados, que apenas tocaban las losetas, Vergara lo observó con cierta curiosidad; era de piernas escuálidas, pero tenía la barriga abultada, como si estuviera hinchado de almohadones, el cuello grueso se encontraba forrado por una chalina negra, larga, y el bastoncito de enchapados apoyado sobre el respaldar de la silla; un ejemplar abierto del diario El Tiempo descansaba sobre sus piernas y el maletín de siempre, tan pequeño como el suyo, derribado entre los cojines; del rostro sólo estaban al aire unos labios breves, de mujer que dibujaban una cómica expresión infantil. Le sacudió sin brusquedad, sabiendo perfectamente de quién se trataba. Manolo Pineda, detective amigo, y encargado del caso La Calle de Judíos. El hombre despertó, confundido, mirando en torno.
   -Demonios, que sueño horrible –dijo, frotándose los ojos-. ¿Qué hora es?
   Vergara miró el reloj de su muñeca:
   -Siete con cincuenta –dijo.
   Pineda se levantó y maldijo, fustigando el aire con aburrimiento.
   -La señorita García me hizo pasar hace una hora. Me dijo que no estabas y me decidí a esperar -.Se arregló el traje, dobló en cuatro el periódico y extrajo de su gabán un cigarrillo.
-¿Tienes fuego? –preguntó.
Vergara le ofreció un encendedor. Vio como la llamita de fuego hería la punta de un Winston rojo, y nacía en el filtro un ojo ígneo, candente. De pronto, se dirigió a la ventana, y, algo malhumorado, se apoyó en el alféizar. Hacía un viento fuerte, caliente. Las dos ventanas laterales permanecían abiertas de par en par. Se quedó un rato mirando ese cielo preñado de incontables estrellas ya, con aire nostálgico. Hacía un aire caliente, los cerros eran formas difusas entre la neblina cargada, y las luces de la gran Lima los ojos ausentes de un cadáver que mira esta tierra oscura, noche para amantes y dementes. Fustigó el aire y aspiró el humo de su cigarrillo. Vergara se puso de pie, y se acercó a su escritorio. Depositó algunos archivos de su portafolio y las replegó en su escritorio. Debía ordenar pacientemente, con apoyo del hombrecito que fumaba mientras intentaba interpretar sus sueños. El caso era un asunto peligroso, y debía cuidar cualquier tipo de detalle importante. Pineda le ofreció un cigarrillo, mientras tomaba asiento en el mueble donde momentos antes había descansado. Cruzó las piernas y miró el cielorraso. La puerta se abrió con un ruido agudo, y entró una mujer gorda, alta y de cabello rubio recogido en la nuca. Llevaba una ruma de documentos en las manos, y movía las piernas con candor y cierta soltura, pese a las carnes abundantes de su cuerpo. La mujer se despidió en la puerta con una vocecita fresca, juvenil.
   -¿Tiene algún informe nuevo que ofrecer, doctor? –preguntó Vergara, bebiendo despacio.
   Pineda parecía perdida en alguna visión oscura de sus pensamientos. Al fin, bajó la mirada y chupó su cigarro. Tenía la boca suspendida, los ojos inquietos y la frente húmeda.
   -Tengo dos, pero la verdad es que no son nada estimulantes. En todo caso lo serían. Pero solo para abandonar el caso –dijo, sonriendo tristemente.
   Abrió una carpeta que tenía al costado y arrancó algunas hojas, que enfrentó a sus ojos inquisidores. Arremetía con cada hoja como si fueran guiones de algún libreto estelar, en su papel triunfal, estrujándolos con ansiedad y alegría. Los leía en voz alta, con intriga y cargado de pesadumbre. Vergara escuchaba reclinado en el sillón.
   -Así es que el deudo retiró su denuncia. Qué barbaridad –dijo, finalmente.
   Pineda sonrió, y en un gesto rápido se quitó los anteojos y los limpió con un pañuelo arrugado. Se los volvió a calzar, a la vez que arrojaba el cigarrillo a un costado.
   -Lo otro, no me lo creerá –dijo, luego de un pausa. Se levantó, tomó asiento en el sillón del frente y se apoyó el escritorio, con los papeles en la mano y el rostro congestionado. Había cruzado las piernas, para mostrar calma, pero sus ojos y su voz revelaban miedo. Vergara se puso de pie, se quitó la chaqueta y lo colgó en el perchero que estaba junto a un armario de espejos. El viento de la noche ingresaba cálidamente. Cerró las persianas, con fuerza, y el ruido se apagó bajo las planchas de metal, y mientras lo hacía escuchaba que el hombrecito relataba una historia de criminales, de muertos y daños insalvables. Era lo mismo siempre. ¿Hacía donde iba su vida? Por último, escuchó algo que le hincó el pecho. Una revelación fortuita y negra, como la misma muerte.
   -La mujer que desapareció hace dos noches fue hallada muerta en la puerta de la Estación Desamparados. Sin brazos ni piernas.
   Se volvió a su compañero, y, en su rostro encontró una media luna de sombra. El cielo se recortaba en la única ventana ahora abierta, una lámina sucia haciéndose más gris, estrellada de piedras preciosas. Se sentó en su escritorio, frente a Pineda que continuaba con el relato, y cogió la cajetilla de cigarrillos. Estaba vacía. Su compañero volvió a hablar:
    -Una joven de apenas quince años. Según la policía, se cree que fue descuartizada con una sierra eléctrica, de esos para tajar árboles.     
   El detective estrelló su mano contra la cajetilla de cigarros vacía, y lo arrojó al cesto. “Puta madre”, dijo, en voz alta.  Cogió una nueva cajetilla de su escritorio, lo encendió y arrojó el primer humo. Estaba nervioso. Entregarse a un nuevo cigarrillo era como entrar en un nuevo proceso de búsqueda, consumirlo y acabarlo, aplastándolo bajo los pies finalmente, como acabando un viejo caso. Lo hacía cada vez que se encontraba inquieto. Pineda también lo sabía, y esta vez, pese a sus propios nervios, lo advirtió.
   - Hasta el momento ya van cuatro, ¿no es así?, y quizá sean más -dijo.
  Sacudió la cabeza como un animal husmeando el aire y luego expulsó una estela gris de humo.
   -Parece ser el mismo autor de los demás crímenes –dijo el gordo, resoplando violentamente.
  El doctor se reclinó en su sillón.
 -Es posible que así sea -dijo.
   De pronto se escuchó unos golpes débiles en la puerta, y entró la señorita García con una bandeja de cobre. Puso las tazas de café sobre el escritorio y luego se retiró meneando su trasero. Pineda sonrió sin gracia. El hombrecito se regocijaba cada vez que veía a la señorita García y su abundante cuerpo recortando la visión escasa de su mente. ¿Se podría solucionar el caso, aquí, desde un escritorio, y con una mujer que lo atienda todo el día como la señorita García?, pensó el gordito, risueño.
   El ojo de fuego de su cigarrillo se encendió cuando la aplastó contra sus labios. Estuvo un instante en silencio, mirando el perfil penumbroso de la ciudad, con sus edificios y sus encendidos en medio de la neblina fría de Lima. Bebió un sorbo de su café.
   -Cuatro muertos en una semana. Esto me da náusea –dijo.
   -La policía está tras los pasos del sujeto. Ya tiene algunas pistas importantes.
   -Eso es bueno. Pero nuestro trabajo está en pañales, todavía.
   Pineda se puso de pie. Era bajito, de frente amplia y pelo escaso, con unos ojitos vivaces y risueños que alumbraban esa cara abundante de carne y granos. Era un hombre simpático por sus gestos y sus labios de niño. Vergara lo apreciaba, sin duda alguna. Era su mejor socio, y el único desde que renunció a sus trabajos del estado, y con quien podía confiar con transparencia. Habló, con resignación:
   -Lo entiendo, Vergara. Por algo los ojos de toda Lima están puestos sobre nuestro trabajo. Están esperando resultados inmediatos.
   Era cierto. La primera víctima era una joven extranjera asesinada en su departamento para turistas, de la misma forma salvaje como fueron eliminados las tres víctimas más. Y ahora una jovencita, aparecida en el caudal del Rímac, en Barrios Altos, nada menos.
   -Un cuchillo –dijo, de pronto Vergara, como si hablase solo -. Diablos.
   Vergara bebió un trago de su café y se puso de pie, nuevamente. Caminó hasta la puerta y la abrió. Pidió a su amigo que esperara un instante. En la mesa del pasillo estaba la señorita García golpeando en la máquina de escribir. En la ventana del salón, una nevada azul cubría los árboles de la calle. El tranvía de las siete cruzaba a esa hora el carril, con los faros encendidos. Había poca gente en el paradero de bus, a esa hora por lo general atestados de personas, pero debido a los sucesos de las muertes y a la aparición de cadáveres por la ciudad, las personas preferían quedarse en casa a esperar que todo se resuelva, bajo el trabajo de los detectives antes que de la policía. El asesino en la calle estaba al acecho, sobre todo en la noche, amparado por la complicidad oscura. El clima estaba bastante frío. Una repentina llovizna caía a goterones, acompañada de un viento fuerte. El clima del invierno, hacía que todo se viese desierto. Vergara cerró las ventanas, cuyos vidrios estaban empañados de humedad, y se dirigió a su secretaria.
   -Tengo para que haga otra declaración, porfavor. Es urgente.
   La señorita lo miró sorprendida. Sus ojos claros escrutaban el vacío tras sus anteojos gruesos. No cabía duda que era bellísima, un mechón de pelo rubio columpiaba sobre su frente, y tenía la boca abierta.
   -Señor, el último informe le acaba de llegar hace solo unas horas –dijo, tras una pausa, y continuó-. La policía se ha intentado comunicar con usted esta tarde, necesita con urgencia su presencia para el caso de investigación que trabajan.
   -¿A qué hora es la reunión?
   La mujer miró su agenda y dijo, con cierta inseguridad:
   -Le quedan apenas una hora. Es a las ocho, según está escrito aquí.
   Vergara asintió.
   La mujer se comunicó por teléfono con la agencia del diario La República, solicitó los informes adjuntos en los trámites que el doctor enviaba cada mes, con los avances de la investigación, y se enfrascó nuevamente a su pesada máquina de escribir. La bombilla de luz que colgaba del techo como una araña panza arriba, derramaba una luz bajísima sobre el cuarto.  El doctor volvió a su despacho cerrando la puerta sin ruido. Sentado, hojeando unos documentos de su portafolio, las piernas cruzadas, el enano tenía la mirada seria, y hasta enojada. Entre sus gruesos dedos, seguía humeando un cigarrillo casi extinto. Vergara pensó que en cualquier momento la colilla quemaría los dedos del detective, hasta hacerlo gritar. Se sentó frente a él, en silencio, con una resignación lamentable en todo su cuerpo. El rumor del tráfico y del edificio formaba una atmósfera de fantasmas vagando en la oscuridad. El gordito cogió su taza, abandonó los papeles, y sorbió su café. El vaporcillo caracoleaba hasta su rostro, y empañaba sus anteojos, confiriendo en él un aspecto cómico y juvenil. Algo mayor que él, su cuerpo regordete, sus cabellos escasos, su mirada siempre suplicante y triste, y el cansancio que siempre él preocupaba en revelar en su gesto plegado hacia abajo, tenía siempre el humor por los suelos, como los buenos detectives duros, enfrentados al crimen y al misterio de la muerte. Dispuesto siempre a un brindis cordial y sin sobresaltos, con una sonrisa breve, era un detective con la inteligencia y la mesura de las antiguas novelas policíacas.
   Eran las ocho en punto. El reloj de pared colgado cerca de la ventana hizo unas morisquetas, y luego se hizo un abrupto silencio, pero no era más que una brevedad sepulcral, pues al instante un ruido nocturno, de insectos invadiendo la ventana, surgió como una tromba, junto al tráfico de la noche más alta y cerca de la medianoche lunámbula.
   Vergara advirtió en su compañero una cierta impaciencia q intranquilidad. Dejó la taza y se levantó como impulsado por un resorte.
   -Es mejor que me vaya. Mi mujer me espera en casa con la cena, y no quiero perderme su delicioso estofado.
   Se despidieron, y ambos salieron. El enano apoyado en su bastón de anciano, rengueando. El otro pensando en la fragilidad de la muerte, bajo la sentencia de la perra suerte de los victimados.

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Comentarios:

Escrito por: rachcatar       14/04/08 02:10
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Me parece una maravillosa historia de misterio que describe claramente la tension y el ambiente de ser detective, la verdad me encanta como escribes ojala haya continuacion...
Escrito por: arturo       26/03/08 23:14
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Fragmento de novela. Aún se encuentra en veremos si prospera su continuación. Pero ahi va algo de este proyecto. Un abrazo.
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