Ascenso al Humboldt

Categoría(s): Aventura

El sol iluminó la figura de un hombre alto saliendo de la tienda de campaña. Ante él, se extendía el valle negro, una hondonada  montañosa alrededor de un extenso lago, tan oscuro como frio a unos cientos de metros de la cima de la montaña. De los casquetes de hielo surgía un débil arroyo que alimentaba el lago.

                Esa mañana soplaba un fuerte viento desde el Suroeste, con un sonido extraño desde la cima de la montaña, como el de una serpiente acorralada. Moisés fue el primero en levantarse. Verificó el funcionamiento de los equipos electrónicos que durante toda la noche midieron la velocidad del viento, la temperatura, la presión atmosférica y otros cosas que para él y sus compañeros era importante, o que se suponía debería importarles.  Guardó sus equipos en las grandes mochilas y se dispuso a desarmar su tienda.

                Con sus cincuenta y seis años de edad, no lograba comprender como un trío de jóvenes que no alcanzaban ninguno los veinte años, eran capaces de dormir hasta esas horas del día, de detenerse cada diez minutos a beber agua, y cada veinte a comer  un sándwich. Las reservas de chocolate que se suponía debían servir para el soroche en los niveles mas altos del ascenso, se los habían comido al salir del pueblo. Y es que la misma tienda en donde dormían estaba mal armada. Parecía más  un saco de papas que una tienda de campaña. En ese momento, un ruido estrepitoso surgió del interior de aquel bulto deforme donde dormían los jóvenes. Era Gabriel, un muchacho obeso pelinegro que tenia el don de romper todo lo que tocaba con las manos. Sus ronquidos hubiesen despertado a todo un edificio, pero allí, en medio de la nada, se escuchaban como el derrumbe de una tonelada de rocas en un desfiladero.

-¡Estos mocosos no sirven para esto! –pensó- Si fuesen mis hijos ya los hubiese matado a golpes para que siquiera aprendiesen a ser decentes.

                Moisés nunca había soportado la indisciplina; tenía formas poco ortodoxas para corregirla. En la Universidad donde trabajaba como profesor de Geomorfología le llamaban Conan el Bárbaro, pues trataba a sus estudiantes como soldados de un regimiento, era archiconocida su obsesión perfeccionista, incluida la manera de castigar a los que le desafiaban en clase. Sin embargo, jamás se le objetó su comportamiento, pues no había nadie en todo el país que supiera más de aquella disciplina que Moisés. Y hasta sus más acérrimos enemigos eran incapaces de imaginarse una expulsión de Conan el Bárbaro.

                Pero aquellos tres muchachos. Jamás había conocido un grupo semejante: inexpertos, imberbes, inmaduros, insolentes…imbéciles. Inescrupulosos hasta la saciedad, su sola presencia era la peor maniobra que el Consejo universitario le había jugado. Esta era la misión científica más importante de su vida. Había luchado por esa expedición desde inicios de su carrera; un par de profesionales era lo que necesitaba, o siquiera de buenos estudiantes, comprometidos con la misión; pero el Decano tenia que meter su nariz en el asunto.

                Un presupuesto multimillonario entre viáticos y equipos ultramodernísimos no era gratuito. El Decano tenía que presumir de su mayor orgullo ante el Consejo Universitario, y así lo hizo, enviando a la expedición a su único hijo, Francisco. Este era el mejor estudiante del Instituto, a pesar de que nunca asistía a clases, había pagado fianza por cuatro demandas de plagio de trabajos de investigación y había repetido incontables veces, incluyendo en un Congreso internacional, que el Ártico se encontraba en el Polo Sur.  

Pero aun así, ningún profesor se atrevía a dudar de la excelencia académica del muchacho, hijo del Decano y sobrino del Ministro de Educación. Todos menos uno, el único profesor que le había aplazado una asignatura al joven, ahora le acompañaba escalando la montaña más alta del país junto a dos de sus amigotes, uno más ilustre que el otro, en la misión científica más importante de la década, quizás del siglo

-Mi padre hará esto… mi padre hará lo otro- Recordaba incesantemente la chillona voz de Francisco resoplando de cansancio mientras ascendían la montaña.

-Tu padre es la peor alimaña que se ha arrastrado por este cutre planeta; tan ignorante y soberbio como la sabandija que eres- Le había dicho una vez en el camino.

-Uff.. mi pa-dre… ufff… ¡se entera-rá de esto! Aunque… no sepa.. uff… que significa sabandija.

                Otro ronquido que parecía más un gruñido salvaje le sacó de sus pensamientos. Ahora no era Gabriel, sino Francisco y Josué en un concierto armónico de voces nocturnas.

                Moisés se acercó a la tienda de los muchachos. Se imaginaba cada vez más al torpe Gabriel estropeando uno de los carísimos instrumentos, a Josué saboteando algún equipo de medición y al hijo del Decano llevándose la gloria de la expedición.

                Se acercó mas a la tienda, mientras sigilosamente sacaba del bolsillo de su pantalón una pistola plateada que llevaba por seguridad a todas partes. Abrió la tienda de campaña silenciosamente, apuntó el arma y disparó.

                El estruendo retumbó en todo el valle, mientras el viento se llevaba el sonido a lo lejos.

-¡A levantarse trío de mujercitas acaloradas! Ya van a ser las ocho de la mañana y ni siquiera han desarmado su…tienda o esa cosa en la que durmieron ¡Yo no voy a esperar a que les pegue la gana de moverse!- dijo Moisés apuntando al cielo.

-¡¿Se ha vuelto loco, anciano?! ¡Métase esa pistola en la boca la próxima vez, abuelo! –dijo Gabriel todavía asustado asomado desde la tienda.

-Tranquilo gabo, esto lo va a saber mi padre, no durará ni dos minutos en la universidad cuando le cuente las penurias que nos ha hecho pasar –dijo Francisco.

-¿Penurias? ¿si conoces esa palabra? –Respondió Moisés- Pues no me amenaces, mocoso; ¡porque si no vas a conocer el infierno antes de tiempo! Me alcanzan luego si eso quieren; si no, espero encontrar de regreso sus culos muertos y congelados.

                Los tres muchachos enmudecieron. La rabia los carcomía, pero el solo imaginarse a Conan el Bárbaro disparando como un maniático en aquellos parajes olvidados por Dios, les hacia mantenerse al margen.

-¡Muevan esos cuerpos fofos, mocosos! Los espero en la cima a mediodía. Si es que no quieren morir de frio en la noche –Dijo Moisés, y se alejó montaña arriba entre carcajadas y una tos seca.

                Los jóvenes taciturnos, se metieron en la tienda apresurados en vestirse y hacer las mochilas rápidamente. Si era cierto que el anciano estaba loco, más cierto aun era que no había nadie con la experiencia y la fuerza para dirigir una expedición como esa.

               

                La mañana transcurrió serena. El viento, tan presente en las primeras horas, era ahora un silbido lejano entre las rocas de las montañas vecinas. Pero, aun así, la temperatura continuaba bajando. Moisés había visto el termómetro ambiental al salir del campamento y ahora, tres horas después y sin haber ascendido más de quinientos metros, la temperatura marcaba cinco grados por debajo de la última medición.  Miró a la cima desconcertado, previniendo una ventisca o tormenta antes de finalizada la tarde. Si las cosas se ponían feas, él debía siquiera asegurar que los equipos de medición fuesen colocados en la cima de la montaña; aunque eso significase arriesgar la vida de manera absurda. Se aparejó la mochila, ciñéndose mas las correas y se dispuso continuar el ascenso.

-Espero que no tengan problemas para alcanzarme –pensaba- seria peligroso que se desatara una tormenta y ellos aun estuviesen abajo. Con la estupidez crónica que los acompaña podrían hacerse daño –Moisés se rió para consigo mismo, luego se detuvo y volteó hacia el camino andado.

-Pero, ¿y si les pasa algo? En verdad son muy estúpidos para sobrevivir a una ventisca fuerte. Aún no logro entender como Fischer envió a su propio hijo a una expedición tan peligrosa; él sabía los riesgos. Quizá lo hizo para deshacerse del muchacho de una vez por todas; no me sorprendería que quisiera tenerlo lo más lejos posible –Pensó. De repente, un sonido gutural emanó de los confines de la montaña, se escucho como el gemido moribundo de un animal, pero escalofriante.

                Todos los pensamientos de Moisés desaparecieron. En frente venía arrasando con una furia descomunal una nube blanca, rugiendo y destruyéndolo todo.

-¡Ventisca! –gritó Moisés y de inmediato se lanzó al suelo.

               

 

 

 

Continuará...

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