ASCENSO AL HUMBOLDT

Categoría(s): Aventura

 

 

 

 

Al despuntar el alba del segundo día, los jóvenes reanudaron el ascenso al pico. El día les descubría un paisaje dominado por frailejones y líquenes de diversos colores, y en la cima de la montaña las nieves perpetuas del Humboldt los esperaban.

-¡Greifer! Si nos apresuramos llegaremos antes del mediodía a la cima –grito Richard desde la roca superior- es peligroso tardar demasiado. El descenso en la tarde-noche siempre es arriesgado.

-si, si, pero empieza a subir holgazán. No sabes lo desagradable que es querer mirar las nieves del Humboldt y toparse con tu trasero azul -respondió Greifer, quien estaba a unos metros debajo de Richard- Además, el anciano de allá abajo tardará un poco en alcanzarnos.

            Una pesada mano cayó sobre el hombro de Greifer – Espero que no te hayas referido a mi, mocoso- respondió grave la voz de Moisés- solo me aseguro de que tus bucles no se vayan a estropear alla abajo; ¿cierto, ricitos de oro?

-¡¿ricitos de oro?!-estalló Richard- ¡Yo lo llamaría mejor Rapunsel! Pero dejémosle en ricitos de oro, es más varonil.

            Greifer le lanzó una mirada asesina a Moisés, que éste notó de inmediato –no te enojes Grey. Siquiera una vez que nos cobremos una de tus bromas. ¡Vamos muchacho, continua subiendo! ¡¿Ahora quien es el anciano?!

-Solo espera a que la falta de oxigeno allá arriba te afecte; te veré rogándome que no me apresure- susurró entre dientes Greifer.

            La jornada transcurrió lentamente. El sol iluminó sus espaldas durante toda la mañana pudiendo ver sus sombras sobre la piedra gris de la montaña.

El cielo estaba claro ese día; casi sin nubes. El solo silbido del viento entre las rocas y el sonido de las botas chasqueando contra las piedras los acompañaba. El pico se levantaba imponente ante ellos, sin embargo, a simple vista ningún sendero subía directamente a la cima. Debían bordearlo durante un trecho hasta llegar al Valle del Glaciar.

Los tres conocían el camino; no era la primera vez que subían a él. Sin embargo, ese día a todos les embargaba la típica sensación de impaciencia de los novatos. Era como si sus corazones esperaran encontrar algo especial en la cima. El mismo susurro del viento les llamaba a subir, sin detenerse. Un destello cándido desde el infinito celeste.

Al llegar al mediodía, se encontraban ante una amplia cornisa que daba hacia el vacío y sobre ella un estrecho sendero que ascendía y volvía a bajar. Richard subió primero.

El terreno era empinado y resbaladizo pero pudo llegar con relativa facilidad al borde superior. Y allí estaba, el Valle del Glaciar. Un inmenso cono de deyección formado luego de que el glaciar se hubiera retirado a las alturas. Incontables frailejones y en el centro mismo del valle la Laguna Verde; formada por los riachuelos que descendían del glaciar. Hermosa en toda su extensión; el pico vestido de blanco se reflejaba en sus aguas serenas.

Richard intentó bajar del risco, cuando repentinamente una extraña corriente de aire lo empujo hacia atrás, haciéndole rodar de espaldas hacia el vacío.

-¡¡Richard!! –gritaron al ver al muchacho salir expulsado como por un golpe seco hacia el abismo que se abría a sus espaldas.

            Moisés se lanzó instintivamente al borde de la cornisa en el instante en que Richard se sujetaba de las últimas piedras de la montaña antes de caer a la fosa.

-¡¡Richard!! – repitió Greifer, pero nadie le contestó. El cuerpo extendido de Moisés sobre la cornisa se mantenía inmóvil – ¡¿Moisés?!... ¡Moisés!- gritaba el muchacho llorando, pero sin moverse del sitio. De repente el cuerpo de Moisés empezó a moverse, contorsionando brazos y abdomen.

-¡Si no te importa, mocoso, me ayudaría mucho una mano acá abajo!

-¿Moisés?

-¡Muévete llorón! – exclamó la ronca voz de Moisés.

            Greifer reaccionó de inmediato, corrió hacia la cornisa y vio como Richard se sujetaba a las manos y a las mangas de la chaqueta de Moisés, con sus pies bailando sobre el precipicio. Ayudándoles a subir de nuevo al remate de la montaña, Greifer se sentó sobre la roca junto a ellos.

-¿Estas bien? –Preguntó Moisés a Richard- ¿no te rompiste nada? ¿Aún puedes continuar?

-Si….si, aún puedo. No fue tan malo –respondió con voz baja.

-¿malo? Malo hubiera sido si caes allá abajo –dijo Greifer- ahí si que hubiera sido malo. Bueno, agradece que te acompañáramos;  porque sino, no estarías contándola.

-Si, Greifer; sobre todo tu presencia ha sido de bastante ayuda –respondió Moisés- Richard ¿Qué fue lo que pasó allá arriba? Saliste empujado como por una patada de asno.

-arriba….no sé –respondió Richard- fue algo muy extraño. Miraba el reflejo del pico en la Laguna Verde, cuando tuve una sensación muy rara.

-¿Rara? –preguntó Moisés.

-si.... fue como si muchas voces me hablaran en susurros desde el viento. Me decían cosas terribles… maldiciones, suplicas llorando… y entonces…

-entonces….que –dijo Moisés.

-Entonces, vi esa imagen tan horrible. –Respondió Richard- como un deyavú…. Una cruz, brillante; y a un hombre ensangrentado frente a ella… el hombre abría los brazos y la cruz brillaba mas, y mas…. –la quijada de Richard temblaba y con el rostro palidecido dejaba escapar pequeñas lagrimas- y entonces al quererme acercar, el hombre se volteó y ….. – Richard, bajando la mirada quedó en silencio.

-¿Qué pasó Richard? ¿Qué hizo aquel hombre? –preguntó Moisés.

-El, el…se abrió el pecho con las manos y me mostró su corazón aún palpitando… palpitando, Moisés… y tanta sangre. No veía su rostro pero desde la cruz se escuchaba un murmullo…. Como de lluvia lejana. Y entonces sentí que algo me golpeó el pecho bruscamente antes de que casi cayera al abismo.

-¿Su corazón?...¡¡ueggh!! Nunca había escuchado una historia como esa –dijo Greifer- ¡parece que en verdad te dio el Mal del Páramo, amigo! Corazones y cruces… demasiadas misas y películas, Richard.

-No fue el Mal del Páramo Grei; yo conozco mi cuerpo y esta no es la primera vez que subo a  esta altitud. Lo que yo vi fue mas que un deyavú, una aparición o algo así… pero lo cierto es que esa imagen no la puedo borrar de mi cabeza. Ese tipo, con el corazón palpitando en la mano… ¡Dios, guardame!

-Uich, entonces la cosa es de persignarse y todo, ¿no? – dijo Greifer- Bueno, amigo, cuenta conmigo si algún loco con pinta de satanista suicida intenta hacerte algo.

-Si claro, pero no cuentes con él si te pasa algo de verdad serio. Lo máximo que hará será quedarse frío como una piedra y llorar como un niño –respondió Moisés.

-¡Callate anciano! ¡Si no hubiera estado contigo no habrías podido subir a Richard! –respondió Greifer alterado- así que no estés diciendo tonterías.

            Moisés sonreía con la cabeza baja – Esta bien, tampoco te alteres- le respondió a Greifer - Richard, ¿te sientes mejor? ¿Ya te puedes levantar?

-Si, si… no nos retrasemos –respondió el muchacho.

-Vamos entonces, ya me esta dando hambre y  este viejito no me dejará comer hasta que lleguemos a la Laguna Verde –dijo Greifer.

            Moisés se adelantó al grupo y subió cuidadosamente el risco. Se asomó al valle y nada extraño vio. La misma laguna, el mismo pico, los mismos frailejones; todo tal cual como lo había dejado la última vez que fue, hacia casi un año.

            Sin decir nada, descendió al valle. Richard y Greifer le siguieron.

            Caminaron a través del paisaje con la sensación de terror que les había producido el relato de Richard; pero al llegar a las orillas de la Laguna Verde, todos sus miedos desaparecieron de inmediato. El hermoso espejo de agua que formaba producía tanta paz que era imposible tener alguna preocupación frente a ella. Extensa y cristalina como el mismo mar, se hacia mas oscura y verdosa en la profundidad.

            La Laguna Verde era el fiel testigo del deshielo del glacial. Aquel que siglos atrás ocupara todo el valle donde se encontraban ahora los viajeros.

            Greifer se apresuró a armar su carpa y a sacar la cocinilla de gas que traía en su mochila. Mientras que Richard abría las latas de atún y los empaques de espaguetis. Moisés en su cocinilla particular preparaba un té de malojillo, manzanilla y azúcar.

            La tarde transcurrió serena y hermosa. Ligeras nubes empezaron a cubrir el pico al acercarse la noche; y una tenue bruma los arropó al acercarse las seis de la tarde.

            Ya Greifer se había acostado al finalizar la cena; pero Moisés taciturno no dejaba de observar la oscura laguna envuelta en brumas.

-Creo que si sigues mirándola te va a hablar, amigo –dijo Richard.

-Si, ojala lo hiciera… y me dijera tantas cosas. Ella, con tanto tiempo aquí debe conocer mas de la vida que yo –respondió Moisés- ojala lo hiciera, quizás me insultara o tal vez…. Lloraría conmigo.

            Abriendo ligeramente las manos mostró una pequeña fotografía que ocultaba bajo los gruesos guantes.

-Ya está grande ¿no? Debe ser toda una mujer –dijo Richard- yo no la veo desde aquella vez que le celebramos sus dieciocho años en Valencia. ¿Recuerdas? Esa vez, estaba mucho más hermosa de lo que normalmente es.

-Si, se parece mucho a su mamá. Con el mismo carácter debo decir –Moisés trató de sonreír un poco- ya tiene novio; un muchacho noble por lo que he visto. Pero…

-Pero siempre son ladrones; o eso es lo que uno cree inconcientemente –dijo Richard.

-Si, pero ella ya no me pertenece –respondió Moisés- Posee una vida tan propia que mi sola presencia en ella es intrusiva. Que Dios la bendiga en donde se encuentre… ella es el único tesoro que poseo. Es lo mejor que ha salido de mi.

-Tesoro… si, todos tenemos uno –respondió Richard.

 

 
 
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