


| Escritor: | ELISABETH |
| Públicado: | 08/09/2012 |
En aquel viernes, bajo el cotidiano frio Bogotano, Alejandro se levanta como de costumbre, muy a las 5 y media de la madrugada; pero hoy, no era un día cualquiera; a veces, el ruido, la congestión, la contaminación propia de las grandes ciudades, hacían que, en ocasiones, se sintiera asfixiado y deseara salir corriendo a ese paisaje lleno de calma y olor a selva, esa tierra que lo vio nacer, llamada La puerta de Oro de la Amazonía Colombiana.
El jueves, en pleno trabajo, le habían anunciado que debía desplazarse hacia Florencia, por unos días, para realizar una labor propia dentro de sus funciones; fue muy grata la noticia; pues de paso, le daría una linda sorpresa a aquella dulce mujer que germinó en su vientre el amor, su señora madre.
No podía evitar mirar por la ventana del avión, aquel recorrido que ante la majestuosidad de la creación, entre nubes, que semejan inmensos copos de algodón, lo trasladarían a ese encanto amazónico. Al llegar al aeropuerto y al bajar del mensajero de las alturas, se siente el olor a llano y a rancho; se imagina degustando esa fruta que desde niño le encantaba, entre calor florentino y de hogar: el arazá.
Al aproximarse a casa, Alejandro siente el sonido del agua, el eco del rio Hacha, que semejan melodías que se entrelazan con la felicidad de ver y estrechar entre sus brazos , a la hermosa mujer, alimentada por años de ternura y amor hacia sus hijos. Llega Sigiloso, atravesando aquel jardín de innumerables flores, recordándole tantas travesuras de infancia, con porrones de barro que adornan un corredor, como si allí se guardara la historia; si la historia de consejos, sabiduría maternal que hicieron ahora de Alejandro, un gran hombre. Llega a la cocina, de donde se expande un sabroso olor como aroma salida de un fogón de leña, salpicado de ese secreto un tanto mágico, que tienen las manos las manos de aquella mujer quien en su rostro están marcados esos hilos de vida que alimentaron su existencia, hasta que partió a seguir un camino, y que aún en la distancia los percibía.
Y ¡qué maravillosa sorpresa!; el corazón de madre, se quería salir, mientras en un abrazo, quedaba perenne momentos tan intensos que llenan la vida, de ese sabor y aroma que sólo le podemos dar a través del sentimiento más intenso que mueve a la humanidad, el amor de una madre.
FIN
Siempre hay un momento para sorprender y hacer sentir a nuestros seres queridos que son importantes; como dice el poema en vida hermano, en vida.
Sorpréndela con una llamada, con tu presencia con una palabra con un detalle porque el día menos esperado la vida se escapa.
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