El cañón todavía humeante del arma se dirigió a su cabeza, describiendo una parábola ascendente y llenando de satisfacción el rostro pétreo del perpetrador. Después de haberlo planeado durante meses, finalmente estaba deshilvanando la madeja que hasta ese entonces había venido enrollando. Frente a la mano que sostenía el arma se encontraba la última víctima de un plan que había tardado años en ver la luz. Detrás de ambas figuras, un reguero de sangre se extendía desde la sala hacia los pasillos; eran huellas de cuerpos que intentaron arrastrarse en su intento infructuoso de escapar a la masacre. En las habitaciones de la casa se hallaban cadáveres todavía frescos; cuerpos de niños y mujeres que las balas atravesaron una y otra vez, de manera compulsiva. Algunos fueron victimados a quemarropa, otros mientras dormían; todo había sucedido en escasos minutos, cuando el perpetrador llegó a tempranas horas de la mañana. Y, debido a que se encontraban en una chacra, los disparos fueron oídos a kilómetros, por lo que la policía ya estaría en camino.
Despídete del mundo masculló el perpetrador, sosteniendo el cañón de nueve milímetros.
Todavía no entiendo porqué me odias tanto respondió su víctima, sollozante y arrodillada, presa de un indescriptible dolor al ver a toda su familia exterminada de un solo golpe.
¿No lo sabes? ¿Ahora te haces la desmemoriada? Fuiste tú misma la que se sentenció, te lo advertí hace mucho pero no quisiste escuchar.
Te equivocas, yo siempre te quise, a pesar de que nos abandonaste nunca dejé de quererte.
¡Silencio, estúpida! ¡Yo jamás abandoné a mi hija, sólo a ti! A ella siempre estuve vigilándola; ahora que todo se ha consumado, es momento de terminar con esta patética tragedia.
Su víctima prorrumpió en un llanto desgarrador; no podía entender cómo el padre de su hija, la persona a quien tanto había amado en un remoto pasado, ahora se encontraba encañonándola, en su propia casa, donde los cadáveres de sus tíos, padres, hermanos y hasta sobrinos, eran presa de los moscardones y mosquitos que pululaban en el ambiente La chacra a la que recientemente se había mudado parecía haber sido el escenario ideal para que se refugiara del triste recuerdo de su amor fallido. Habían transcurrido apenas once meses desde que se separara de él, llevándose a su hija lejos de su presencia, para criarla a su manera y no a la manera atolondrada del padre. Pero de un momento a otro éste apareció como si nada, con esos anteojos opacos que jamás se quitó del rostro; la empujó con violencia mientras desenfundaba el arma plateada y descargaba su contenido en su padre, que recién desayunaba. Luego, dando grandes zancadas, el perpetrador se había adentrado en la cocina, abriendo fuego a su madre y hermana, los gritos de los tíos se oyeron desde la puerta trasera, e irrumpiendo violentamente para ver lo que sucedía, fueron aniquilados en la cabeza y el cuello, de tal manera que las salpicaduras de sangre adornaban, cual estrellas rojas y mortales, las paredes y columnas de la sala. Ella nada pudo hacer, ya que él descargó una certera bala en su rótula, conminándola al suelo y a la amarga realidad de verlo entrar en las habitaciones de sus sobrinos de cuatro años la edad de su hija también para descargar la nueva caserina que le había colocado al arma. Al recordar todo aquello, la rapidez con que los hechos se habían suscitado, como si todo hubiera estado planeado de antemano ¿hace once meses tal vez?, no pudo evitar pasar del dolor a la cólera desmesurada. Afortunadamente su hija se encontraba estudiando en el Nido, pero sabía que pronto su padre iría por ella, así que tenía que pensar en algo rápido mientras llegaba la policía.
No cometas más tonterías le dijo, aguantando su dolor, su cólera, recapacita, por el amor que le tienes a tu hija detente y aléjate de nuestras vidas para siempre.
Tú me alejaste de ella, ¿recuerdas? Te dije bien claro que no te atrevieras a alejarla de mí. Quisiste imponerle tu estúpida forma de vivir, de pensar, de obrar, y me hiciste a un lado a pesar de que sabías que sin ella mi vida se haría trizas
Pero fuiste tú quien se fue
¿No crees que más bien fuiste tú la que me obligó a apartarme de ustedes?
No importa cómo quieras enredarme con tus palabras, nada justifica tu monstruosidad, lo que acabas de hacer ¡mi familia nada tenía que ver en tu venganza de loco!
¿Qué hacían todos juntos en una sola casa, apartada de la ciudad? Obviamente te secundaron para enfrentarse conmigo.
Estás loco, siempre lo estuviste, mejor desiste y aléjate para siempre y sí, mi familia quiso protegernos a mi hija y a mí; nos quisieron proteger de ti.
Pues he venido por ella. Tú la tuviste once meses contra su voluntad, contra mi voluntad, contra toda lógica y razón. El hecho de que nos hayamos separado no justificaba que me la arrebataras así. Por eso, la única culpable de todo esto serás tú.
Un estampido retumbó dentro de la sala, ahuyentando pájaros e insectos voladores de las ventanas y arbustos. La víctima cayó nuevamente, con la pierna la misma de la rótula destrozada perforada por otro proyectil, provocando una hemorragia en la arteria femoral. Pero para ella, la bala parecía habérsele alojado cerca al corazón. Sabía que iba a morir, sabía que nada podría hacer para cambiar aquel funesto destino, y sabía también aunque tarde ya que tal vez había sido un error haberse dejado llevar por el rencor de enterarse que la persona que antes la había amado con locura, en un momento dado ya no sentía lo mismo, o peor, no sentía nada por nadie. Pero ahí estaba su hija, su primogénita, y cada vez que observó su sonrisa, sus ojos desprovistos de esos anteojos malditos, vio alegría en su rostro, vio que todavía cierto pasado sobrevivía a través de su hija, y cuando éste se rehusó a darle una nueva oportunidad para recuperar su relación, ella sólo optó por devolverle el golpe, así que se marchó de la ciudad, llevándose a su hija, la única capaz de envolver en recuerdos alegres a su padre. ¿Era esto una venganza? Si al ladrón que roba a otro ladrón como dice el refrán, muy estúpido, por cierto, se le conceden cien años de perdón, ¿qué se le concedería al padre de su hija? ¿Acaso el mundo estaba patas arriba?
¿Lloras? pronunció su verdugo, sonriente, lloras pero sin lágrimas, sin sentirlo, porque siempre tuviste a mi hija contigo. Ahora lloras no de pena ni de dolor, lloras de impotencia al saber que jamás volverá a estar a tu lado, lloras como lloré yo cuando te la llevaste y pensé que jamás la vería. La única diferencia es que sé que tú no regresarás por ella.
¡Hay un Dios en el cielo que hará que pagues por tus actos, maldito!
¿De veras? ¡Pues entonces rézale, cojuda, rézale y dile que te saque de este embrollo! ¡Rézale, para que veas, cuando mueras, que tu Dios no es otra cosa que la falta de coraje que tienen los gusanos como tú!
¡Tengo más coraje que tú, idiota!
¡No lo tienes, de lo contrario jamás habrías actuado tan estúpidamente!
Dos disparos más se incrustaron en ella, una atravesando la clavícula, abriendo la carne como una flor monstruosa y alojándose en el lóbulo superior de su pulmón derecho; la otra le destrozó la laringe, la tráquea, las carótidas, y se detuvo en uno de los discos vertebrales de la cerviz. Los ojos que en otro tiempo lo adoraron, que lo lloraron cuando él se marchó de su lado, parecieron entrecerrarse alternadamente. La sangre había ahogado sus sollozos, y sólo ásperos sonidos guturales escaparon de su boca, abierta en una mueca tan rígida como macabra. La víctima se dejó caer, ya sin vida, sobre el suelo que contenía su propia sangre; la hemorragia de la pierna se extendió con rapidez por todo su cuerpo, endureciendo sus vestiduras, atrayendo con su meloso olor a aquellos insectos carroñeros.
Lo prometí y lo cumplí dijo el perpetrador a su víctima, aún sonriente, esa es la diferencia entre una plegaria y una decisión.
Y cambiando nuevamente la caserina, descargó todas las balas sobre el cuerpo inanimado de la madre de su hija, gritándole en cada intervalo de silencio ¡Lo prometí y lo cumplí!. El cuerpo se sacudió con cada bala que se le incrustaba, al igual que un pez cuando se le sustrae de su medio vital
El auto policial había apagado su sirena para no llamar la atención y poder obrar con toda la eficiencia que el caso ameritaba. Al llegar a la casa, se estacionó a escasos metros de la puerta principal, la cual se hallaba entreabierta. El oficial salió a inspeccionar, pistola en mano, en la clásica posición de alerta. Atisbó por la ventana y encontró los cadáveres, los que eran atravesados por la sombra diagonal de un individuo. Fue así que, haciendo acopio de todo su valor, abrió la puerta de una patada y apuntó al perpetrador, que permanecía con el cañón del arma apuntando a una masa humana reventada a balazos. Aún sonreía, pero por más que disparaba, ya no había balas en el arma, por lo que el ruido metálico del gatillo era lo único que reinaba en el ambiente.
El perpetrador miró al oficial con malicia, luego, adoptando un aire un poco más serio y enfundando el arma, le dijo:
Llegas tarde, tuve que demorarme para matarla y soporté muchas estupideces de su boca no, no hay tiempo para discutir nada, sólo préndele fuego a toda la casa y repórtalo como un acto de terrorismo comunitario, o algo así. Ya te encargarás de encontrar algún sospechoso, después de todo, tú tienes a la ley de tu lado.
Al subir al asiento trasero del auto, el perpetrador se quitó las gafas para presenciar a su hija y sonreírle como siempre lo había hecho. Ella, que a sus escasos cuatro años no entendía la magnitud de los hechos, le devolvió la sonrisa con ternura, con sólo la ternura que puede ofrecer una criatura que no ve a su padre durante once meses ininterrumpidos, pero que recuerda y añora cada momento vivido con él.
Después de quince minutos, el auto retrocedió y tomó la carretera que llevaba a la ciudad, alejándose así del incendio y del pasado.
Carlos Aurelio Díaz Enciso
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