ARCO REVELADO

Categoría(s): Relato
A Gustavo Díaz Solís Si no fuera por las láminas amarillas de luz que se proyectan sobre la pared, la habitación estaría a oscuras. Hace calor. El calor inunda el espacio con su presencia pegajosa. El ventilador agita el aire caliente y húmedo, y su rumor acrecienta la sensación de sofoco y encerramiento. Estoy sobre la cama, desnudo. El sudor corre: arranca desde el cuero cabelludo, se desliza por la nuca, se une a otros focos de sudor que están regados por todo el cuerpo. Quisiera dormir, pero el sueño rehúye toda posibilidad de abordaje. Sólo puedo pensar en el calor y en esa criatura que genera el calor: ese hombre repulsivo que en cierto modo soy.  Me levanto a buscar un cigarrillo. Enciendo un fósforo. La llama palpita violenta dentro de la pequeña nube de humo. Las cosas emergen brevemente de la sombra. Vuelvo a la cama. La efímera luz del cigarrillo conecta otra realidad a la ya existente. Bebo el agua  sirviéndome de la jarra con hielo en el vaso. Bebo con avidez y chupo el cigarrillo hasta que se va acabando. Por un instante apenas, vislumbro una sombra que ronda. Un leve golpe en la ventana, tal vez.   Cuando llegué a este campo petrolero pensé que sería por un lapso breve. Mis ambiciones eran limitadas. Mi estancia no dejaría huella. Quería desaparecer. Olvidar las jactancias de mi origen. Borrar de una vez todas esas limitaciones de estirpes vencidas por el desamparo y asumirme como un hombre de este siglo: práctico y concreto. Los recuerdos llegan suavemente, surgiendo de la penumbra del entorno, enredándose con el tejido del calor. Llegué a mediados de marzo. Abrumado por la plani­tud del paisaje. Bajo el cielo exaltado, la sabana exultaba una presencia a la vez quieta y feroz. Atravesé el poblado lleno de barracas de madera y zinc. Iluminado por bombillas precarias, colgadas de improvisados postes. Confusión. Músi­ca. Polvo. Tuve la impresión de un Día de Carnaval. Entré por una carretera nueva de asfalto y volví a salir a la sabana (¿la misma?).  La luz adoptaba por momentos una tonalidad inquie­tante. Fue después cuando percibí las hogueras del gas quema­do. Los mechurrios. En mi alma surgían vagas sensaciones. Un presentimiento. En el secreto de mi sangre, el destino iba trazando sus enigmáticos arcos. El sudor ha aumentado su flujo. Me debilita la sensación de impotencia. Una ira sorda me invade. Sorda, mas no innominada. Yo sé cuál es su nombre y su apellido. La imagen del hombre regresa, revolviéndome la entraña. Me asomo a la ventana y la noche de allá afuera, iluminada pálidamente por la luna, me recibe sin preámbulos. En algunas casas brillan luces. Otros insomnes. Quizá niños que velan. Que temen a las pesadillas o a los murciélagos. Voy hacia el baño y abro la ducha. El agua corre con fuerza sobre mi cuerpo. Aplasta mis cabellos. Baja por mis hombros y mi espalda. Forma torrentes entre los vellos del pecho. Se desliza por el vientre y por las piernas. Corre rauda entre mis pies. Me enjabono con fruición. El agua refresca. Limpia. Cae ruidosa­mente y ese ruido alivia la tensión terrible de la noche calurosa y sin sueño. También esa tarde de la llegada me bañé profusa­mente. Luego me vestí y caminé hacia el Club, que reverberaba en el final del ocaso. Me había recibido Mr. Gasbab, y me había dado las orientaciones generales. Al siguiente día debía presentarme. Pero, mientras tanto, podía ambientarme, disfrutar. Nada mejor que el Club. La casa ‑amplia, verde y blanca‑ estaba casi desierta. Los grandes ventiladores del techo giraban lentamente. Los últimos niños iban saliendo de la alberca, apremiados por sus madres y sus niñeras. Era la hora de transición. La preparación para la noche. Me senté en el corredor abierto al aire libre y tomé una revista. El sonido de los pozos po po po po po resonaba a lo lejos. El profundo enrojecimiento del cielo me confundió, cuando ya la noche había entrado profundamente. Miré las casitas blancas  alineadas frente a él. Percibí los movimientos domésticos. Las sombras eran de un azul tenaz y oscuro. Envolvían todo y le daban cierta melancolía. Cantaban las chicharras atormentadamente. Quieto frente al paisaje, me sentí feliz: solita­rio, separado de los otros. Allí terminaban venticinco años urgentes: la tradición, la urbanidad, la obediencia al padre, la Universidad, los amigos, los libros, los viajes, la novia cotidiana. Allí podía constatar que esos venticinco años podían condensarse en unas pocas palabras. La memoria. El olvido. Por la puerta asomó una de las mesoneras. Una muchacha morena y sonriente. No insinuante. Más bien un poco maternal y tranquila. Mejor. Le ordené una gaseosa y la muchacha regresó con aquel precioso lujo tintineando en una bandeja plateada, junto con un vaso y una jarrita con hielo. Entonces, desde la sombra del jardín, mirando cauteloso hacia todos lados, apareció en el patio un lagarto verde y dorado. En la noche, lucía extemporáneo y tocado de un designio fatal. De la sala iluminada surgió un gato gran­de, amarillo, lustroso. El gato miró al lagarto. Comenzó a encogerse. El lagarto también lo vio y pareció paralizado de terror. Quizá exploraba mentalmente sus posibilidades de huída. El gato miró brevemente a su alrededor. Mi mirada y la suya se cruzaron, multiplicándose. El lagarto comenzó a moverse lentamente, con la intención de hundirse en el paisa­je. Mimetizarse. Un instante después, el gato saltó. La cola  #o‑  onduló amenazadora, cuando atenazó al lagarto. Garras y dientes. El lagarto se debatió, convulso. La sangre manchó el piso. La música comenzó a brotar desde la sinfonola, dentro del Club. Me levanté, y el gato huyó,  arrastrando al lagarto en la boca delicada. Algo amargo y sombrío me conmovió, como un presentimiento. De pronto, llegó gente al Club. En la mesa vecina a la que yo ocupaba se sentaron un hombre y una mujer. El era alto, rojo, pesado. Ella era  morena, delgada, fibrosa, con los ojos azules. Pidieron refrescos. Después, llegó otra pareja previsible: un tipo rubio y pecoso y una mujer también rubia, menuda, joven e insignificante. Las dos mujeres se levantaron y se dirigieron a la mesa de ping‑pong. Desde mi asiento, comencé a seguir el juego. El movimiento de la pelota. La mujer morena tenía gestualidades de gato. La observé. Unica, resplandeciente. Sonreía con benevolencia. Sentí  de súbito la mirada  del hombre rojo, vecino de mesa. Era triste, preventiva, y, a la vez, sofocante de soberbia. Me levanté y me acerqué a las canchas de tennis, ahora ilumi­nadas. Seguí un rato el partido. Luego, comí en el comedor bien iluminado, perfumado de vagos guisos. La comida no era mala. Condimentos en justo equilibrio. Vinos. Bourbon legí­timo. Gaseosas. Ahora, un conjunto musical tocaba piezas intrumentales y a la moda. Todo hubiera sido grato si no hubieran entrado las dos parejas vistas en la terraza. El marido de la mujer morena se comportaba groseramente. Comía algo grasoso. La grasa le manchaba la barbilla. Ensuciaba el mantel. Ordenaba a los meseros a gritos, batiendo palmas. Bebía excesivamente y se retiró al fin, arrastrando sillas y eructando. La mujer parecía entre avergonzada e indiferente. La otra pareja, más discreta, lucía como subordinada. Salgo del baño. El silencio se eleva desde la tierra. Me sé ligero, apto, seguro. Listo para la contienda. Pero ¿se producirá esa guerra anunciada? El líder amenaza todos los días. No me importa. Estoy demasiado lejos. Tal vez debería tomar la camioneta e ir hasta el pueblo. Entre sus luces mortecinas, la humareda y las rockolitas habría abun­dante  distracción. Evoco una madama de porte regio llamada Clorinda. Un enjambre de lujo llamado "Nueva York", regentado por un hombre que creía que ésa era la capital de Estados Unidos. Evoco a un cronista llamado Miguel Raydán, contando extrañas historias. Evoco las casitas amontonadas en callejas irregulares. Los resplandores de perennes incendios.  Al día siguiente ingresé al Departamento de Carto­grafía. El jefe levantó la vista de unos mapas al sentirme junto a su escritorio. Nos reconocimos de inmediato. El malestar fue casi físico. Era el marido de la mujer del ping‑pong. El hombre rojo. El del restaurant. Escuchó mi presentación, revisó mis credenciales, sin invitarme a sen­tar. Entonces me dijo sus reglas, en inglés. Masticaba un chicle con cierta infantilidad torpe. Eso me pareció. Mandó un office‑boy a mostrarme mi lugar, me entregó planillas, papeles para llenar y luego me señaló mis obligaciones. Debía rendirle cuentas a él. Revisar los puntos del sismógrafo. Actualizar las informaciones. Tener todo listo para que él quedara bien con sus señores de Nueva Jersey. Así era. Y en esa subordinación algo iracundo nació en mí, como una mancha interior. Odio. El hombre me imponía su superioridad ficti­cia. Abrumaba el peso de mi nombre y mis tradiciones con su aire crudo de advenidizo. Pero ¿no era eso lo que yo había venido a buscar aquí? ¿no era ésa mi cuota de forzada humillación? Y, sin embargo, no podía evitar sentir la ira. Pasaron los días. Nadie más percibía la mutua antipatía entre el hombre rojo y yo. Yo cumplía con mi traba­jo con cierta pesada formalidad. Aparentaba adaptarme al sistema.  Pero sentía que a través de los compartimientos de la oficina, desde el escritorio del otro hasta mi propia mesa, estaba tendido, conectándonos, un arco secreto: un arco de violencia cada vez más potente. A veces he soñado con la tragedia que desencadenaría ese arco. He imaginado el fogona­zo del revólver. El hombre deslizándose con la mano en el pecho. La camisa blanca manchada de sangre. Por lo demás, yo hacía una vida de soltero normal. Jugaba al tennis por las mañanas. Me reunía con amigos. Visitaba burdeles. Escribía y recibía cartas. La inercia de aquel lugar me iba ganando. Su eficaz monotonía, tan confortable, me iba convirtiendo en un número más. Iba con frecuencia al Club. En algunos momentos llegué a sentir una sensación de irrealidad que no era nueva, sino más frecuente, ahora. Por breves períodos, tenía la impresión de que los actos tenían la consistencia de un  #o‑  sueño del que despertaría en breve. Siempre había temido esas evasiones por considerarlas prefiguración de la locura. Lo cierto es que mientras vivía esta vida de campo petrolero, tenía la impresión clarísima de estar repitiendo los actos de otro hombre, con idénticos conflictos, en idéntica circuns­tancia. En cuanto a ella, yo creí que me necesitaba tanto como yo la necesitaba. Todas las tardes la miraba jugar ping‑pong en el Club. O participar de los juegos de bridge. La miraba y oía su voz un poco ronca, precisa, fuerte. Yo conversaba, tomaba un trago o leía. Y a cambio recibía una breve mirada benévola, quizá irónica. Una tarde, sin embargo, las cosas cambiaron. Era octubre, quizá, y hacía fresco. Los grillos cantaban tempra­namente, llamando la noche. Me dirigí  a la alberca y me senté en una playera, desplegando una revista. No la ví hasta que cruzó cerca de mí, con una bata de baño verde claro que se quitó sin coquetería. Entonces se zambulló y nadó de un lado a otro, con fuerza, casi con ira. Sus hombros eran anchos. El cabello oscuro se le pegaba a la cabeza y destaca­ba la esbeltez de su cuello. Tenía los senos pequeños, casi como los de un muchacho. Las caderas escurridas. Me gustó la manera como salió luego, como se secó, sin voluptuosidad. Espontánea. Luego, me invitó a salir. Yo temí no haber comprendido con exactitud. Temí que su castellano fuera pobre o confuso o que mi inglés fuera insuficiente para sus manierismos. Pero no. Me dijo que me llevaría a casa y yo la miré, húmeda, fresca, un poco seria. Y acepté. En el camino, la conversación fue intrascendente. Ella era de Boston. Había asistido a la Universidad, tal vez Brown, donde había tomado cursos de Literatura Inglesa. El marido era de Tulsa, Oklahoma, y experto en sismógrafos. No tenían hijos. El consideraba que este trabajo era muy im­portante para su carrera, y ella lo había acompañado, pero ambos creían que después de dos años, ya era el momento de gestionar un traslado. Eso buscaba él ahora, en la Casa Matriz de San Alejandro. Ella se desvío hacia una carretera negra. Bajo la luna, la sabana adquiría una tonalidad plateada que era irreal: nieve en medio del calor. En el calor del automóvil se iba gestando otro calor que actuaba sobre su piel y sus sentidos. De pronto ella dijo: ‑Usted creerá que quiero enamorarlo. Sentí un escalosfrío recorriéndome la médula espinal, una sensación de ansiedad: ‑Esa es una preocupación femenina, respondí. Después no hablamos. Se produjo una espera tensa. Ella dio la vuelta. Regresamos al campamento y el contraste era extraño. Las luces aparecían como colocadas en el centro de ese paisaje. Atravesamos el portón. El vigi­lante se acercó, iluminándonos con una linterna, y luego nos dejó pasar con un saludo respetuoso. Le señalé la dirección y ella estacionó, ya con los focos apagados, frente a la casita blanca. Pasé la mano por el asiento y le agarré la nuca. El cabello era suave. Ella levantó los ojos y nos miramos profundamente un instante antes del beso. La saliva entremezclándose. Sentí su sabor y era dulce, con un leve dejo a tabaco. Nos  abrazamos en el automóvil. Las caricias, al principio nerviosas, fueron haciéndose inteligentes, explora­doras, sabias. Su piel era tensa y dura. Sus manos apretaban como las de un hombre. De pronto, ella me apartó blandamente y dijo: ‑Aquí no: mejor entremos. Me remuevo en la cama, atenazado por el deseo. Esos días fueron de amplia luminosidad. La mujer me llenó de plenitudes insospechadas. Me mostró una capacidad amatoria intensa, que desmentía los comentarios que se hacían acerca de las de su clase. Me mostró también una ternura profunda, y el conocimiento de la condición humana. Hablamos. Me contó de sus insatisfacciones. De sus ambiciones. De cómo el matrimonio con aquel ingeniero próspero había sido aprobado por su familia de Newport, venida a menos por las especulaciones. De cómo ella también había tenido esperanzas, antes de verlo engordar como un cerdo y atesorar dólares en este rincón que se suponía transitorio. Ni el amor, ni la familia contaban ya. Nada contaba. Ella estaba hecha a los desengaños, y yo había sido, al principio, un hito en la rutina, y luego,  cada vez más, algo posible e importante. La siento a mi lado por la fuerza del recuerdo. En la penumbra, su piel resplan­dece como la carne de las peras.  Luego, llegaron las lluvias. Pertinaces. Ablandaban el paisaje. Cubrían las cosas con un moho gris y tenaz. Y con la lluvia, los insectos. Y también las largas temporadas de encierro. El invierno fue particularmente crudo. A través de las ventanas, uno podía ver durante horas el descenso concreto de las aguas, como rejillas que confor­maran una prisión. Ella estaba cada vez más inquieta. El campo se convirtió en un hervidero de miradas escondidas tras las persianas. En las salas de las casas. En los espacios cerrados del Club. Alrededor del té y la ronda de cartas, comenzaron a tejerse las historias. La nuestra no fue menos difundida. Quizá un apretón de manos más fuerte que de cos­tumbre. Una mirada de soslayo, cargada de la somnolienta pasión de la tarde anterior. O el carro entrevisto en la zona de los solteros, alguna noche, bastaron para desatar los comentarios. El marido parecía saber la situación y se comportaba con una saña sutil. Me ordenaba los trabajos más intrascendentes. Me obligaba a las tareas más extemporáneas. Había una prefiguración de tragedia. Todos los actos estaban preparados para cumplir una escena sangrienta, alentada por el aburrimiento, la monotonía y la pasión exacerbada en el encierro. Luego, las lluvias se fueron aplacando suavemente y regresó el calor. Este calor que hoy invade el cuarto, apenas removido por las aspas zumbantes del ventilador. Ella se despidió de mí justo al fin de las lluvias. Pudo retar todos los meses de atisbamiento y tormenta hasta una encruci­jada de la que no quiso darme explicaciones. Una noche, en el Club, me miró más largamente que de costumbre. Cenaba junto con su marido, ebrio y grasiento, y la otra pareja habitual, en el mess‑hall. Como la primera vez, había estado jugando ping‑pong con esa amiga rubia e insignificante que la acompañaba con frecuencia. Sólo que había más espectadores y todos parecíamos estar cumpliendo un compromiso teatral para un grupo interesado en las actuaciones más que en los parlamen­tos en sí. Al siguiente día, supe que se había ido. El marido esperaría su traslado y quizá un día también él, también yo, tendríamos nuestra compensación y nuestro éxodo. Mientras tanto, continuábamos compartiendo las oficinas y los mapas y las marcas del sismógrafos, y esos débiles diálogos técnicos conque disimulábamos nuestras mutuas aversiones, nuestras debilidades y dolores. Hace rato el cigarrillo se apagó, pero el olor se mantiene, vivo, en la habitación. El sueño viene desde los huesos. Tenuemente. Las imágenes se desplazan, lentas. Pasan gelatinosas sombras alargadas. El sueño se va esparciendo por todo el cuerpo. De pronto, un soplo pasa. Me despierto, alertado por un instinto aún sin nombre. Una sombra aparece desapare­ce. Vista y no vista. Aire negro de sombra alada pasa sobre el cuerpo desertado del sueño, ansiosamente vivo. Calor. Zumbido. En la oscuridad, la sombra pasa. Afuera, la puerte­cilla del jardín suena como golpeada por una mano leve. Me levanto en la cama, atisbando el aire frente a mí. Negro. Me levanto, desnudo como una llama, para enfrentar la sombra que me agrede. El aire golpea justo al lado derecho de mi rostro. Poner la otra mejilla, quizá. Salto, y el cuerpo negro regre­sa, ágil, lleno de gracia. La sangre brota de mi frente. Las cosas se repliegan en una solidez inesperada. Busco a mi alrededor y encuentro un arma: la raqueta de tennis. Cruzó de un raquetazo la sombra, sin encontrar resistencia. Golpeo el aire y golpeo y vuelvo a golpear, desesperado de cólera. Y la sombra viene de nuevo, viene y viene. Desaparece. Gira. Salta a través del pasillo que conduce al comedor. Inalcanzable. En un momento, la tela de la raqueta encuentra resistencia y un cuerpo cae, agitado contra el rincón iluminado a medias por el foco de la calle. Gime la sombra. Salto sobre el animal arrinconado. El animal que se agita, mirándome con sus ojos repulsivos. Horadando la oscuridad. Exacerbando mi instinto. Es un animal negro y gordo. Lo cubro con la raqueta y él se queda tendido, agitándose. Voy hasta la cocina y traigo un cuchillo largo y afilado. Lo hundo y siento la cosa viva que se estremece, el aliento que se escapa: el fin. El animal chilla. Saco el cuchillo y vuelvo a descender, mientras la sangre caliente mancha el piso, la pared, mis manos. Yo,  desnudo y grande, con un cuchillo en la mano, estoy inclinado sobre esta criatura de la noche, destrozándola a puñaladas.   Ya no hay sombras en ninguna parte. Respiro anhe­losamente. Sudo. El sudor arrastra también la sangre de la mejilla, que se mezcla con la sangre de mi víctima. Un llanto agitado me brota del pecho, de alguna parte muy honda en el pecho. Lloro roncamente y entonces me siento perfectamente solo. Todo va calmándose. La sangre, como un aceite negro, va unciendo el espacio para tranquilizar los acontecimientos y yo, como una epifanía de ése que fui  dejo caer el cuerpo contra la pared, al lado del murciélago muerto.  Estoy al otro lado del arco. Todo desaparece y estoy al otro lado del arco, listo para empezar de nuevo. 
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Comentarios:

Escrito por: perrosabueso       07/07/07 22:25
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Hola Milagros:

Definitivamente en tu historia se revela lo que nos dices sobre ti en tu perfil. Tu narracion -perdona no se como poner los acentos- es un logro mayusculo. Me encantan tus metaforas, el adjetivo sorpresivo, la ampliacion de la atmosfera, el calor que agobia al protagonista. Ciertamente uno de los mejores cuentos que he leido aqui. Felicidades.

Quiza podria mencionarte algo que me irrita en Arturo Perez Reverte y que de alguna manera veo en tu escrito; un buen escritor es capaz de llenar paginas y paginas de material muy bueno, buenas descripciones, una narracion bien matizada... pero hay cierta cualidad en otros escritores, una manera de abordar una narracion acentuando un aspecto central y abordandolo por todos lados, de manera que el lector sienta la curiosidad de saber mas y mas, hasta que el climax reviente y culmina la accion y uno siente como lector que cada palabra puesta alli antes y durante la lectura fue una señal que prefiguraba y precipitaba el fin.

Me gusta la frase de Garcia Marquez de que escribir es un acto de hipnosis.

Lo que te menciono quizas tenga mas que ver con la manera en que abordaste este cuento en particular y no en tu estilo, que me parece acertado. Como ejemplo, te confieso que creo que Albert Camus es uno de los grandes escritores de todos los tiempos, y "La peste" como una de las mas grandes novelas jamas escritas. Sin embargo, nunca he podido terminar su novela "La caida", precisamente por esa verborrea un tanto intrascendente de sus primeras paginas.

Alguien dijo una vez, no me acuerdo quien, que uno debe escribir algo que sea interesante y mantener al lector atrapado.

Bueno, un gran trabajo, lo disfrute, eres una de las mejores, ojala que no te haya molestado mi comentario, si quieres lee algo de lo que he escrito y hazme papilla, para eso estamos en escribeya, para escuchar criticas y comentarios de los que de verdad nos interesa oir; de los que nos sentamos dia a dia, por muchas horas, a hacer literatura... y que aspiramos cada dia a escribir mejor.

Edwin
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