Llegué tarde pero la fiesta recién comenzaba a entrar en "clímax". Saludé a unos, me presenté a otros y tras cortas charlas la música, el clima y el constante fluir de risas me embriagaron y me obligaron a sentarme a disfrutar la última noche con mis amigos del colegio. Luego de algunas palabras, anécdotas y consejos, me alejé del grupo. Caminé por el patio confundiéndome con el humo de cigarrillos y oyendo palabras sueltas, sin sentido para mí, que las escuchaba al pasar. Me senté aislado para meditar y la vi a ella. Ya la conocía. Ya conocía cada curva de su moreno cuerpo. Sí, ya conocía a esa rubia que tantas veces tomé en mis manos, a cuyos labios acerqué tantas veces los míos para sentir el extraño sabor de sus besos. Me acerqué a ella y comencé a hablarle. De pronto no pude contenerme más y la tomé en mis brazos y reviví el placer de sus besos. Allí quedé prendido a ella por unos instantes. La solté y continué hablándole, luego la volví a besar, la solté y reanudé la conversación y así muchas veces hasta que sus besos me marearon, ya no hablaba bien; mis ojos se cerraban y mis oraciones quedaban inconclusas pues olvidaba lo que iba a decir. Pero a pesar de eso disfrutaba aquella sensación. Conmigo era fría, aunque les parezca lo contrario. Pero me gustaba así. Me gustaba besarla hasta la madrugada y ella se prestaba a eso, pues era mi amiga y era buena compañera. Aún a veces la veo y vuelvo a tomarla en mis manos, a aquella rubia de cuerpo moreno. ¿Su nombre? Que importa con esta historia!. Pero aún así, por si quieren conocerla, le dicen "la rubia" pero se llama cerveza.
Aclaración: este es un cuento escrito hace cerca de 20 años.
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